jueves, 29 de mayo de 2014

Los machitos de izquierda

Ha vuelto a conocerse lo que cada tanto se hace público: entre las organizaciones de izquierda, incluso entre aquellas que se nombran como antipatriarcales, abundan los machistas. El cuento es más o menos el mismo: hombre con poder dentro del colectivo (llámese Sergio, Mauricio o Pepito) protagoniza episodios de violencia contra las mujeres –de afuera o incluso de la misma colectividad- y el sistema se pone en favor del agresor: minimiza el episodio (fue una cosa de tragos), duda por principio de la palabra de las mujeres que denuncian (¿qué pruebas tiene? ¿hay testigos?) e intenta ocultar lo que pasó o resolverlo en privado (no denuncie, venga y hablemos los dos).

Una parte fundamental del mecanismo es desviar la atención. Me escandaliza cómo en los círculos donde actualmente se discute la más reciente denuncia, el énfasis de la discusión no está en los hechos de violencia que este hombre ejerció, sino en la manera como la mujer agredida hizo su denuncia. A este paso, ella les va a salir a deber. Es capaz el parche de izquierda de señalar todos los matices problemáticos de la espiga en el ojo ajeno, pero cómo le cuesta un mínimo reconocimiento de la viga en el ojo propio.


“Que no debió usar Facebook”
A ver gente: una se defiende como puede. ¿Se han sentido acosadas alguna vez? Yo sí. Y a una le entra miedo, se calla, se aguanta, luego conversa, no sirve de nada, intenta por un lado, por otro, hasta que se le llena el vaso y explota de alguna forma (sólo con el tiempo vamos aprendiendo a obviar los pasos anteriores y reaccionar antes). ¿No han sentido nudos en la garganta? ¿no han sentido necesidad de gritar? Y luego viene una y grita y lo que le respondemos es: compostura compañera. ¡A exigir compostura para él!

“Que no debió atacar al hombre”
Recapitulemos: ¿quién atacó a quién? Un hombre atacó a una mujer, no perdamos eso de vista; al denunciarlo la mujer no “ataca”, se defiende. Y lo hace -en los casos que conozco, incluido el más reciente- desde una postura política clara: ninguna agresión sin respuesta. Pero el sistema perverso que entra a operar tiende a volver al agresor la víctima, señalando el costo político que tiene para él hacer públicos sus actos de violencia. Pues sí. En esa lucha estamos: en que los actos sexistas no pasen de agache, que tengan consecuencias, que sean señalados, a ver si enfrentando esas consecuencias por fin los hombres que los protagonizan aprenden la lección y quedan sin ganas de reincidir. Y vuelvo a decir: cada una se defiende como puede. Algunas intentarán el camino judicial, otras el escarnio público. Lo importante es que nuestras voces no sean silenciadas, ¿no llevamos pregonando esa premisa durante décadas?

“Que no debió mencionar a cuál colectivo pertenecía”
Una denuncia requiere identificar al agresor: quién le hizo qué a quién. Yo no denuncio a “los hombres” o a “un hombre” por haberme golpeado, o por haberme violado, o lo que sea. Yo denuncio a fulanito de tal, que me hizo tal cosa. Fulanito de tal que es asesor del concejal del municipio; fulanito de tal que es docente en x colegio; fulanito de tal que es asesor presidencial. Vea: en esas denuncias no hace ruido que se diga a qué institución pertenece el agresor. Pero en estos otros casos sí cae todo el peso del juicio contra la mujer que denuncia y dice: fulanito de tal que pertenece a x colectivo. Lo que una esperaría es que el concejo, el colegio, la presidencia o el colectivo, rechacen públicamente como organización los hechos denunciados, y asuman responsabilidad en esclarecer lo ocurrido y evitar que se repita. Porque también hay que decir que muchas de estas denuncias, además de referirse a hechos de un sujeto en particular, han señalado que existe un silencio cómplice dentro de las organizaciones. Sabemos por qué: porque varios otros tienen rabo de paja, porque el machista no es uno solo, porque si hoy dejan que se señale a Sergio mañana van a sacar a la luz pública lo que hizo Mauricio y lo que hace Pepito. El sistema que activan cuando aparecen estas denuncias, entonces, no busca proteger a un único agresor. Para desmentir esto sí que necesitamos pruebas: que hablen los colectivos señalados, que nos muestren con acciones concretas en qué radica su postura antipatriarcal.

Que “en este país es muy difícil hacer oposición y por eso hay que salvaguardar al colectivo ante todo”. Efectivamente, yo conozco bien la situación política de este país y la necesidad de fortalecer a las organizaciones de oposición. En lo que me aparto radicalmente es en el medio: ¿sale fortalecido el colectivo echándole tierra al asunto? Lo que les fortalecería realmente sería sentar posiciones, hacer correctivos, mostrarnos que siguen siendo una alternativa posible. Algo distinto sólo comprobaría que, como dicen las abuelas y yo me resisto a creer: todos se tapan con la misma cobija.

“Que eso se debe resolver internamente”
Primero: llevamos años señalando la necesidad de entender la violencia contra las mujeres como un asunto público, no privado. Me rehúso a tener que volver a explicar eso aquí. Segundo: barájenme más despacio eso de “internamente”. Internamente no puede ser que el agresor llame a la mujer que denuncia y “lo resuelvan”. No obstante, “internamente” si podría ser que, una vez hecha la denuncia, tanto el agresor como el colectivo señalado planteen acercamientos tanto con la denunciante como con su círculo, caminos posibles que atiendan a lo sucedido en vez de obviarlo, que diseñen conjuntamente estrategias de reparación simbólica si se quiere, que necesariamente pasen porque el agresor reconozca públicamente (de manera interna, entre las 60 personas convocadas, por ejemplo) su responsabilidad. Y por favor, dejen ya de quejarse: “que fulanito la llamó para que se vieran y hablaran y ella no quiso”, porque así no es como se resuelve un episodio de violencia.

Dije al comienzo que el cuento es más o menos el mismo, una y otra vez. También el mensaje se repite, palabras más, palabras menos: hay un bien mayor que defender (nuestra apuesta política de izquierda) frente al cual todo lo demás (como la lucha contra el sexismo) debe plegarse.

A las mujeres de izquierda hace 40 o 50 años, sus compañeros les decían que ya atenderían luego el tema del sexismo cuando se hubiera ganado la lucha de clases. Hoy sobrevive la misma idea de fondo. Nos dicen: “manejemos la violencia del compañero en forma privada, para no perjudicar nuestro proceso público fundamental”. Antes muchas mujeres reaccionaron, se aburrieron de esperar y llenas de sabiduría y valor nos enseñaron que “la revolución será feminista o no será”. Muchos –y lo que me resulta más dramático- muchas, siguen sin entender eso. ¿Hasta cuándo mujeres de izquierdas? ¿hasta cuándo seguiremos plegando la dignidad de nuestros cuerpos y nuestras vidas a los tales “intereses mayores”?

Ahí también hay una cosa profundamente dolorosa que señalar, una llaga donde toca poner el dedo: la complicidad de muchas mujeres de estos colectivos con lo que hacen sus pares hombres, amparada en el hecho de que son sus parejas. ¿Cuántas veces no hemos criticado cómo las mujeres de otros contextos, proveedoras de sus hogares, autosuficientes en muchos sentidos, siguen pegadas a un esposo holgazán e incluso violento? ¿qué perverso mecanismo opera ahí para que sean incapaces de alejarse de esos sujetos y sigan siendo emocionalmente dependientes de ellos? Llenamos páginas señalándolo afuera pero lo que ocurre adentro se nos antoja una cosa distinta. ¿Distinta? ¿en qué?

La revolución será feminista o no será. Cuando algunas dijeron eso otras se apartaron. Siguieron creyendo que las relaciones entre hombres y mujeres sería un tema del que ocuparse cuando otra cosa, la más importante, se hubiera alcanzado. Esas otras mujeres (llámense Paola, María o Pepita) también están hoy en los colectivos, y siguen aplazando el asunto. Las Paolas, Marías y Pepitas siguen llegando en bloque a las asambleas a solicitar que no se hagan denuncias públicas, se esfuerzan por bajar el volumen al asunto, por sacar información de quienes avanzan en las denuncias para usarla a favor de sus intereses reaccionarios, y se presentan en estos escenarios, literalmente, como abogadas del diablo, muchas veces porque tienen al diablo metido en la casa, y se abrigan también con la misma cobija.

Hace semanas que me crece la molestia con este asunto, alimentada por lo que escucho con frecuencia en torno al caso más reciente. Pero sólo hasta ayer supe que se había conformado una Coalición Feminista que emitió la “Denuncia Pública sobre el acoso sexual en movimientos sociales de izquierda” (AQUÍ).

Mis palabras tienen la intención de adherir a esa denuncia y a la coalición que la presenta. Porque “Ninguna agresión sin respuesta” es más que un slogan poderoso, es acción, desde la orilla en que cada una puede actuar.


Nancy Prada Prada

lunes, 23 de diciembre de 2013

Intersexuales

¿Qué es la intersexualidad? ¿qué tiene que ver conmigo?

"creemos que la intersexualidad no es algo que le pasa sólo aquellas personas que nacieron con cuerpos que varían respecto del promedio corporal femenino o masculino, sino que la intersexualidad es algo que nos pasa. A cada paso. A tod*s. Cada vez que se da por sentado que todas las mujeres tienen vagina, o que todos los hombres pueden orinar de pie, cada vez que alguien afirma que los únicos cromosomas humanos son XY ó XX, cada vez que se dice que sólo los hombres tienen testículos y ovarios sólo las mujeres, cada vez que se asume que los genitales “normales” hacen a la felicidad, cada vez que se cree que esa “normalidad” debe pagarse a cualquier precio... la intersexualidad nos pasa. Y forma parte de lo que somos, aunque ni remotamente se nos pase por la cabeza o el cuerpo que, entre otras cosas, eso somos".
(Mauro Cabral, Interdicciones, 2009)




Ya está publicado el Diagnóstico de la situación de las personas Intersexuales en la ciudad de Bogotá, que elaboramos desde la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia, para la Secretaría Distrital de Planeación. Pueden descargarlo AQUÍ


lunes, 18 de noviembre de 2013

Sobre el lenguaje incluyente

En mi primer libro ("El Sexo de Sofía"), insistí en el uso de la @ para evitar generalizaciones en masculino. Luego he pasado por la "x" por el "*" y más recientemente he incorporado las maneras ya inventadas por los manuales de lenguaje incluyente para hacer eso justamente: usar un lenguaje que nos incluya.

La última palabra no está escrita. Pero la convicción sigue en pie: un lenguaje incluyente no es suficiente para eliminar los sistemas de discriminación sexista, pero es absolutamente necesario.

AQUÍ algunas ideas al respecto, que compartí en el programa El Sofá de Canal Capital, en su emisión del 17 de noviembre de 2013:

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lunes, 14 de octubre de 2013

¿Niñas lesbianas y niños gays?


Si se entiende "lesbiana" o "gay" como categorías identitarias, contextual e históricamente situadas, podría haber -y hay- personas que se identifican con ellas desde edades muy tempranas. Pero más allá de las categorías y la discusión en torno a ellas, existen niñas, niños y adolescentes que tienen una identidad de género que no se ajusta al "deber ser" (niñas rosaditas y niños azulitos) y existen también niñas, niños y adolescentes que sienten atracción por personas de su mismo género. Y la pasan muy mal por ser quienes son. 


Estar al margen de la norma heterocentrada ocasiona muchos problemas en nuestro contexto, pero una ya adulta se las arregla (mi cuerpo, mi vida, mi sexualidad, son mías y yo decido). El asunto se vuelve más complejo cuando eres material y simbólicamente dependiente de otras personas que no quieren respetar tu identidad de género o tu orientación sexual: mamá, papá, familia extensa, docentes, comisarías de familia, profesionales en sicología, iglesias...

Vivimos entre frases de cajón que rezan: "los niños -que no las niñas- son el futuro"; "todo por defender la infancia" y un sin fin de retahíla en el mismo sentido, pero, también aquí, parece que sólo algunos niños y algunas niñas importan. Claramente quienes pudiéramos leer como gays o lesbianas importan mucho menos.


"yo tuve que aguantar mucha discriminación desde muy pequeño, desde antes que yo supiera, mi papá me pegaba, me pegaba durísimo, y me decía: -eso, póngase la ropa de su hermana, usted es un marica, y todas esas cosas. Y fue peor, que luego mi papá se enteró, que casi me mata, literalmente"
"a mi mejor amigo la mamá le tenía hasta cubiertos diferentes sólo para él. Tenían baños separados, toallas separadas, platos separados… Es decir, como que todo lo que tenía que ver con él no podía estar en contacto con ella. Eso es muy fuerte. Todo el tiempo lo atacaba y lo ofendía, todo el tiempo y por cualquier bobada”
“cuando pasó todo eso a mí me llamó la sicóloga del colegio y me dijo: -Tu puedes confiar en mí, yo no le voy a decir a nadie, y resulta que yo como una boba le creí, le dije todo y resulta que ella ya había llamado a mi mamá a contarle todo”
“Tenaz, no tenemos una garantía de derechos, que si yo salgo del closet y mis papás me echan de la casa, al menos tener a alguien que te diga que tranquilo que no pasa nada, todo está muy bien, acá puedes, no sé, vivir, un hogar de paso o algo así, pero no nos echan y quedamos sin nada, en la calle, literal"


Ya está publicado el Diagnóstico de la situación de niños, niñas y adolescentes con orientaciones sexuales o identidades de género no normativas en Bogotá, que elaboramos desde la Escuela de Estudio de Género de la Universidad Nacional de Colombia, para la Secretaría Distrital de Planeación. Pueden descargarlo AQUÍ

Y entonces ¿qué tanto nos importan (a cada quien, a cada familia, a cada colegio y al Estado en general) estas niñas, estos niños y estas/os adolescentes?

lunes, 30 de septiembre de 2013

En modo poliamoroso

Hace poco la revista i.letrada publicó una de mis reflexiones sobre el poliamor, que ya había aparecido alguna vez en mi blog. Es lindo re-leerse y valorar las cercanías y distancias con quienes hemos sido.

Les dejo el enlace a esta publicación:

QUÉ DIFÍCIL EL POLIAMOR...


Ya sea porque i.letrada le dio un nuevo aire, o porque estamos en septiembre y en este mes el aire nuevo suele llegar al poliamor, el programa El Sofá, de Canal Capital, le dedicó unos minutos al tema, y ahí estuve aportando un poquito de ese sentir y pensar. Les dejo también el video (minuto 15 al 20), AQUÍ




lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Un reinado de belleza para mujeres trans?

Para quienes no se han enterado, dentro de poco tendrá lugar en Bogotá un reinado de belleza para mujeres trans. Se trata del evento distrital “Mujer T Bogotá” convocado por la Secretaría de Planeación de la Alcaldía Mayor de Bogotá. A mí el tema me parece de no creer y me decidí a compartir las razones por las cuales esto me genera una gran frustración, con el ánimo de animar un debate en torno al asunto, debate que a mi entender debió haber propiciado ampliamente la Alcaldía antes de echar a andar semejante idea.

Lo primero que habría que decir es que dentro del panorama de violencias y discriminación que enfrentan las personas lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas en Bogotá, está plenamente documentado cómo el sector transgenerista es quien lleva la peor parte. Quienes inician su camino de tránsito a corta edad se enfrentan en la mayoría de casos a altos niveles de segregación y violencia dentro de sus hogares, lo cual conduce en muchas ocasiones a la expulsión de ellos; afuera el ambiente no es menos hostil, las oportunidades de educación y de trabajo se estrechan y los caminos conducen casi que invariablemente a la prostitución o a la peluquería como únicas opciones laborales posibles y al gueto como único espacio seguro en la ciudad. Por otro lado, están quienes, conscientes de la violencia que podría significarles asumir públicamente su tránsito, lo posponen durante muchos años, hasta lograr culminar algunos estudios que les permitan independencia económica y ubicación laboral; estas personas, además de pagar el costo emocional que implica “el closet”, tampoco la tienen nada fácil una vez asumen su identidad de género: la mirada inquisidora, los obstáculos en la documentación, las puertas cerradas en muchísimos espacios laborales, la discriminación siempre latente cuando se franquean ciertos círculos.

Este no es el espacio para profundizar en la situación que viven las personas trans en la ciudad, pero sí es el espacio para recordar que en Bogotá la gente se muere por ser trans, ya sea por la violencia física impartida por otros y otras, o por la negligencia de las instituciones que les dejan morir sin ofrecerle los servicios que requieren y a los que tienen derecho. De esa magnitud es la problemática: mortal. Y pasa también por el estigma, que se traduce en analfabetismo, desescolarización, desempleo, explotación, drogadicción, depresiones, abandonos, victimización selectiva en el marco del conflicto armado. Se perfectamente que no son todas las personas trans quienes se encuentran en estas situaciones, pero sí es una abrumante mayoría.

Y frente a eso el gobierno distrital dice: hagamos un reinado. Casi que me dan ganas sencillamente de poner: PLOP.  Pero voy a intentar esbozar las razones por las que creo que este reinado es un gran desacierto de la ciudad.

Me cuentan que se hizo una “consulta popular” y que “eso es lo que ellas [las mujeres trans] quieren”. Pero si una escarba un poquito se entera que la mencionada consulta se hizo únicamente por internet (¿será que las mujeres que están putiando en la calle, inmersas en la economía del día a día, revisarán todos los días sus correos electrónicos o su facebook? Sin ir más lejos: ¿cuántas tienen correos electrónicos o facebook?), y que además de hacerse exclusivamente por internet, la consulta tuvo un nivel de respuesta bajísimo. Preguntarle a 100 personas (no exclusivamente trans) qué piensan, no equivale a hacer una consulta popular, ni da cuenta de un proceso realmente participativo en una ciudad como Bogotá.

Pero supongamos por un momento que sí hubiese habido amplia participación. Supongamos (que no es la realidad) que la mayoría de población trans -y concretamente de mujeres trans- de la ciudad están de acuerdo con que hacer un reinado es la prioridad para ellas. ¿Se valida entonces la iniciativa? No lo creo. Probablemente si consultamos a un grupo de personas con hambre y necesidades básicas insatisfechas qué es lo que necesitan, dirán que comida, ropa, un lugar para vivir. ¿Y entonces? Si el gobierno se limita a darles un mercado, unas prendas de vestir y dos meses de arriendo, al cabo de ese tiempo otra vez van a tener hambre y necesidades. Ya sabemos que las medidas asistencialistas son necesarias pero están lejos de ser suficientes. Y qué tal que los funcionarios y funcionaras dijeran: “Ah, pero es que eso fue lo que la gente pidió”. Pues entonces sobraría todo ese funcionariado de alto nivel, porque no está en capacidad de brindar ninguna asistencia técnica, de mediar entre las demandas de la población y los enfoques de construcción de ciudad que supuestamente son de su experticia.

Lo que acabo de hacer es más bien una caricatura, porque no es cierto que las poblaciones más vulneradas tengan demandas miopes. Eso sería pensarlas como tontas y no lo son. Las comunidades también desarrollan pensamiento crítico –en miles de ejemplos, un pensamiento más complejo que los gobiernos-. Lo que quería señalar es que la administración distrital no puede lavarse las manos diciendo: “hago un reinado porque eso fue lo que me pidieron”.

Piensen por ejemplo en las mujeres violentadas por sus compañeros en sus hogares: es común que una vez se animan a poner la denuncia, intenten retirarla cuando el agresor “se disculpa”, al poco tiempo vuelven a sufrir agresiones, vuelven a denunciar, vuelven a retirarse, y permanecen así, algunas durante mucho tiempo, inmersas en el círculo de la violencia. ¿Qué deberían hacer las instancias encargadas del tema de violencia contra las mujeres? ¿Nada, porque ellas piden que el asunto se quede así? Por supuesto que no. La pregunta que debe hacerse la institucionalidad es ¿por qué la mujer no quiere dejar un espacio que la lastima? Cuando hacemos bien la tarea, nos damos cuenta que lo que se necesita son acciones de empoderamiento de las mujeres, de formación en sus derechos, de oportunidades que les permitan salir del círculo de violencia.

Con un reinado –cualquiera que sea- pasa lo mismo que en el ejemplo anterior. El tema no es que “hacemos reinado porque las mujeres quieren eso”. El tema es analizar el sentido de este tipo de eventos, sus repercusiones simbólicas y materiales, y preguntarse ¿por qué determinadas mujeres quieren un reinado?

Ahora bien: los diagnósticos de ciudad realizados sobre la situación de las personas trans en Bogotá señalan que un reinado no es su prioridad (entre otras, por las razones que enuncié en párrafos anteriores). Tampoco es lo que la mayoría de población trans está pidiéndole al gobierno. Administrar lo público pasa, entre otras cosas, por priorizar (dado que los recursos son limitados ¿cuáles son las necesidades más urgentes que debemos atender?) y por transversalizar las políticas distritales, como la Política Pública de Mujeres y Equidad de Género.

Esto me conduce al punto central de mi malestar con el evento “Mujer T Bogotá” ¿Qué perspectiva de género tiene? Ninguna. ¿Por qué en Colombia no hay un Reinado Nacional de la Belleza de hombres, sino que éste y todos los reinados populares son de mujeres? Porque hay implícita en esos eventos una concepción objetivante del cuerpo de las mujeres. ¿Por qué el distrito organiza un reinado de mujeres trans y no de hombres trans? Con ello, le da continuidad a las mismas ideas sexistas que animan los reinados, en general.

¿Cómo es que desde la Política Pública de Mujeres y Equidad de Género se trabaja para eliminar las actividades y piezas comunicativas que convierten el cuerpo de las mujeres en objeto de consumo, y desde la Política Pública para los sectores LGBT se organiza un reinado, evento por excelencia que objetiva los cuerpos de las mujeres?

El núcleo de las críticas a “Mujer T Bogotá”, que ya se dejan escuchar desde muchos ámbitos es que se trate justamente de un reinado de “belleza”. Pueden tratar de hacerlo parecer otra cosa, decir que se evaluarán solamente los talentos, pero ya la ingenuidad de nadie llega a tanto: si así fuera, ¿por qué hay que enviar una foto de cuerpo entero y alistar ajuar con vestido de coctel, ecofantasía y gala? Con esas condiciones,  aquí y en Cafarnaún, eso es un reinado de belleza.

Existen muchos análisis (de orden internacional, nacional y local) que han señalado lo negativo que resultan para las mujeres los tales “reinados de belleza”, porque lo que hacen en el fondo es promover un estándar de belleza sexista, clasista, racista y heteronormativo. Los criterios que se aplican para decidir quién gana, quien es la más “bella”, pasan por cuerpos delgados, sin pelos, con tetas de tal medida y caderas de tal otra, cinturas estrechas, frondosas cabelleras, rasgos suaves, dientes blancos, piernas largas, cero estrías o celulitis, cierta candencia al andar, etc, etc, etc. Un modelo de “belleza” único, estático e irreal.

Eso ya es bastante malo para las mujeres no-trans, pero tengo tentación de decir que es todavía peor para las mujeres trans, por un lado, porque en este caso sus cuerpos pueden estar todavía más lejos de ese “ideal” ficticio al que se les insta a parecerse para ser más “bellas” (habrá invariablemente que ponerse tetas, aumentar artificialmente la cadera, “afinar” los rasgos faciales, en fin), y por otro, porque la marginalidad en la que muchas están inmersas, derivada directamente de la discriminación por su identidad de género, dificulta el acceso a métodos seguros de intervención del cuerpo, con lo cual, tener esa tal belleza que se demanda implicará someterse a estrategias “caseras” –también documentadas- que producen graves efectos en su salud.

Estas cosas no van a aparecer porque se haga un reinado, claro que no, ya pasan: ya las mujeres trans sienten la presión social que las insta a “normalizar” su apariencia, que alimenta el deseo de intervenir uniformemente sus cuerpos para “pasar por mujeres” y con ello deshacerse del lastre de violencias que las acompaña cuando la gente logra identificar que “antes era un hombre”. Las mujeres trans empobrecidas ya se inyectan aceites de cocina o siliconas industriales en las tetas, nalgas y piernas, ya se automedican, ya se realizan implantes artesanales. Y sufren las consecuencias.

La institución sabe que eso está pasando, que son prácticas habituales, y ahora resulta que en vez de promover transformaciones en los imaginarios sobre el cuerpo y la belleza, transformaciones en los imaginarios sobre la feminidad y la masculinidad (que podrían desestimular estas prácticas nocivas), en vez de incidir más frontalmente en el acceso a salud integral (que podría evitar sus efectos nocivos), la institucionalidad anima los ideales que dan origen al problema.

La razón por la que una se inyecta silicona industrial en las nalgas es porque el contexto cultural le repite incesantemente que “una mujer bonita tiene nalgas grandes”. Si se quiere de verdad erradicar el problema, lo que tenemos que hacer es insistir en que no existe una única forma de ser “bella”, que las nalgas pequeñas están bien, que una mujer sin tetas es linda, que la nariz puede ser de cualquier tamaño, que no hay ningún problema con los pelos y podrían perfectamente dejarse crecer en diversas partes del cuerpo, como hace la mayoría de hombres. O cómo es el cuento: ¿En Bogotá se puede ser trans… siempre y cuando seas una trans “bella” (de esa única forma posible de ser “bella” que los sistemas capitalistas, racistas y sexistas intentan imponernos?)

A mí no me cabe duda que quienes están promoviendo la realización de “Mujer T Bogotá” son personas comprometidas con la superación de la discriminación y las violencias contra las personas trans. Lo sé porque conozco a varias de ellas, conozco la vida que le han dedicado al tema y conozco sus enormes capacidades. Pero desde mi punto de vista, esta vez la energía se está equivocando de dirección. Finalmente, en esta breve catarsis sólo he puesto por escrito lo que ya mucha gente -de los sectores LGBT y no- comenta en la calle. Sobre todo, lo que muchísimas mujeres trans han expresado en distintos espacios, y con mayor vehemencia que yo: que un reinado es lo menos que necesitan tantas mujeres trans tan bellas y llenas de problemas que habitan en Bogotá.

Nancy Prada Prada

Luego de publicada esta anotación fui invitada a un Video Chat en Vivo sobre el tema, que organizó Sentiido. El mismo se realizó el 23 de septiembre de 2013. 
A continuación el video:






sábado, 3 de diciembre de 2011

Crónica de un desencuentro anunciado. Día 3 (viernes 25 de noviembre)

Lea antes:





El miércoles, primer día del des-encuentro feminista, había salido con el sinsabor de comprobar en carne propia lo que otras habían anticipado: esa cooptación de tan importante acontecimiento del feminismo de la región por unas pocas, con intereses personales, que en nombre de todas gestionan recursos para hacer sólo lo que ellas quieren, lo que les interesa, y eso que les interesa es: reunir a algunas (las que pueden pagar) en un hotel de lujo, darles muchos regalos y realizar sesiones de trabajo para llenar las matrices de resultados que habían diseñado previamente, para luego llenarse la boca regando a los cuatro vientos una versión: “esto es lo que LAS feministas queremos”.

Mi versión y las de otras miles, en cambio, insiste en que eso que se hizo es sólo lo que quieren unas tantas (quienes por cierto están en su legítimo derecho de preferir el lujo y el despilfarro de recursos a la participación masiva, es su sistema de valores), y que actúan de muy mala fe al intentar hacer pasar un “evento privado” como un “Encuentro Feminista”.

Entendámonos: personalmente no le tengo asco a la gestión de recursos, ya sea ante instancias estatales o de cooperación internacional. Yo misma trabajo en una Universidad del Estado y en una ONG, y pienso que independientemente del origen de los dineros éstos se pueden invertir en cosas valiosas. Creo bastante en lo que llamo “la política del veneno”: meterse en las estructuras para desarticular poderes desde adentro. Pero si algunas tienen intereses particulares, que conformen un grupo, gestionen sus recursos a título personal y hagan lo que a bien tengan. Que no se consigan más de 1.500 millones de pesos en nombre del movimiento feminista de la región, a costa de su amplia trayectoria, para luego dejar por fuera a la inmensa mayoría. Eso es abuso de poder. Eso es poder fundado en privilegios de clase (entre otros), el poder que estamos criticando desde el feminismo, pseudopoder.

El jueves, al verlo con mis propios ojos, salí consternada, claro, pero también animada con la idea de poner esa discusión tan urgente al interior de lo que debía ser nuestro Encuentro. Ya describí antes lo que sucedió el viernes, en buena medida gracias a nuestros ánimos constructivos frente al EFLAC. Pero como no soy de palo, el viernes amanecí bastante triste, bastante desilusionada de los caminos por los que algunas habían llevado la teoría y la ética feminista, hasta esos lugares de absoluta inconsecuencia, tan acomodados en lógicas de exclusión, en los que sólo caben quiénes pueden pagar. Estuve incluso coqueteando con la idea de algunas: haría falta inventar otra cosa, que recoja la genealogía feminista y la lleve a otra parte, donde siga siendo crítica y subversiva. Un éxodo feminista, y esa será otra historia.

En la mañana del viernes, entonces, me abstuve de participar en los debates del EFLAC, y me dediqué mejor a una suerte de catarsis escribiendo la primera parte de esta crónica. Me enteré, sin embargo, que siguieron sucediendo cosas que vale la pena conservar en la memoria colectiva. Supe, por ejemplo, que para entonces buena parte de las participantes inscritas en el EFLAC estaban hartas del Hotel Tequendama hiper-militarizado, y que pegaron carteles de protesta en sus paredes, que más tardaron en ser instalados que destruidos por la “seguridad” de la administración, con la complacencia de las pseudopoderosas. Pero de todo esto sabe más Ana Periférica, quien lo ha registrado en su propia reseña crítica del EFLAC:

"Apuntes críticos sobre el EFLAC. Por un feminismo sin escarapelas ni tarimas"

(Nota al margen: el 24 de noviembre, en el mismo espacio del EFLAC (el hotel de las fuerzas militares) se realizó el “Banquete del Millón”, en el que participaron las reinas de belleza del país, el Procurador General de la Nación (uno de los principales opositores en Colombia de los derechos de las mujeres y otros grupos minorizados) y hasta el mismo Presidente del país. Al lado las feministas seguían en sus conversaciones, como si nada. Algunas les chiflaron a su paso por los pasillos… y ya. Fin de la revolución. De vuelta a las conversaciones para llenar las matrices.)

Ese viernes, hacia las 2:00 p.m. llegué al Planetario Distrital, punto desde el cual saldría la emblemática marcha del 25 de noviembre: Día Internacional de la NO violencia contra las mujeres. Este año, por primera vez, dejaron de marchar muchísimas feministas que viven en Bogotá, excluidas del EFLAC, justamente porque sabían que se trataba de una marcha que llevaba ese sello, y su forma de manifestarse esta vez fue el silencio. Las extrañé infinitamente.

Poco a poco fueron llegando los buses desde todas las localidades de la ciudad, llenos de mujeres que hacen trabajos de base en sus barrios, muchas de ellas feministas, las que participan en los talleres de formación política, las que ejercen los liderazgos en sus comunidades, las que están organizadas en iniciativas por la paz, las que están vinculadas a las Casas de Igualdad de Oportunidades, las que conforman las escuelas de formación en derechos, los colectivos independientes, muchísimas mujeres. Creo que fue la Marcha de 25 de Noviembre más concurrida que he presenciado.

Y yo pensaba, y pienso: claro, para esto si les sirven esas mujeres. Para marchar si son aceptadas por las pseudopoderosas, no para participar en sus discusiones. Les encanta que estén para que “hagan bulto”, para poner en los informes que “somos muchas”, que “los talleres estuvieron llenos”, que el movimiento feminista va creciendo. Pero no califican para participar en los Encuentros Feministas. Allí no les interesa que estén, porque si les interesara priorizarían su participación en vez de los bolsos elegantes. En eso nos hemos convertido: en una jerarquía perfectamente orquestada: unas “saben” y tienen voz, mientras otras llenan los salones a partir de los cuales las primeras gestionan sus recursos.

Me uní a un grupo marchante en el que iban varias amigas, otras participantes del EFLAC inconformes que gritaban consignas contra la militarización, más algunas integrantes de la batucada “El Toque Lésbico”, y alzamos nuestras voces (y tambores) contra la violencia sexista.

Con semejante manifestación, Bogotá se enteró, en buena medida, de que “camina la lucha feminista por América Latina”. Nosotras, desde adentro, sabemos que mientras muchas caminan, sólo unas pocas deciden.

“CUIDADO: El Patriarcado se disfraza de mujer hambrienta de poder”

(Segunda nota al margen: En la página web del EFLAC ya está colgado el Otrosí que modifica el Acuerdo de Cooperación con la Corporación Humanas. Una semana después de finalizado el Encuentro, seguimos todas esperando conocer el texto de los acuerdos con las otras organizaciones que administraron recursos. También seguimos a la espera de la rendición de cuentas, que deberá incluir el monto total de los aportes recibidos por cada uno de los donantes y el gasto detallado (Este es un guiño especial para las Chicas Pseudopoderosas, que sé entre las primeras lectoras de esta crónica).


Nancy Prada Prada


Me faltó por escribir: Crónica de un desencuentro anunciado. Día 4 (sábado 26 de noviembre). El día en que se manipuló con todo descaro la elección de la sede para el próximo Encuentro y se “escogió” a Perú. Comienza con pie izquierdo el siguiente EFLAC.