sábado, 3 de diciembre de 2011

Crónica de un desencuentro anunciado. Día 3 (viernes 25 de noviembre)

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El miércoles, primer día del des-encuentro feminista, había salido con el sinsabor de comprobar en carne propia lo que otras habían anticipado: esa cooptación de tan importante acontecimiento del feminismo de la región por unas pocas, con intereses personales, que en nombre de todas gestionan recursos para hacer sólo lo que ellas quieren, lo que les interesa, y eso que les interesa es: reunir a algunas (las que pueden pagar) en un hotel de lujo, darles muchos regalos y realizar sesiones de trabajo para llenar las matrices de resultados que habían diseñado previamente, para luego llenarse la boca regando a los cuatro vientos una versión: “esto es lo que LAS feministas queremos”.

Mi versión y las de otras miles, en cambio, insiste en que eso que se hizo es sólo lo que quieren unas tantas (quienes por cierto están en su legítimo derecho de preferir el lujo y el despilfarro de recursos a la participación masiva, es su sistema de valores), y que actúan de muy mala fe al intentar hacer pasar un “evento privado” como un “Encuentro Feminista”.

Entendámonos: personalmente no le tengo asco a la gestión de recursos, ya sea ante instancias estatales o de cooperación internacional. Yo misma trabajo en una Universidad del Estado y en una ONG, y pienso que independientemente del origen de los dineros éstos se pueden invertir en cosas valiosas. Creo bastante en lo que llamo “la política del veneno”: meterse en las estructuras para desarticular poderes desde adentro. Pero si algunas tienen intereses particulares, que conformen un grupo, gestionen sus recursos a título personal y hagan lo que a bien tengan. Que no se consigan más de 1.500 millones de pesos en nombre del movimiento feminista de la región, a costa de su amplia trayectoria, para luego dejar por fuera a la inmensa mayoría. Eso es abuso de poder. Eso es poder fundado en privilegios de clase (entre otros), el poder que estamos criticando desde el feminismo, pseudopoder.

El jueves, al verlo con mis propios ojos, salí consternada, claro, pero también animada con la idea de poner esa discusión tan urgente al interior de lo que debía ser nuestro Encuentro. Ya describí antes lo que sucedió el viernes, en buena medida gracias a nuestros ánimos constructivos frente al EFLAC. Pero como no soy de palo, el viernes amanecí bastante triste, bastante desilusionada de los caminos por los que algunas habían llevado la teoría y la ética feminista, hasta esos lugares de absoluta inconsecuencia, tan acomodados en lógicas de exclusión, en los que sólo caben quiénes pueden pagar. Estuve incluso coqueteando con la idea de algunas: haría falta inventar otra cosa, que recoja la genealogía feminista y la lleve a otra parte, donde siga siendo crítica y subversiva. Un éxodo feminista, y esa será otra historia.

En la mañana del viernes, entonces, me abstuve de participar en los debates del EFLAC, y me dediqué mejor a una suerte de catarsis escribiendo la primera parte de esta crónica. Me enteré, sin embargo, que siguieron sucediendo cosas que vale la pena conservar en la memoria colectiva. Supe, por ejemplo, que para entonces buena parte de las participantes inscritas en el EFLAC estaban hartas del Hotel Tequendama hiper-militarizado, y que pegaron carteles de protesta en sus paredes, que más tardaron en ser instalados que destruidos por la “seguridad” de la administración, con la complacencia de las pseudopoderosas. Pero de todo esto sabe más Ana Periférica, quien lo ha registrado en su propia reseña crítica del EFLAC:

"Apuntes críticos sobre el EFLAC. Por un feminismo sin escarapelas ni tarimas"

(Nota al margen: el 24 de noviembre, en el mismo espacio del EFLAC (el hotel de las fuerzas militares) se realizó el “Banquete del Millón”, en el que participaron las reinas de belleza del país, el Procurador General de la Nación (uno de los principales opositores en Colombia de los derechos de las mujeres y otros grupos minorizados) y hasta el mismo Presidente del país. Al lado las feministas seguían en sus conversaciones, como si nada. Algunas les chiflaron a su paso por los pasillos… y ya. Fin de la revolución. De vuelta a las conversaciones para llenar las matrices.)

Ese viernes, hacia las 2:00 p.m. llegué al Planetario Distrital, punto desde el cual saldría la emblemática marcha del 25 de noviembre: Día Internacional de la NO violencia contra las mujeres. Este año, por primera vez, dejaron de marchar muchísimas feministas que viven en Bogotá, excluidas del EFLAC, justamente porque sabían que se trataba de una marcha que llevaba ese sello, y su forma de manifestarse esta vez fue el silencio. Las extrañé infinitamente.

Poco a poco fueron llegando los buses desde todas las localidades de la ciudad, llenos de mujeres que hacen trabajos de base en sus barrios, muchas de ellas feministas, las que participan en los talleres de formación política, las que ejercen los liderazgos en sus comunidades, las que están organizadas en iniciativas por la paz, las que están vinculadas a las Casas de Igualdad de Oportunidades, las que conforman las escuelas de formación en derechos, los colectivos independientes, muchísimas mujeres. Creo que fue la Marcha de 25 de Noviembre más concurrida que he presenciado.

Y yo pensaba, y pienso: claro, para esto si les sirven esas mujeres. Para marchar si son aceptadas por las pseudopoderosas, no para participar en sus discusiones. Les encanta que estén para que “hagan bulto”, para poner en los informes que “somos muchas”, que “los talleres estuvieron llenos”, que el movimiento feminista va creciendo. Pero no califican para participar en los Encuentros Feministas. Allí no les interesa que estén, porque si les interesara priorizarían su participación en vez de los bolsos elegantes. En eso nos hemos convertido: en una jerarquía perfectamente orquestada: unas “saben” y tienen voz, mientras otras llenan los salones a partir de los cuales las primeras gestionan sus recursos.

Me uní a un grupo marchante en el que iban varias amigas, otras participantes del EFLAC inconformes que gritaban consignas contra la militarización, más algunas integrantes de la batucada “El Toque Lésbico”, y alzamos nuestras voces (y tambores) contra la violencia sexista.

Con semejante manifestación, Bogotá se enteró, en buena medida, de que “camina la lucha feminista por América Latina”. Nosotras, desde adentro, sabemos que mientras muchas caminan, sólo unas pocas deciden.

“CUIDADO: El Patriarcado se disfraza de mujer hambrienta de poder”

(Segunda nota al margen: En la página web del EFLAC ya está colgado el Otrosí que modifica el Acuerdo de Cooperación con la Corporación Humanas. Una semana después de finalizado el Encuentro, seguimos todas esperando conocer el texto de los acuerdos con las otras organizaciones que administraron recursos. También seguimos a la espera de la rendición de cuentas, que deberá incluir el monto total de los aportes recibidos por cada uno de los donantes y el gasto detallado (Este es un guiño especial para las Chicas Pseudopoderosas, que sé entre las primeras lectoras de esta crónica).


Nancy Prada Prada


Me faltó por escribir: Crónica de un desencuentro anunciado. Día 4 (sábado 26 de noviembre). El día en que se manipuló con todo descaro la elección de la sede para el próximo Encuentro y se “escogió” a Perú. Comienza con pie izquierdo el siguiente EFLAC.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Crónica de un desencuentro anunciado. Día 2 (jueves 24 de noviembre)

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La información es una herramienta muy útil. “El que no sabe es como el que no ve”, decía muy acertadamente mi abuela. Entre otras cosas, por eso estoy escribiendo esta breve crónica, para que las cosas que viví durante este XII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe no se queden en el olvido, para que sean conocidas por quienes estando adentro o afuera no se enteraron de ellas en su momento, y para que, tal vez, algunas las recojan en la organización del Encuentro siguiente. Publicado desde dos años antes (y ampliamente difundido con la ayuda de todas las que lo están leyendo), no hay lugar para un “no sabíamos que no estaban de acuerdo”.

Escribo entonces con vocación de futuro. También con ánimo de presente, porque hoy, aquí, con nuestras miradas críticas, estamos construyendo feminismo. En ello hemos estado durante los últimos meses.

Desde hace tiempo, las organizadoras del Encuentro en Bogotá conocían las críticas que muchos sectores del movimiento les estaban haciendo: sabían (porque se enviaron muchas cartas y se sostuvieron muchas conversaciones bilaterales) que el Tequendama era un error; sabían también que una cuota igual de 120 dólares para todo el mundo era impagable para muchas, y que dados los recursos gestionados, era innecesaria.

(Sigo con mis notas al margen: ¿Están todas enteradas de que quienes viviendo en Bogotá pagaran la cuota de inscripción al Encuentro podían también alojarse en el hotel durante esas cuatro noches? Un ejemplo más del despilfarro de recursos. ¿Cuántas mujeres de Bogotá se inscribieron? ¿Unas cien por lo menos? Así rapidito eso son como 22 millones de pesos colombianos. ¿Cuántas más habrían podido participar ahorrando ese gasto tan innecesario?)

A la Comisión organizadora del XII EFLAC también le reprochamos directamente, muchas veces, que no hubiera dispuesto espacios participativos para la toma de decisiones. En agosto de 2010 hubo una primera y única reunión, en la Universidad Nacional, en donde participaron cerca de 200 mujeres dispuestas a meterle el hombro al Encuentro. La mayoría de ellas dejó de recibir correos convocantes a partir de allí. En noviembre hubo un Encuentro Feminista Nacional en Bucaramanga, que se destinó a asuntos distintos al EFLAC, reservando para él sólo un espacio informativo, al final, en el que nos contaron cómo iban las cosas y nos invitaron a integrar las Comisiones. Personalmente estuve tentada a unirme (justamente a la Comisión de Comunicaciones), pero mi situación personal no me lo permitía: organizar un Encuentro de éstos requiere de mucho trabajo y yo no contaba con el tiempo necesario. Porque eso es cierto: algo que no se puede reprochar a la Comisión organizadora es que no haya trabajado mucho. Lo hicieron. Durante más de un año dedicaron muchísimo de su tiempo, sin remuneración (y sin remuneración no quiere decir sin intereses personales), a organizar todo esto. El problema no es que no hayan trabajado, el problema es que durante su trabajo hicieron oídos sordos a todas las críticas y se abrogaron el derecho de tomar unas decisiones que debieron concertar. El problema es que, fundadas en desamores personales, hicieron de todas las miradas críticas una sola bolsa y las tiraron de su barco. El problema es que hicieron de unas pocas –y para unas pocas- un Encuentro que es de todas.

Decía que en Bucaramanga invitaron a integrarse a las Comisiones. Muchas compañeras así lo hicieron, con el ánimo todavía enardecido ante la posibilidad de celebrar en Colombia 30 años de Encuentros, y por el camino tuvieron que salir de la organización a raíz de las lógicas totalmente jerárquicas que encontraron en uno de los espacios donde, se supone, no deberían existir: la construcción de apuestas feministas.

Ni siquiera en los momentos de más alta crisis las chicas pseudopoderosas dieron su brazo a torcer en esa autoridad que se autoconfirieron: llamadas a abrir el debate por la sede del Encuentro, optaron mejor por reuniones pequeñas, a las que invitaron únicamente a quienes ellas mismas consideraban interlocutoras válidas (y miren qué coincidencia: eran quienes estaban de acuerdo con ellas). No me hubiera enterado de ello si algunas de mis amigas, invitadas directamente, no me lo hubieran contado. Nunca una convocatoria pública, un debate público. Así lograron validar las decisiones que ya habían tomado y es a eso a lo que llaman “múltiples espacios para consultar a las feministas de la región”.

De esta manera, dejando de enviar la información a quienes en agosto se habían dispuesto a participar, sacando gente incómoda de las Comisiones a fuerza de maneras autoritarias, y realizando reuniones cerradas con mujeres escogidas “a dedo”, llegó noviembre de 2011. Ya les conté lo que nos sucedió el primer día. Vamos con el segundo.

Las chicas pseudopoderosas habían dejado en el ambiente (en la discusión del Día 1 en el lobby) que la iniciativa “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO” era sólo el deseo de algunas que querían “colarse” sin haber pagado. Las versiones no contestadas hacen carrera, así que decidimos en la noche de ese primer día imprimir una especie de comunicado, explicando cuál era la crítica que quería instalar nuestra iniciativa. Básicamente el mismo texto que estaba en nuestro grupo de Facebook:


Si bien críticas hay muchas, ésta en particular se concentraba en un punto: el error de instalar cuotas de inscripción no diferenciadas -que no reconocen las diferencias entre las mujeres- y el desacertado manejo de los recursos gestionados para el Encuentro. Otra gente manifestó sus otras inconformidades, de otras maneras. Por ejemplo: no asistiendo al EFLAC. Nuestra manera fue ésta.

Pues bien, ese jueves, antes de irme para el Tequendama, imprimí 500 copias de nuestro comunicado, me puse mi escarapela “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO”, y pasé sin mayor dificultad la puerta del hotel, entrando junto con otras mujeres que se habían agrupado en la puerta. Durante la noche había pensado que la discusión del día anterior tal vez había sido suficiente, y que ahora lo importante era efectivamente participar de los debates y poner ahí los temas que durante la organización se habían querido dejar de lado. Pasar el primer puesto de seguridad sin contratiempos me hizo creer que sería posible. Pero ya verán que no.

Había mucha gente en el lobby, así que me puse a repartir las hojas que había fotocopiado. En los minutos siguientes fueron llegando otras compañeras de la iniciativa, que también se pusieron a repartirlas. Hicimos algunas declaraciones para medios de comunicación feministas que estaban cubriendo el Encuentro. Habíamos impreso más escarapelas y varias compañeras inscritas, también de otros países, comenzaron a usarlas. ¡Incluso algunas aportaron dinero para sacar más copias! Eso demostraba que mucha gente inscrita también estaba inconforme.

Luego de un rato entré a uno de los salones donde se adelantaban los grupos temáticos. Era el grupo de Post-Feminismos. Participé en la discusión como una más (es decir, como lo que soy), insistiendo en la necesidad de cuestionar las relaciones de poder que se acrecientan adentro del movimiento feminista. Hacia las 12:30 p.m. el grupo decidió hacer el receso para el almuerzo. Una compañera y yo salimos juntas a un restaurantito cercano para almorzar (ya saben: NO consumo en el EFLAC).

(Segunda nota al margen en este segundo día: Yo no he estado, pero me han contado que otras veces, en otros Encuentros Feministas, las iniciativas que intentan participar sin haber pagado son tildadas de usufructuar los recursos aportados “por todas”. Nosotras dijimos que no pagábamos y que no íbamos a tomarnos ni un tinto en ese hotel, y así se hizo. Debo resaltar, sin embargo, que habernos tomado ese tinto habría sido en todo caso inocuo: el alojamiento y todas las comidas del Encuentro estaban ya holgadamente subvencionadas).

El gran nudo de este día (que no lograría en los siguientes desatarse, ni desnudarse, ni nada) ocurrió cuando intentamos ingresar de nuevo al hotel, tras el almuerzo. Pasamos la primera puerta, pero como he dicho, quedaban dos puestos de seguridad más antes de llegar a los salones. En el segundo, además de la guardia de la institución, estaba parada otra mujer, bastante mayor, emplazada ahí justamente para detenernos. Luego me enteraría que se trataba de Marysa Navarro. Le dijo a la guardia que no nos dejara entrar porque no teníamos la escarapela correspondiente. Nosotras seguimos mientras otra compañera que venía entrando y que si estaba inscrita se quedó conversando con aquella mujer, pero al reparar en que la conversación tardaba demasiado nos acercamos. Esta era más o menos la escena:

-    (la compañera inscrita que nos acompañaba) Pero entonces, ¿pueden entrar a participar o no?
-    No, no, no. No pueden entrar.

Mi compañera de NO pagué, etc. la interpeló para explicarle nuestra postura. Concluyó señalando que 800.000 dólares era bastante más de un millón de pesos por cabeza, que son recursos más que suficientes para que todas pudiéramos participar, que se había cometido un tremendo despilfarro

-    Pero esas son las reglas que han puesto las organizadoras y tú tienes que respetar lo que han hecho ellas

Yo vuelvo y le echo el cuento de las reglas (palabra que misteriosamente parecía encantarles en este Encuentro): la historia del feminismo se ha construido a fuerza de romper las reglas que son injustas.

-    No, yo soy parte de esa historia del feminismo, tengo 76 años y participé del primer Encuentro. No se rompen las reglas, las reglas se desmontan (Va al margen un tremendo: ¿?)

-    Pero compañera, este Encuentro es de todas…

-    No, éste es nuestro Encuentro, no es suyo, porque ustedes no cumplieron las reglas y no pagaron lo que tenían que pagar.

-    Eso es lo que estamos conversando…

-    Pues si, y yo estoy dispuesta a conversar con ustedes todas las veces que quieran, pero no aquí adentro, afuera.

-    ¿Entonces tu estarías más tranquila si nosotras nos fuéramos del Encuentro?

-    Si, estaría más contenta si se quedaran afuera porque aceptan que éste es un Encuentro que tiene reglas que ustedes no cumplen, y si no las aceptan, pues entonces me da mucha pena pero…

Todo esto ocurría tres pasos adelante del segundo puesto de seguridad, hacia adentro. Entre tanto, me percaté que dos compañeras, que si estaban inscritas pero que portaban la “escarapela cuadrada” (es decir la que nosotras diseñamos para esta acción directa), porque apoyaban la crítica que implicaba, estaban siendo retenidas y no se les permitía el acceso.

-    ¿Qué pasa? -pregunté
-    Que ellas no pueden entrar con esa escarapela –replicó la guardia de seguridad
-    Si justamente eso estamos discutiendo aquí adentro, así que sigan – dije yo, mientras retiraba con mis manos la cinta para que ellas pasaran

La guardia se interpuso entre nosotras.
-    Nadie puede entrar con esa escarapela, porque son órdenes de la señora Ana Cristina (osea, Ana Cristina González, la sensei pseudopoderosa del día de hoy)

-    Entonces llámala por favor, porque nosotras estamos participando desde ayer y vamos a seguir haciéndolo –y quité la cinta en otro punto de la barrera de seguridad.

Las compañeras entraron. Estábamos paradas frente a la puerta que da acceso a los ascensores, es decir, el tercer puesto de seguridad. Igual que el día anterior, varias otras compañeras inscritas se habían unido a las discusiones y apoyaban nuestro ingreso. Entonces el guardia de este puesto se comunicó por radioteléfono:

-    Aquí están unas señoras con la escarapela cuadrada, ¿qué hacemos?

Esperamos. Doña sensei pseudopoderosa Ana Cristina nunca llegó.

-    No, que no pueden entrar –mientras intentaban cerrar la puerta.
-    Pero señor, ellas ya estaban adentro en la mañana -decían algunas
-    Yo no puedo hacer nada, son órdenes de la señora Ana Cristina

Se estaba armando un tumulto en los ascensores, y muchas dijeron “subamos”. Perdí de vista a mi compañera de NO pagué… y subí con otras mujeres hasta el piso 17, donde había otros grupos de trabajo. Intenté entrar al grupo de “Pluriculturalismo y multi-identidades”, pero adivinen qué: había otra guardia de seguridad en la puerta. Pasé de largo mientras la guardia me decía que no podía entrar, y fui a sentarme bien adelante.

Allí se estaba haciendo un ejercicio autoreflexivo, en el que se proponía pensar en las condiciones de subalternidad o privilegio que nos otorgaban nuestros lugares en el mundo. Alguien decía: “Soy negra, eso me quita privilegios. Pero, de otra parte, soy abogada, eso me pone en otro lugar”. Cada participante hacía el ejercicio, y en cada una parecía muy honesto. Pero yo de nuevo encontraba difícil concentrarme, creer, porque venía de chocarme de tajo con aquella frase lapidaria de la mujer en el lobby: “Este no es tu Encuentro”; una mujer que creía, pese a sus más de 30 años caminando por el feminismo, que lo correcto era seguir las “reglas”, sin interesarle ya reflexionar sobre lo que esas reglas significaban.

Las miraba a todas. Miraba a la guardia de seguridad en la puerta. Recordaba el grupo de trabajo de la mañana, en el que se hablaba del poder entre nosotras. Pensaba en lo acostumbradas que parecemos a darle vueltas a los asuntos sin atrevernos a mirarlos de frente, a los ojos, ni a señalarlos con el dedo, ni a llamarlos por su nombre. Sólo orbitando a su alrededor con el ceño fruncido y sobreviviendo a la incomodidad que nos producen. Evitando entrar en confrontaciones. Y sentí muchas ganas de llorar.

Un poco antes de las cinco salí del salón, porque debía cumplir con otro compromiso: presentar un libro sobre distintas formas de violencia, en otro evento que habían organizado otras feministas. Qué paradoja.

Esa noche me decidí a escribir esta crónica.


Nancy Prada Prada


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viernes, 25 de noviembre de 2011

Crónica de un desencuentro anunciado. Día 1 (miércoles 23 de noviembre)

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En el grupo que abrimos en facebook para la acción directa, llegamos a ser 45 feministas inconformes con los planteamientos del EFLAC. Sin embargo, el día y la hora prevista, éramos diez. Más que suficientes.

Nos encontramos en la entrada del Hotel Tequendama.

(Primera nota al margen: para “atender” nuestra crítica frente al carácter militar de ese espacio, la super idea de las organizadoras fue cambiarle el nombre: por esos cuatro días ellas lo iban a llamar “Hotel María Cano”. Igual con todos los salones. Y ya está: como por arte de magia, con nombrecitos bonitos se borra la huella de sangre que levantó y mantiene vivas esas paredes. Como estoy lejos de subestimar a las organizadoras, no creo que sean tan estúpidas como para creer que eso es “resignificar”. Sólo se lavaban las manos. Se ha de estar revolcando en su tumba María Cano.)

Decía que el miércoles 23 nos encontramos en la entrada del Hotel Tequendama diez feministas inconformes, con ánimo de aportar en la construcción de nuestro Encuentro. Mientras nos poníamos nuestras escarapelas de “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO” tuvimos el primer llamado a la realidad: sale del Hotel una integrante de la Comisión organizadora, Paola Salgado, mujer a la que algunas de nosotras considerábamos cercana, nos ve y hace como que no. Ni un saludo, ni un gesto, ni una mirada. Camina por nuestro lado hasta la calle, se devuelve, de nuevo pasa muy cerca y otra vez parecemos invisibles a sus ojos. Good bye Paola.

Pero ella no es invisible a los nuestros. La vemos entrar y hablar con sus compañeras de equipo: “esas están en la entrada”. Las llamaré desde ahora, para que nos entendamos, las “chicas pseudo-poderosas”.

Nosotras nos alistamos para ingresar al hotel. Fue sencillo atravesar el primer puesto de seguridad porque ese día todas las mujeres iban recién llegando al Encuentro y era en el lobby donde recibían sus escarapelas y materiales. Parecíamos entonces unas más.

(Segunda nota al margen: inicialmente había un puesto de “seguridad” para atravesar la puerta del hotel; otro para ingresar al lobby; uno más para acceder a los ascensores. En la puerta de cada salón había alguien de “seguridad” del hotel permitiendo (o no) la entrada. Y luego, fueron aumentando los tales puestos, y sus respectivas requisas. ¿Se habrán sentido suficientemente “seguras” las feministas?)

Cinco pasos después de haber atravesado la puerta, todas juntas, se viene de frente la primera línea de las chicas pseudopoderosas: Beatriz Quintero (de Colombia) y Liliana Celiberti (de Uruguay):

-       Mujeres, ustedes no pueden entrar. Si quieren les podemos dar boletas para el evento de esta noche, o pueden estar en la marcha, pero aquí no.
-       Ya… cierto, vamos a estar en la marcha, y en el evento de inauguración de la noche, pero también vamos a participar de toda la programación del Encuentro.
-       ¿Qué, qué? ¿Y quién les ha dado permiso de entrar?
-       Nadie nos ha dado permiso. No necesitamos permiso. Varias hemos participado muy activamente en la construcción de este Encuentro, es nuestro legítimo derecho.
-       Aquí hay unas reglas: ustedes no pagaron, así que no pueden entrar.
-       Hemos construido el feminismo rompiendo reglas injustas. Esta es una regla injusta y no la vamos a cumplir.

Entre tanto, y viendo el círculo y la bulla de la entrada, otras feministas inscritas en el Encuentro se iban acercando. El grupo, entonces, crecía.

-       Es el colmo que ustedes se aparezcan en este evento, con esa violencia y esas agresiones…
-       Cálmate Beatriz. Primero esto no es un “evento”, es un Encuentro. Segundo, ésta es una acción directa no violenta. Diez mujeres paradas en un lobby con una escarapela, hablando contigo, no es ninguna agresión.
-       Es que así no se hacen las cosas! Si estaban inconformes con algún aspecto de la organización debían haberlo manifestado antes, haberse reunido con las organizadoras…
-       Lo intentamos muchas veces Liliana, pero la Comisión organizadora no escuchaba. Tú seguramente no lo sabes, pero quienes estamos aquí en Bogotá tratamos de abrir espacios, de hacer ver los errores que se estaban cometiendo, y nos estrellamos una y otra vez contra un muro de terquedad. Este ha sido el último recurso.
-       Bueno, el caso es que ustedes no pueden entrar.

Para entonces ya había bastantes feministas, que si habían pagado, sumadas a la discusión. Sus voces nos apoyaban. Adentro, en el Salón Rojo, ya estaban reunidas todas las demás esperando el inicio del evento.

-       Que entren, si al final ya todo está pago y ellas no van a consumir nada… que entren! (decían las compañeras que nos apoyaban)
-       Eso es injusto con las que si pagaron (replicaban las chicas pseudopoderosas)
-       Pero si a nosotras no nos molesta, ¿cuál es el problema?
-       Así no se hacen las cosas, ellas no pueden entrar.
-       Preguntémosle a la plenaria entonces, que seamos todas las que decidamos…
-       No, eso lo decidimos nosotras…

El inicio estaba agendado a las 2:00 p.m. y ya casi eran las 3:00 p.m. Entonces sale del Salón Rojo una sensei Pseudopoderosa: Lucy Garrido (también de Uruguay).

(Tercera nota al margen: se dice en los pasillos del Encuentro, que ya todo está arreglado para que la próxima sede sea Uruguay -donde doña Liliana y doña Lucy-, y que incluso se están guardando recursos de este Encuentro en Colombia -básicamente la plata de las inscripciones, unos 300 millones de pesos- para lo que sucederá en Uruguay. Aunque nada de eso debe ser cierto, porque esta vez no hay becas ni tarifas de inscripción diferenciadas justamente porque la platica gestionada con la cooperación (la bobadita de 800.000 dólares) no alcanzaba para pagar los gastos!)

Se aparece entonces la Garrido:

-       Beatriz, Liliana, vengan que ya vamos a comenzar.
-       Pero Lucy, es que estas mujeres quieren entrar y no han pagado!
-       (con mirada de desprecio perfectamente intencional) Ah! Y no que les daba tanto asco que el Encuentro fuera en el Tequendama (con tanta cosa a la pobre Lucy se le olvidó que estábamos era en el María Cano, según su propio invento)… y ahora si quieren entrar, y gratis!

Y tan horonda como lo fue diciendo, se fue dando la vuelta y entrando. De manera que no tuvimos oportunidad de darle la clasecita que tanto necesita sobre movimientos sociales, en la que ella habría podido enterarse de que los movimientos se han inventado unas cosas que se llaman “acciones directas no violentas”, como la nuestra, por medio de las cuales se intenta llamar la atención de un colectivo frente a situaciones de injusticia. Explicarle que aquí la injusticia era el elevado costo de la inscripción, sin atender a las diferencias entre las mujeres y dejando sin ninguna oportunidad de participación a tantas compañeras feministas que son estudiantes, que están desempleadas, o que son de clases populares. Como nos dejó con la palabra en la boca, no pudimos explicarle a sensei Pseudopoderosa Lucy, que nuestra presencia elevaba en sí misma una voz crítica frente al carácter tremendamente elitista de este Encuentro; que algunas de nosotras (como yo) habríamos podido pagarlo y que no lo hicimos intencionalmente, para señalar el desacierto. Si nos hubiera escuchado, le habríamos dicho finalmente que veníamos a poner esa mirada crítica en el espacio, en nuestro espacio, el de todas, nuestro Encuentro. Porque el Feminismo es en sí mismo un movimiento social, una teoría y una ética crítica. Aunque para que Lucy y su combo recuerde eso, me temo que haría falta bastante más que una sola clase.

El caso es que Lucy se dio la vuelta, entró y la perdí de vista. Luego entramos todas, no porque Beatriz y Liliana hubieran cedido en su negativa rotunda, sino porque un tumulto de compañeras feministas nos rodearon a las diez “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO”, mientras exclamaban: “Entremos todas”, y entramos.

Así, en el Salón Rojo del Hotel Tequendama, asistimos a la Apertura del XII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe.

Allí vimos un video sobre la historia de estos Encuentros y escuchamos a varias feministas de larga trayectoria en ellos contarnos sus experiencias. La verdad es que se dijeron algunas cosas muy bonitas, pero no pude conectarme emocionalmente ni un solo segundo: era tremendamente frustrante que todos esos discursos afloraran con tanta naturalidad en el mismo espacio en el que minutos antes se defendía la regla del “si no pagas, no puedes”. Esos minutos se quedarán grabados en mí como el gran teatro de la inconsistencia humana, en este caso, de la inconsistencia feminista.

Más tarde, fuimos también al evento de inauguración que tuvo lugar en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Por disposiciones del teatro se necesitaba invitación para entrar, así que unas feministas amigas nos las consiguieron. En la inauguración vimos la premiación del concurso del “Feministómetro” (una obra de cabaret, de unas chicas mexicanas muy divertidas) y escuchamos al grupo musical Amaxona, que estuvo excelente. La gran ausente de la velada: la muy esperada (al menos por mí) rendición de cuentas. Sólo se esbozó un listado de cooperantes (sin especificar quién dio qué) y una cifra redonda del valor del Encuentro: dos millones de dólares.

También nos dijeron que “más adelante se colgará el detalle en la página web”. Ojalá sea de verdad un detalle y no las cifras gruesas a las que nos tienen acostumbradas. Ojalá también que no se demore tanto como todo lo que tiene que ver en este Encuentro con plata: que siendo viernes 25 de noviembre, todavía está colgado en la página del EFLAC la versión inicial de una proyección presupuestal desactualizada, y un único acuerdo de cooperación: el que se firmó con la Corporación Humanas, que por cierto son términos antiguos porque a ese convenio se le hizo hace rato un importante Otrosi. Faltan los acuerdos con las otras organizaciones que administraron recursos: Humanizar, Mujeres que Crean y el Colectivo de Hombres y Masculinidades (¿qué? ¿por qué el Colectivo de Hombres? ¿no que el cuento era sólo de mujeres?)

Ese fue, entonces, mi primer día, en mi primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe.

(Cuarta nota al margen: en el Encuentro no hay becas ni la posibilidad de cuotas de inscripción diferenciadas, pero lo que si hay de sobra son recursos para el merchandising que llaman: bolso del Encuentro, escarapelas de lujo (hasta tienen código de barras!), cuadernos membreteados, esferos, impermeables marcados para la lluvia, tamborcitos individuales para que cada una acompañe el “ritual” de inicio, bufandas de pluma para la salida del teatro, etc, etc, etc.). Una señal inequívoca de cuáles son las prioridades de las Chicas Pseudopoderosas).

Ah, y un dato final: se hizo papelería especial del hotel, con membretes del Encuentro y demás, para que al momento de registrase en sus respectivas habitaciones, todas muy resignificadas olvidaran que se trataba del Tequendama.

Nancy Prada Prada


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Crónica de un desencuentro anunciado. Día 0 (los preliminares)

Este año estaba programado el XII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (EFLAC). El primero se había realizado hace justamente 30 años, en Bogotá, y tras él, más o menos cada dos años, el Encuentro ha ido rotando por distintos países de la región.

Se trata de un evento importante dentro de nuestra genealogía feminista, por lo cual no deseaba renunciar a él, pese a las muchas críticas que ha enfrentado en otras ocasiones. Hay situaciones personales que acrecentaban mi ánimo: no he podido participar de ninguno de estos Encuentros antes, o porque era estudiante y no tenía los recursos para viajar, o en el caso del anterior que fue en México, porque yo estaba becada en España y tampoco podía venir. Que fuera en Colombia, en Bogotá, la ciudad donde vivo, parecía una oportunidad.

Además de las razones individuales, me animaban otras de carácter político: el Encuentro es de todas las feministas de la región, es nuestro y en nuestro nombre se gestionan los recursos para realizarlo. No quiero renunciar a algo que también es mío por derecho. Sin embargo, tampoco deseo tragar entero y aceptar que pase el Encuentro sin que se den en su seno las discusiones que la Comisión organizadora decidió ignorar sistemáticamente. Por ejemplo:

1.    Optar por realizar nuestro Encuentro en el Hotel Tequendama, una institución que pertenece a las fuerzas militares del país, desconociendo la vocación profundamente antimilitarista del movimiento feminista.

2.    Organizarlo sin que existan procesos participativos, que convoquen de manera amplia a las feministas de la región, y no como se hizo: invitando a opinar sólo a las amigas e ignorando flagrantemente otras voces.

3.    Manteniendo con terquedad un único valor de cuota de inscripción ($216.000), que desconoce las diferencias entre mujeres, y deja sin ninguna posibilidad de participar a tantas feministas.

En su momento me sumé a las voces que propusieron alternativas para los dos primeros puntos, sin que las decisiones y dinámicas de las organizadoras cambiaran en lo más mínimo.

Iba a ser ya 23 de noviembre, fecha de inicio del Encuentro, así que me junté con otras feministas, que pese a su inconformidad también deseaban participar y construir, y nos inventamos la acción directa: “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO”, inspirada en las ideas que se exponen en este grupo:


Hicimos escarapelas, regamos la bola y nos dispusimos a entrar y participar en el EFLAC, llevando nuestra voz crítica frente a la administración de los recursos que se habían gestionado en nuestro nombre.


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martes, 1 de noviembre de 2011

Calienta ovarios

Me ha pasado en muchos momentos de la vida -y de los ires y venires de la tal “orientación sexual”- que se me recrimina por “ofrecer y luego no dar”, por ser “puro tilín tilín” o portarme como la selección, “puro toque, toque y de aquello…”.

El reclamo (tácito, por supuesto) se funda en lo siguiente: me encanta coquetear con la gente que me gusta. Ese juego de cruzar miradas y mensajes; de hacerle saber a esa otra persona, por boca de terceros, que siento algo por ella; de abrazarle un poco más estrechamente; de darle un beso, o muchos, cuando los besos son posibles y deseados… y no me parece que todo esto sea necesariamente el preámbulo de nada. Para mí el flirteo significa un placer en sí mismo, pero no así para muchas personas que me he cruzado por estos caminos.

Parece ser que en el lenguaje común de las relaciones (al que a veces me cuesta mucho entrar, como en estos casos) mirarse, abrazarse y darse besos significa “la próxima vez nos vamos a la cama”. La cosa se agrava si ya una vez el coqueteo ha terminado en sexo: no hay manera de librarse de esa tensión en el ambiente que te está halando siempre hacia el mismo final. Qué aburrido: el mismo cuento cada vez.

A mí me gustan más los cuentos diferentes y con finales inesperados. Entiendo muy bien el peligro de estas afirmaciones, porque pueden coincidir exactamente con las que una impúber doncella exclamara, en demanda de “ir más despacio” para preservar su virtuoso cuerpo de intromisiones esporádicas y poco comprometidas. Así que corrijo entonces de inmediato, para que no quepa lugar a dudas: ni impúber, ni mucho menos doncella; con cuerpo virtuoso sí, pero en sentidos mucho más divertidos, y mil veces dispuesta a escarceos de cama, según dicte mi deseo del momento. Pero es que justamente escuchar al deseo propio, explorarlo de verdad, pasa por romper con esos repertorios amorosos y sexuales tan estáticos.

Nacer, crecer, reproducirse y morir. Abrazar, besar, desnudarse y penetrarse.

A ver, de nuevo vamos por partes. Ese repertorio en concreto es delicioso, me encanta, lo he disfrutado muchísimas veces y no tiene nada de malo en sí mismo, como no tiene nada de malo nacer, crecer, etc. Lo que me fastidia es que sea la única opción posible, que se dé por sentado que una cosa viene después de la otra -obviamente- y que por lo mismo hasta existan maneras institucionalizadas de hacer el “reclamo” si la cadena se trunca.

Señoritos y señoritas: a ese juego, no juego.   

Es probable que algo tenga que ver (y aquí me van a chiflar por pretenciosa) el hecho de haber jugado a lo mismo tantas veces. Tantos polvos de una noche, de los que guardo tan gratos recuerdos, ¡y tantos otros que espero por venir! Pero también espero otras cosas (y veo aquí mi razón fundamental), porque he probado los dulces encantos que también tienen. Chatear por horas con esa mujer que te despierta el deseo, y decirle las cosas que una vez frente a ella no te salen de la boca; bailar tan cerquita con este hombre que despierta repentinamente la heterosexual que hay en ti y rozarle la piel con toda intención; cruzar miradas toda la noche en el bar y hablar para todo el mundo cuando en realidad sólo te diriges a esa persona, y que ella lo sepa, o al menos lo intuya.

Entre tales episodios, habrá algunos con los que querré terminar en retozos de alcoba, por supuesto, y habrá otros con los que no. O querré y las cosas no se darán por un buen tiempo y no me invade el afán de ir a buscarlas. O se darán y no me apuntaré para una repetición porque preferiré seguir flirteando otro rato.

¿De verdad está eso muy fuera de sentido? -pregunta retórica.
¿Será que la horda cristiana ha logrado minar mi tan dispuesto cuerpo y me va convirtiendo de a pocos en el reflejo de sus frustraciones? - again.

El caso es que hoy anochecí con ganas de reivindicar mi lugar de “calentadora” (últimamente más de ovarios que de huevos, a todas luces). Tengo el presentimiento que hay bastante más detrás de esta aparente trivialidad. Que mi perturbación esta vez también tiene que ver con el discurso que dicta “el deber ser” de la sexualidad, con la incomodidad que me produce percibir este modelo tan normativo en un campo de la vida del que quisiera erradicarlo. Sin embargo, en esta ocasión no encuentro mejor manera de decirlo. Así que esta vez, el diablo se viste de frivolidad.



Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

martes, 18 de octubre de 2011

¿Lesbiana yo?

Si, cuando me conviene, y últimamente me conviene casi siempre.

Me conviene decir que soy lesbiana en todos los lugares de hedor neo-conservador y retardatario, porque así de entrada queda claro que no soy ni quiero ser como ell@s. Mucha saliva la que me ahorro (¡que tantos mejores usos tiene!). También en los lugares más relajados me gusta dejar clara mi "lesbiandad": hace más fácil conectar con otras en calor de complicidad.

Me viene bien montarla de lesbiana en la mayoría de sitios de socialización heterosexual, cuando me queda claro tan pronto entrar que no deseo flirtear con ningún chico: “soy lesbiana” evita la insidiosa insistencia que ya todas sabemos. En los ambientes dedicados a la reflexión formal o informal (en la academia, por ejemplo) también me resulta valioso que se sepa: suele pensarse dos veces lo que se afirma al respecto si me saben (lesbiana) en el auditorio.

En los trabajos, mejor que me supongan lesbiana: no vaya a haber caras largas si me aparezco con mi compañera en sus fiestas de fin de año. Me conviene presentarme como lesbiana en mi familia, porque es el concepto que les resulta más comprensible, entre todos los que podría escoger para describirme. El otro día hasta me resultó perfecto ser identificada como lesbiana por un par de habitantes de calle que intentaron intimidarnos en un semáforo mientras conducíamos: cuando estuvieron lo suficientemente cerca y “se dieron cuenta” uno dijo al otro “ah no, éstas son lesbianas” y ni siquiera intentaron asustarnos. Supongo que pensaron que no podían. Ya ven: el lado “amable” de los estereotipos.

El caso es que sólo en lugares muy de confianza y muy preparados para comprenderlo, negaré o matizaré aquello de que soy lesbiana. Sin embargo, algo diré ahora, porque este blog es para mí un espacio para ser, para crearme en el discurso -como hace todo el mundo- sólo que un poco más públicamente.

Mi “lesbiandad” no tiene que ver solamente con que me gusten algunas mujeres. Lo cierto es que también me gustan algunos hombres, aunque para seguir con la franqueza, éstos últimos son menos. Para qué nos vamos a decir mentiras: yo sí me encuentro en el mundo con más mujeres interesantes que hombres, y no creo que se trate de un esencialismo ramplón: sencillamente el lugar de privilegio hace que la mayoría de hombres se esfuerce menos. Los hombres interesantes que conozco coinciden en ello y hace parte de su atractivo tener esa conciencia de “clase de sexo”. Retomo entonces: me gustan algunas mujeres, me acuesto y hasta me enamoro de ellas. También me gustan, me acuesto y hasta me enamoro de algunos hombres, lo cual no me hace BI-sexual, dado que otras personas que no son ni hombres ni mujeres (las únicas posibilidades del binomio bi-sexual), sino que inventan la vida en las fronteras, también son susceptibles de habitar mis deseos y mis amores.

Entonces me refiero a más cosas cuando me digo lesbiana. Cosas como un marco de comprensión del mundo compartido con otras que se entienden a sí mismas como lesbianas. Libros comunes, ideas comunes, intuiciones compartidas. Algunas, siguiendo a Wittig, piensan por ejemplo que “las lesbianas no son mujeres” en tanto ser mujer significa ocupar un lugar en la jerarquía social determinado por la relación de subordinación frente a los hombres; en tanto no entablan relaciones erótico – afectivas con hombres, apartándose de la explotación de sus cuerpos y deseos que esas relaciones implican, las lesbianas dejan de ocupar el lugar de “mujeres” en el mundo. Por supuesto, es bastante más complejo que como lo estoy diciendo, pero ideas poderosas, prácticas políticas poderosas como esa, alimentan mi vínculo con el mundo lésbico. Yo tampoco soy este tipo de “mujer”.

Un vínculo que vive de amores, deseos, ideas y por supuesto: de las amigas maravillosas, que más o menos lesbianas que yo, (¿quién lo sabe?) habitan los mismos rincones -y a veces extensos territorios- de nuestro mundo lésbico, bogotano y transfronterizo. Sin ellas, buena parte de lo que conozco del universo perdería su encanto… y creo que serían muchas de las partes más divertidas.

Justamente para celebrar juntas nuestra existencia, y celebrarla gozosamente, vamos a encontrarnos este jueves 20 de octubre, en el evento de “Rebeldías Lésbicas” que está convocando la Batucada “El Toque Lésbico” en Bogotá. Así que invitadas todas a tomarnos la calle y la noche… a partir de las 8:00 p.m. en el Parque de los Hippies (Calle 60 con carrera 7).

Ya lo saben: “Lesbianas del mundo, uníos”  ;)

Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza


Más sobre el evento:

El 13 de octubre de 1987 se realizó en México el "Primer encuentro Lésbico Feminista de Latino América y el Caribe". Veinte años después, en Chile, durante el Séptimo Encuentro Lésbico Feminista, se decidió que siempre este mes sería dedicado a las "Rebeldías Lésbicas". Por eso este año la Batucada “El Toque Lésbico” ha organizado esta noche de fiesta para unirnos a la celebración Latinoamericana y gritar juntas nuestras rebeldías.

Fecha: Jueves 20 de Octubre
Lugar: Parque de los hippies (60 con 7)
Hora: 8:00 p.m.

La idea es que quien pueda traiga una antorcha. Va una idea de cómo hacerla:

1. Toma un envase plástico de 2 litros de gaseosa.
2. Recórtale el fondo
3. Consigue un palo (de escoba de brujas, por ejemplo) e insértalo en la boca de la botella.
4. Introduce una vela por dentro de la botella de manera que se sostenga
5. Voila!  YA TIENES UNA ANTORCHA!

Octubre Mujer, Lesbiana Lucha, Transforma Libera!

lunes, 10 de octubre de 2011

Femeninamente cornuda

Hubo un tiempo en el que, como nos sucede a la mayoría, yo pensaba que ser hombre o ser mujer era una evidencia, sin lugar a dudas. Pensaba que la diferencia era simple: lo que teníamos entre las piernas. Me parecía que tener una cosa u otra delimitaba algunas diferencias adicionales: los hombres eran más activos, más interesados en los deportes, más glotones y siempre sabían cambiar llantas, resanar paredes o instalar duchas eléctricas. Por entonces creía que las mujeres eran más tiernas, mejor arregladas, más ordenadas y que tenían un cierto “instinto materno”. Todo esto “por naturaleza”. En la inmensa mayoría de casos estaba segura de poder distinguir entre un hombre y una mujer a simple vista, y además estaba convencida de que sólo existían esas dos posibilidades.

Por fortuna he crecido para descubrir que estaba equivocada, y que las construcciones de género son encantadoramente más complejas. Ahora es esto lo que me resulta evidente. Sin embargo, los dispositivos de normalización están en todas partes y no siempre logro reconocerlos de inmediato.

Hace unos días me encontré con uno de esos dispositivos, que intentaba reasignarme al lugar del que -se supone- no debería intentar escapar: el de “mujer”, con todos los sufijos que el sistema le asigna a esta categoría, entre ellos, el de “fiel” y necesariamente “víctima de infidelidad”.

Hay un antecedente de la historia que quiero contar: resulta que llevo muchas noches (bastantes más de aquellos 15 días) durmiendo al lado de una chica que amo, con quien voy inventando paso a paso la vida. Hace poco se cortó el cabello, muy chiquitito, y aunque suene un poco inverosímil (de verdad que hay que verlo para creer), desde entonces no pasa un día en que no le digan “señor” en algún espacio. Así de fácilmente se etiqueta a la gente. Nos hemos reído mucho, tanto haciendo experimentos para desmentir la etiqueta, como intentando sostenerla el mayor tiempo posible. El punto es que estas confusiones reactivaron en mí las -a veces dormidas pero nunca desaparecidas- elucubraciones sobre el género, que tuvieron esta vez su momento culmen en la historia que quiero contar.

Ahora sí, vamos al grano. Entre las muchas cosas que nos unen a esta señorita señor-esca y a mí, está la apuesta por los amores libres, cosa que ya es bastante conocida en nuestro círculo social, un poco porque esas cosas se van sabiendo y otro porque a veces nos poseen ínfulas de “profetas del poliamor” y cuando nos dan cuerda se hace difícil cambiar de tema.

Pues bien, hace unas noches nos fuimos de fiesta, y como es apenas natural en esas ocasiones, mi compañera encontró otros labios dulces con los cuales mojar los suyos, otros cuerpos dispuestos a las caricias que ella sabe prodigar y recibir. Por supuesto, no había ninguna razón para privarse de esos instantes eternos, y no lo hizo. Hubiera podido ser de un modo distinto, como en otras noches, pero esta vez yo no tuve feeling con nadie más y me bastó beber, charlar con mucha gente y encantarme con el paisaje de los romances furtivos para sentirme completamente a gusto. Fue una noche muy divertida para ambas, cada una en lo suyo y coincidiendo a ratos para decirnos con la mirada que todo estaba bien.

Días más tarde vino la revelación: mucha gente en el bar se quedó comentando que lo ocurrido aquella noche era de esperarse: la chica “masculina” se besó con muchas, mientras la chica “femenina” lo soportó pacientemente. Me sorprendió escucharlo. Lo primero que pensé -y sigo pensando- era que con esa apreciación se descalificaba de tajo cualquier otra forma de placer que no pasara por el contacto de las pieles, mejor dicho: gente voyeurista del mundo, lo suyo no son placeres sino padeceres. Pensar que yo podía disfrutar del espectáculo de sus juegos eróticos no entraba en los cálculos.

Luego me di cuenta de lo normativa que era esa interpretación, en este otro sentido: la chica “femenina” debía ser la verdadera “mujer”, la que tolera y hasta soporta, “la que no las hace sino que las ve hacer”. Porque así son las mujeres, porque ese es su destino, y con esta percepción el orden de género vuelve a tranquilizarse, a entrar en armonía con el paradigma. En el mismo sentido, lo inteligible es que la chica “masculina” sea la legítimamente promiscua, que su deseo sea irrefrenable y que sepa materializarlo.

Ella y yo habíamos sido re-asignadas en un lugar cómodo para el sistema, el lugar del binarismo que excluye los matices y condena a la causalidad en virtud del género asignado. De nuevo, lo “femenino” y lo “masculino” claramente -y jerárquicamente- distinguibles, porque sólo así estos juegos del placer se vuelven plenamente comprensibles: sacando lo “femenino” del juego.



Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Yo aborté

Y lo volvería a hacer si fuera necesario. Porque el tema es que sí: un aborto es necesario en muchos casos, cuando menos en los tres que son actualmente permitidos en Colombia.

La posibilidad de practicarse un aborto es absolutamente necesaria cuando una mujer o una niña ha sido violada y ha quedado en embarazo, porque obligarla a cargar en su vientre el recordatorio de la violencia que se ha cometido en su cuerpo es doblemente infame. Ella ha sido la víctima de un acto atroz, y tiene derecho a intentar librarse de ese recuerdo, en primer lugar, interrumpiendo de inmediato su embarazo, no trayendo al mundo un hijo fruto del terror. Si no lo desea -como no lo desean la inmensa mayoría de mujeres que han sido violadas- no tiene por qué gestar, parir, amamantar y cuidar a un hijo que invoca en cada suspiro los peores momentos de su vida. Habrá algunas pocas que lo ven de manera distinta, pero que cada una tenga derecho a decidir.

Un aborto es  necesario cuando una mujer carga en su vientre un feto que no tiene posibilidades de vivir, porque se ha detectado que, por ejemplo, no ha desarrollado sus pulmones, y tan pronto sea parido morirá. ¿Qué sentido tiene obligar a esa mujer a encariñarse con la posibilidad de un hijo o hija que no tendrá, porque biológicamente esa vida es imposible? ¿qué sentido tiene dejar desarrollar un feto para que sufra mientras se ahoga al nacer? En los casos de malformaciones del feto, incompatibles con la vida, cada mujer debe tener el derecho a decidir.

Abortar es necesario cuando un embarazo implica riesgo para la vida o la salud de las mujeres. Ninguna ley puede obligar a nadie a ponerse en situación de riesgo. Si el embarazo pone en juego la integridad de una mujer, ella debe poder optar por su vida y sobrevivir. Debe tener derecho a decidir.

Hoy es 28 de septiembre, Día por la despenalización del aborto en América Latina y el Caribe, día en que sumamos nuestras voces por el derecho de las mujeres a decidir, a ser tratadas como ciudadanas autónomas, únicas dueñas de nuestros cuerpos y nuestras vidas.

Sin embargo, hoy comienza su trámite en el Congreso un proyecto de ley que ha radicado el Partido Conservador, que pretende volver a penalizar el aborto en Colombia, en todos los casos. De ser aprobado este proyecto, las mujeres violadas, con malformaciones fetales incompatibles con la vida o cuyos embarazos representan graves riesgos para su salud o su vida, se verían obligadas a llevar a término esos embarazos. Retrocederíamos cinco años en la historia de este país (lo que tiene de vigencia la sentencia C-355 de la Corte Constitucional) y la ley volvería a pasarse por la faja el derecho de las mujeres a decidir.

No es poco lo que está en juego, pero si son terriblemente pobres los argumentos del oscurantismo que quiere imponerse. En primer lugar el Partido Conservador se ha inventado que “el aborto destruye a la mujer”. La cara de consternación de la exmodelo y actriz Amada Rosa Pérez (reconvertida en activista cristiana), quien “confiesa” su propio aborto y posterior arrepentimiento, debe convencer a todo el mundo de que “mujer que haya abortado ya es madre” y de que ninguna podrá superar jamás la “traumática” experiencia de un aborto.

Yo no quiero desacreditar la experiencia de Amada Rosa, ni la de sus amigas que se han traumatizado por abortar. Pero me molesta muchísimo que ellas y los demás protagonistas de esta campaña anti-aborto pretendan desacreditar la experiencia de otros millones de mujeres que estamos seguras de haber hecho lo correcto cuando abortamos. Me parece muy bien que las mujeres que no deseen abortar puedan decidir -bajo su responsabilidad- continuar con sus embarazos, pero exijo el mismo derecho a tomar sus propias decisiones para quienes desean algo distinto.

"Ojalá nos ayuden a salvar a los niños de Colombia" repiten incesantes los cruzados de la campaña “pro-vida”. ¿Pro-vida de quién? ¿Cuáles vidas defienden los cruzados? Claramente no la vida de las mujeres, ciudadanas colombianas con derechos, pues sus vidas son justamente expuestas en el marco de embarazos riesgosos o indeseados. Lo que defienden es la vida de embriones que pretenden hacer pasar por “niños”. "Ojalá nos ayuden a salvar a los niños de Colombia". Perdónenme, pero de un gameto fecundado a un ser humano hay un largo trecho, que muy convenientemente para su causa, quieren pasar por alto. Efectivamente, “hay vida desde el momento de la fecundación”, pero incluso antes, porque nuestras células están vivas. No obstante, no se predica el derecho a la vida de todo lo que me quito cuando me hago una manicura: la gente corta sus células vivas sin que esto genere pánico moral (sería todo más complicado si durante muchos años se hubiera representado cada cuerito con una carita de bebé que implora no ser cortada).

Pero lo cierto es que ni un cuerito de la mano ni un embrión de cuatro semanas es un sujeto, y dado que un embrión no es un ser humano, no tiene derechos humanos. Soy consciente de que este debate ontológico es amplio y no está zanjado, sólo expreso mi posición. En todo caso, aunque mañana apareciera una prueba irrefutable de que un no nacido sí es un ser humano y tiene derechos, éstos no podrían considerarse absolutos, sino que deben ser ponderados según los intereses jurídicos en conflicto (como todo derecho). Así, habría que considerar cada caso en su especificidad, considerando por supuesto los derechos a la vida y la integridad de la otra parte implicada: las mujeres.

Otro argumento del Partido Conservador: “que aquí les tengo cinco millones de firmas respaldando la penalización del aborto”. Sólo en una democracia tan débil como ésta es posible pensar que los derechos humanos pueden negociarse en un referendo. ¿Y si alguien recoge millones de firmas a favor de medidas de discriminación racial? ¿sería un argumento válido para volver a la época de la esclavitud? Los Derechos Humanos no están puestos en discusión, aunque parece que mucha gente así lo quisiera.

Reclamo la posibilidad de todas las mujeres a abortar si eso es lo que deciden, porque hace parte de nuestro derecho a la autodeterminación. Estoy convencida, además, de que el aborto debe despenalizarse en todos los casos (no sólo los tres que ahora estamos defendiendo). Ninguna mujer que no lo desee debe verse obligada a engendrar y parir; mucho menos a convertirse en madre.

Yo aborté porque fue mi decisión responsable. No estaba sola ni desubicada. Todo mi entorno me tendió la mano y me ofreció su apoyo para continuar con ese embarazo si así lo deseaba. Yo aborté justamente porque no lo deseaba.

Aborté cuando las leyes de este país lo permitían, y si vuelve a ser necesario, abortaré de nuevo, aunque la ley me lo prohíba. La única diferencia será que, en el segundo caso, este país me estará exponiendo a procedimientos clandestinos e insalubres que pueden incluso llegar a matarme, y entonces la culpa será de estos cruzados conservadores, y que lo apunten desde ya en sus conciencias. Sin embargo, yo les insto señores, porque nunca es tarde para reconsiderar: "Ojalá nos ayuden a salvar a las mujeres de Colombia".

Estás en posición de decidir.

Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

martes, 20 de septiembre de 2011

¿Qué hacen 10 chicas convocadas a una orgía?

Anduve todo el día pensando en ello, en que esa noche me encontraría con otras que por alguna razón habían aceptado la invitación a una “Orgía de Chicas”. Tenía curiosidad por conocer sus razones. Pero antes había que levantarse, ir a trabajar, hacer una pausa al medio día, cambiar de oficina, preparar clase, dictar clase… hasta que por fin: la noche.

Llegamos a ser 10 en la mesa de un bar. Resultó que algunas se conocían entre sí, aunque no sabían que iban a cumplir la misma cita. La sorpresa no pareció incomodar a nadie. Yo esperaba también a otras mujeres que habían confirmado pero nunca llegaron, en cambio, vi aparecer unas que no había imaginado. Nos tomamos unos tragos y conversamos. Sobre sexo grupal, sobre amores, sobre nuestras historias. A la media noche, las brujas se echaron a volar.

-    ¿Quién será el cuerpo caritativo que nos ofrezca un nido?

Llegamos a su apartamento, altar de los secretos que habrían de revelarse. Antes de que su voluntad les traicionara, tres de nuestras contertulias previas desertaron.

-    Juguemos a los deseos: cada una pide algo… quienes estén involucradas en su fantasía, con toda libertad, aceptan o desisten.

Y así, sin más reglas, se hizo el juego. Tras la primera ronda nuestros deseos se olvidaron de la pista inicial y las fantasías se hicieron carne antes que verbo.

Cuando salimos comenzaba a amanecer. Amo esa sensación de calle desierta, con los primeros rayos de sol y la embriaguez a cuesta: embriaguez de alcohol, de besos, de sudores impregnados en todos los sentidos.

¿Qué hacen siete mujeres (o no) reunidas para una orgía? Mi relato parece una película convencional: un poco de seducción, el ambiente se calienta con los primeros besos, los cuerpos se tumban, vemos una mano subiendo por un muslo y… siguiente cuadro: es la mañana siguiente y esos cuerpos descansan plácidos bajo las sábanas. Nos perdemos lo que sucede durante las mejores horas. Efectivamente he decidido no contárselos esta vez, aunque no por las mismas razones de Hollywood.

Creo que las representaciones de la sexualidad (y muy especialmente de la sexualidad de las mujeres) permanecen ausentes del más amplio espectro de productos culturales (gráficos, textuales, audiovisuales, etc.) por varias razones, entre ellas, porque conviene al sistema social en el que vivimos mantener el control sobre nuestros placeres, cosa que se complicaría si sus muy variadas representaciones se popularizaran. La sexualidad puede ser representada legítimamente sólo en escenarios muy precisos y por ciertas voces autorizadas. Algunos campos disciplinares tienen dicha autoridad: la biología, la psiquiatría, la sexología. También las religiones dicen (o callan) lo suyo. La pornografía mainstream por su parte, (en forma de revistas, video o cine), es el lenguaje poderoso para decirnos la “verdad” sobre el sexo. Pero todos esos saberes sobre la sexualidad coinciden en algunas formas y contenidos, funcionando como pedagogías del placer, delimitando (por amplio que parezca el espectro en algunos casos) cómo han de ser los cuerpos y qué pueden desear.

Por eso es importante producir representaciones de la sexualidad alternativas a esos discursos “legítimos”, y poner a circular otras versiones de lo que ocurre -o puede ocurrir- entre el primer beso y la mañana siguiente. Espacios como el pos-porno y otras iniciativas artísticas le apuestan a esa empresa política. Un poco también en ese sentido, reuní en mi segundo libro (“Secretos Húmedos”) veintiún relatos sexuales de mujeres, que incluyen, literalmente, todos los pelos y señales. (Una reseña AQUÍ; una entrevista AQUÍ; y todavía quedan ejemplares en las librerías!)

Sin que lo anterior deje de ser cierto, pienso ahora que también el espacio del silencio puede constituir una línea de fuga a esa pretensión constante de normalizar los deseos. Lo no dicho se escapa por más tiempo de los afanes controladores. Si no saben “a ciencia cierta” qué pasa en una Orgía de Chicas, más difícil será calificarlo y catalogarlo (¿son prácticas “femeninas”? ¿es placer “saludable”? ¿tuvimos sexo “seguro”?) o inventar, por ejemplo, la rama de la “orgistología less”, lo cual, más temprano que tarde, arruinaría todo lo liberador que pudieran ser las tales orgías. La información, como es bien sabido, da poder. Si no se sabe qué pasó, más difícil le quedará a los poderes establecidos controlarlo. Entonces callar también puede ser una manera de quedarnos el poder para nosotras. Nosotras, que sí lo sabemos, que sí lo sentimos, y que vamos a seguir haciéndonos, de a pocos, cuerpos libres por esos caminos.

Quienes no asistieron a la cita han de quedarse esta vez con esta imagen: varias mujeres deseantes, reunidas para inventar una noche de placeres. Quien quiera saber más, que ponga su cuerpo para averiguarlo.

Sólo un poco más de motivación, para quien la necesite: la voz de algunas mujeres que me acompañaron aquella noche.


C:

“El viernes salí de la ducha y me sentí sexy, con ganas de besar y de que me besaran. Mi cuerpo pedía besos y tacto más que de costumbre, porque esa noche acudiría a un evento que esperaba desde octubre: una orgía de chicas. A las 5:30 de la mañana, tras una noche orgásmica, cinco mujeres me besaron; cada una se acercó a mi cama para agradecer mi hospitalidad, despedirse de mí y dejar mi boca impregnada de sus lenguas satisfechas. Yo quería un beso, recibí muchos y di otros tantos. Tantos, que ahora todas las esquinas de mi casa huelen a besos de mujer feliz (…)

Quiero más besos como los que intercambié el viernes y como los que he tenido la suerte de depositar en muchos labios, mejillas, ombligos, dedos, narices, senos, genitales, hombros y espaldas que se lo merecen. (...) No soy precisamente una chica difícil, pero eso no significa que no sepa negar mis besos o mi cuerpo a alguien que no lo merezca: soy selectiva. Afortunadamente muchos pasan la prueba y lo celebramos juntos besándonos, acariciándonos, dejando la ropa en el suelo y orgasmos en la cama. Así que si la palabra promiscua implica esta oleada de beneficios y no una sarta de improperios escudados en lo normal (como la relación codependiente entre Lola y Leo), me declaro felizmente promiscua, colmada de besos y con ganas de repetirlo (…)”

A:

“Tratando de superar la complejidad de hablar sobre las emociones alrededor del evento, y porque además creo que no sólo participar de él sino socializarlo con quien lo permita es un acto político, voy a intentar resumir en unas pocas líneas lo que pensé y sentí respecto a la noche del viernes.

Ansiedad y sorpresa fueron para mí las palabras que describen mejor toda la noche. Ansiedad porque sentí que al principio las cosas no fluían muy bien, ni en la conversación ni en el apartamento de nuestra anfitriona. Debo reconocer que aquello es normal en mí, porque en general cuando estoy junto a alguien que me intimida me quedo simplemente sin palabras… Y es que sí, me intimida y mucho. (…) Adorable pero molesto. (…)

Sin embargo seguí, ya llevaba 26 horas sin dormir y no iba a salir de allí sin por lo menos tener un motivo para salir disgustada, siempre he pensado que la peor sensación con la que te puedas quedar es con la ansiedad… O con la arrechera.

Creo que justo ahí vino la sorpresa, las muchas sorpresas; no solamente porque no era cierto que estuviéramos aquí por ella, sino porque los caminos de mi deseo me fueron extraños, irreconocibles, nuevos. Me tropezaba torpemente en ellos, pensaba a veces más de lo que sentía y a veces también me reía de mi misma y de las imágenes que pasaban frente a mí. No puedo decir que compartí mucho con muchas personas, de hecho muchas de ellas hoy no tienen nombre para mí, pero me sentí feliz, lo gocé, lo disfruté, descubrí cosas en mí y en las demás, en el sexo, en las palabras, en los sonidos, en los cuerpos. Simplemente es exquisito compartir el sentirse deseada y desear (…) Si, fue toda una sorpresa la noche entera, tanto que creo que aún no ha acabado para mí”

L:

“Debo confesar que me siento muy afortunada al verme caminando estos caminos de la mano de la mujer que más amo en el mundo. Ese viernes había muchas ganas, ganas de sentirme contenta y cómoda. Hacía poco había pasado por días difíciles y las dificultades me hacían pensar en que lo mejor era desistir. Pero no, ahí estaba, con tantas lindas compañías a mi alrededor (…) Mi intención esa noche (y la intención de la mayoría de noches de orgías y sexo grupal) era mirar, pero debo confesar que llega un punto de la noche en el que se hace más o menos imposible quedarme al margen. Y así fue, me sentí contenta, cómoda, muy excitada de vernos y estar ahí con todos esos cuerpos distintos, vibrantes, gimientes, húmedos, tan bellos… y yo que me sentía como pez en el agua. Y al final y después de estas noches llenas de placer y de buenas compañías siento que este es el camino. A su lado…”



Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

lunes, 12 de septiembre de 2011

Conservadora

A manera de cariñosa respuesta.


Esta fue la acusación que me hizo una amiga hace pocos días: “finalmente eres una mujer muy conservadora”. Lo dijo con motivo de la Orgía de Chicas que estaba organizando y que diez mujeres tuvimos la dulce ocasión de disfrutar. Hoy quería escribir sobre esa noche, que se hizo día entre sus pieles, pero va a tener que esperar, porque me gana el deseo de pensar en voz alta sobre aquella recriminación de “conservadurismo”.

Hace poco escribí una anotación sobre el poliamor, que se titulaba “Qué difícil el poliamor”. Era fácil adivinar que la escribía, justamente, porque atravesaba -y atravieso- un periodo de conflictos con ese tema: situaciones nuevas me han llevado a lugares desconocidos que sigo sin saber muy bien cómo sortear. Como una suerte de mantra me invitaba a mí misma a inventar los caminos. Mi amiga, que conocía bien los conflictos a los que me refiero, se enteró de mi convocatoria a la Orgía de Chicas y se sintió “desilusionada”, tal como ella misma me lo dijo.

¿Por qué desilusionada? Porque yo no había sido capaz de sostener una nueva relación amorosa que intenté echar a andar (paralela a la que ya tengo), pero sí me lanzaba sin más a una nueva Orgía de Chicas, una alternativa, en su opinión, conservadora. Voy a intentar decir mejor lo que apenas sugerí torpemente ante su reclamo, en parte porque me molestó su “regaño”, en parte porque me tomó por sorpresa y necesitaba pensarlo mejor.

Estoy de acuerdo con que participar de una Orgía de Chicas es mucho más fácil que mantener dos (o más) relaciones amorosas a la vez. Tal como yo lo veo, entre tantas opciones posibles la monogamia vendría siendo la más simple, el swinging* añadiría un sustantivo aporte al rompimiento de ese modelo y finalmente perspectivas poliamorosas lo complejizarían al punto de su desestructura. La monogamia se caracteriza fundamentalmente por preservar dos normas: la exclusividad sexual y la exclusividad sentimental. El swinging y el poliamor, respectivamente, rompen con esos dos mandamientos del amor romántico.

Yo comencé, como es apenas previsible en la sociedad que vivimos, siendo monógama. No quiero decir que exista un único camino, ni que tenga un comienzo y fin pre-establecidos. Quiero decir que mi camino comenzó en la monogamia y desde allí se fue desplazando hacia apuestas swingers, con todas las dificultades que quienes han recorrido esos deliciosos rincones han de conocer. De aquella primera “experiencia compartida” ya hace más de una década, incontables encuentros y muchísimas páginas. Por lo mismo, me siento más bien “curtida” en tales lides. En mí, la inquietud poliamorosa llegó tiempo después. Sin necesidad de entrar ahora en el cuándo ni el cómo, es preciso decir que mi recorrido aquí es más corto, que le he dedicado muchos más pensamientos que experiencias reales, que la más intensa de ellas estuvo mediada por la distancia física entre mis dos parejas, y que sólo atesoro en mi experiencia unas pocas relaciones exitosas con personas de la misma ciudad, las cuales han durado mucho menos de lo que hubiera querido, por múltiples razones, algunas de ellas expuestas en la anotación que comentaba al comienzo: “Qué difícil el poliamor”.

En mi más reciente intento, cuando sentí que las cosas se me estaban saliendo de las manos, me asusté, me sentí confundida y decidí detenerme. No quería dejar nada de lo que tenía ni embarcarme en algo nuevo en medio del fragor que me habitaba. Y cuando una está confundida es previsible que vuelva a lugares en los que se siente segura, sin traicionarse. Supongo que por eso, en menos de una semana, organicé una nueva Orgía de Chicas. Me siento segura y feliz en esos espacios. Los otros, los del amor múltiple más allá del deseo, siguen siendo mi norte, pero continúan resultándome misteriosos, y camino a ciegas, por lo mismo, torpemente.

Asiento entonces con mi amiga cuando me recrimina que esta vez he dejado de avanzar. Pero ella se equivoca cuando califica esa parada como un retroceso, y más aún cuando amañadamente me llama “conservadora” por ello. Desconoce así toda la fuerza placentera y política que tienen las apuestas del erotismo grupal, que cuestionan uno de los pilares fundamentales de la monogamia (la exclusividad sexual), y que lejos de conservar el orden de cosas, desordenan el statu quo.

Son extrañas las razones por las cuales una afirma ciertas cosas una tarde de viernes, a veces son mezquinas, y tal vez las de mi amiga no tengan nada que ver con lo que he dicho, pero queda establecida mi descarga, por si acaso.


*Escribí un artículo sobre parejas swingers en el libro “Mundos en Disputa". Pag. 111. Se puede leer AQUÍ


Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
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lunes, 5 de septiembre de 2011

Orgía de chicas

La historia es ésta: participaba (y todavía lo hago ocasionalmente) de un grupo que dio en llamarse “Parche del desorden”. Se trata básicamente de un conjunto de hombres y mujeres, amigas y amigos entre sí, que se reúne de vez en cuando en torno a actividades eróticas: visitas a bares swingers, sesiones fotográficas y sobre todo fiestas en casas con juegos “calientes”. Casi siempre la noche termina con sexo grupal. Muy divertido, la verdad (por mucho que al amigo Gregorio le parezca que en realidad estoy muy confundida).

Pero avancemos. Cuando recién iniciaba mi actual relación invité a mi novia a uno de esos encuentros: a ella también le gustó (Increíble. Ha de ser otra mujer confundida). Esa noche, cuando volvimos a su apartamento a descansar, ella tuvo un sueño que convirtió en pregunta a la mañana siguiente: ¿Y si hacemos orgías como aquellas, pero sólo de chicas?

Ese fue el origen de las “Orgías de chicas”, que comenzaron hace poco más de un año. En principio, invitamos a algunas amigas o conocidas que pensamos podrían estar interesadas y tuvimos varios encuentros maravillosos. Luego quisimos abrir el grupo a mujeres nuevas, seguras de que debe haber en esta ciudad muchas perras hermosas que no conocemos y con quienes haríamos buenas migas. Lo anuncié por facebook, varias de ustedes me escribieron, pero la vida se nos enredó y aquella “orgía de chicas” más abierta quedó suspendida hasta nuevo aviso.

Pues bien, siento que ha llegado el momento de retomar ese buen camino.

Como no conozco ninguna experiencia previa a la nuestra (lo cual no quiere decir que no existan, sino que yo no he tenido el placer de haber sido invitada), no hay reglas y todo está por inventarse. No obstante, tengo algunas ideas y sentimientos al respecto.

El primer sine qua non que se me viene a la cabeza es “sólo con quien me guste”. Es curioso tener que decirlo, pero esa premisa que parece tan obvia en el contexto del sexo en parejas se olvida con mucha frecuencia cuando se trata de sexo grupal. Cuando se proponen espacios orgiásticos, la gente se imagina que “toca” tod@s con tod@s, necesariamente, y yo a eso no le veo ninguna gracia. Quiero rozarme sólo con gente que realmente me guste, por cualquier razón, pero que me guste de verdad. No existe para mí algo como “un tipo de mujer”; la experiencia me ha mostrado que puedo sentirme atraída por gente muy distinta y muy alejada de las convenciones de “belleza”, pero me ha mostrado también que esas personas no son tantas.

En otros espacios grupales que conozco ha sucedido que alguien no es integrado como lo esperaba, o sencillamente no vuelve a invitársele, y termina diciendo que le “discriminaron”. Qué uso tan amañado del término. ¿De verdad puede decirse que lo que hago al elegir libremente con quien compartir mi sexualidad es “discriminar” a todas las personas con quienes decido no hacerlo? Evidentemente no. Lo que sucede es que la gente se encuentra y se gusta o no (tremendo tema ese del gusto, pero pasemos de él por ahora). Y si no hay gusto, click, empatía, deseo o como quieran llamarle, pues nada que hacer. Y si el gusto sólo va en una dirección y no es correspondido, nada que hacer tampoco.

No voy a hacer la pose de la santa, ni más faltaba. He tenido el privilegio de compartir voluntariamente mi cuerpo con mucha gente en estos 33 años, pero ha sido siempre con personas que en su momento me gustaron. Y deseo que siga siendo de esa manera.

De hecho así ha sido en las anteriores “orgías de chicas”, pues si bien resultamos siendo alrededor de diez mujeres juntas, no puedo decir que haya conocido siempre a qué saben los besos de cada una de ellas. Se tejen historias también en esos encuentros, pequeños grupos, triejas de una noche y gozos distintos que incluso no siempre pasan por la piel. Lo que si ha sucedido siempre es que disfruto inmensamente estar ahí, con ellas, dejándome sorprender por la noche.

Abiertas las puertas del deseo y la curiosidad, el sexo puede llegar o no, pero siento que el placer está garantizado.

Pretendo seguir pensando en voz alta y sinvergüenza sobre el asunto en este blog. Pensar, por ejemplo, en por qué se gusta la gente, o por qué hacer nuestras orgías solamente con mujeres. Entre tanto, no quisiera darle más largas al asunto. Echemos a andar nuevamente la suerte a ver qué resulta y encontrémonos unas cuantas este viernes, a compartir entre besos nuestras ideas.

¿Quién quiere?


Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

miércoles, 31 de agosto de 2011

Qué difícil el poliamor…


Como bien saben quienes me siguen desde El Sexo de Sofía, me declaro poliamorosa desde hace varios años. Eso significa -dicho muy escuetamente- que creo en la posibilidad de amar a más de una persona a la vez y en que esos amores múltiples pueden vivirse sin engaños. Llevo un buen tiempo inventando maneras de traer esos principios a mi vida, y quiero insistir hoy en que no me ha resultado nada fácil.

Como hablo tanto del asunto, y como creo tanto en este camino, la gente suele decirme: “Para ti será sencillo, pero yo no puedo”. Y se cierra la conversación. Eso sucede cuando los argumentos a favor de la monogamia son insostenibles (lo cual pasa tarde o temprano) y ya no queda más que alegar una característica personal y desacreditar todo mi esfuerzo (y el del resto de gente que lo intenta): “Suena muy bien, pero no soy capaz… para ti en cambio parece tan fácil…”

Como con tantas otras cosas, aquí pensar que es posible es lo primero. Sin eso, no hay caso. Con el bloqueo mental de “no soy capaz” construimos nuestros propios muros. Ahora bien, aunque tumbar esa barrera es absolutamente necesario, no resulta en ningún caso suficiente. No basta con decir “puedo” para embarcarse sin dificultades en una aventura poliamorosa. Queda un largo camino por recorrer entre el pensar y el hacer. Un camino complejo que implica desaprender un montón de hábitos sobre el “amor”, que lo ligan a la propiedad y la exclusividad y que están impregnados en todos los rincones de nuestra cultura, para aprender hábitos nuevos, de amores libres y múltiples, que no están escritos en ninguna parte.

Entonces, más que aprender, hay que inventar. Y el camino de quien inventa no es otro que el del “ensayo y el error”.

He cometido muchos errores inventado el poliamor. Lo he intentado con gente que no lo creía posible y me he puesto -infructuosamente- a convencerles; o con gente que decía querer pero en el fondo no estaba dispuesta a apostarle a la verdad, y arrastraba engaños que al final nos herían. Pero no es sólo que me enamorara de la persona equivocada; los más de mis errores en este camino han dependido solamente de mí. A veces he caído en tentación de compararme con los otros amores de quien amo y mis inseguridades me han jugado malas pasadas, convirtiendo a esas otras personas en una representación de lo que creo que me falta. Otras veces he forzado relaciones sólo porque mi pareja tiene alguna, terminando embarcada en “amores” ficticios. Personas que realmente apreciaba han resultado heridas, porque no supe decirles a tiempo que lo nuestro tenía límites, que ya veía que no era ni iba a convertirse en un “amor con todos los juguetes”: la frontera entre “amor” y “amistad con sexo” me resulta en ocasiones muy confusa.

También he tenido aciertos, inventos que han salido bien en relaciones que luego terminan, porque así son las relaciones: tienen un comienzo y un final, y que se acaben no significa necesariamente que hayan estado mal mientras duraron. Cuento entre los aciertos muchas experiencias grupales y con otras parejas, con quienes ha sido posible construir afectos y placeres. Ha sido un acierto comenzar relaciones haciendo explícito mi rechazo a la monogamia: nos ha ahorrado muchas falsas expectativas. Ha salido bien -cuando he tenido una pareja estable y he querido comenzar cosas nuevas- avanzar de a pocos, comenzando por escenarios más sencillos que se van complejizando: primero una noche de besos en una fiesta, luego sales a comer con alguien y tienes una noche de pasión, más adelante relaciones con otros grados de intensidad… con las necesarias conversaciones, largas y deliciosas, entre cada paso.

Finalmente hay situaciones que sigo sin saber cómo sortear. Por ejemplo, no sé cómo evitar sentirme responsable de las emociones ajenas: me planto desde el poliamor desde el comienzo, pero cada quien se hace las ilusiones que quiere hacerse, a veces distantes de lo realmente posible, y eso cuesta luego desilusiones, que me dejan con un sinsabor: ¿habría podido evitarlas? Pero otras veces soy yo la que se hace ilusiones que desbordan las posibilidades y enfrentada a la realidad no sé qué hacer. ¿Cómo se mantiene creciente otra relación mientras vives con alguien que amas? Tal vez en este caso son inevitables las jerarquías. Tal vez la convivencia implica que sea compartida por todas las personas implicadas; tal vez el poliamor horizontal (sin que existan relaciones “más importantes”) sólo es posible si no se comparte el espacio; tal vez el modelo que mejor funcione cuando hay convivencia con alguien y no se quiere dejarla sea el de relaciones breves, o prolongadas en el tiempo pero que sólo esporádicamente se encuentran. No creo que nada de esto sea irresoluble, sólo creo que yo no he encontrado todavía el modo.

Que no me digan entonces que “para ti es muy fácil”. Porque no lo es en absoluto. Lo que sucede es que me esfuerzo mucho para parecerme a quien quiero ser. El poliamor no es nada sencillo, y a mí también me cuesta, pero entre todos los caminos posibles del amor, me sigue resultando sin duda el más interesante, el más intenso, el más amor.


Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
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lunes, 22 de agosto de 2011

El palo ya no está para hacer Bolillos

Como ya se ha dicho y vuelto a decir -porque el feminismo si ha logrado mucho en este país- hace quince días el técnico de la selección colombiana de futbol, Hernán Darío “El Bolillo” Gómez, le propinó una golpiza a una mujer que le acompañaba en un bar de Bogotá. Por fortuna, esta vez algunas personas lo vieron; por fortuna, el ser una figura pública hizo que quienes presenciaron el episodio supieran a quién denunciar por este delito logrando que éste no pasara desapercibido, como ocurre con tanta frecuencia; por fortuna, el clima de opinión en Colombia ya no deja pasar de agache la rotunda evidencia de estas violencias.

Y quienes han asumido la “defensa” del Bolillo, le han hecho un flaco favor, también por fortuna. Primero fue la senadora conservadora Liliana Rendón (la parlamentaria más votada en Antioquia), quien sin ninguna señal de cordura fue soltando perlas de este calibre: “Si mi marido, que es una madre, me casca, yo me la gané”. Brillante la Senadora. Luego, al vicepresidente de Fedefutbol, Álvaro González, se le escuchó muy sobrado sosteniendo: “Que tal que Piedad Córdoba (…) hubiera sido la agredida. ¿No estaría todo el mundo aplaudiendo y felicitando al hombre que la agredió?”. Increíble pero cierto: figuras de semejante peso siguen sosteniendo que golpear a las mujeres no siempre es repudiable, pues habrá algunas que se lo merecen.

Ayer, canaleando en noche de domingo, me tropecé con el tema en el programa “Veredicto” de Canal Capital, donde apareció este señor González como defensa en el caso “Bolillo”, trayendo a otros amigos de ambos como testigos de que “Hernán es un gran hombre que merece otra oportunidad” y volviendo a echar el cuento de Piedad Córdoba sin corregirlo en nada. Que oso, de verdad. Al final la Fiscalía ganó con 79% de la votación a su favor.

Lo que no entiende el mismo Bolillo (que presenta una carta de renuncia pero no irrevocable, muy seguro de que no se la van a aceptar) y sus paupérrimos defensores, es que por muy “valiente” o “correcto” que sea poner la cara y pedir disculpas, el hombre tiene que irse de su cargo. A estas alturas de la vida, eso no tiene vuelta de hoja. Si alguien comete una falta, tiene que asumir las consecuencias, no basta con dar la cara y excusarse. Que era que “estaba borracho y trastornado”, salió a decir el hermano del técnico. Seguramente, ¿y qué? ¿le aceptamos sin más las disculpas a quien atropella a alguien en su carro porque estaba borracho?

En este caso concreto, la mujer golpeada no ha puesto una denuncia, y dado el clima de opinión actual -y dicho sea de paso, los antecedentes del señor Gómez- mejor que se haga a un buen esquema de seguridad antes de hacerlo. Pero esa es otra historia, esa es la historia judicial que todavía no comienza. Entre tanto, el delito está cometido, confesado y documentado, así que la sociedad puede y debe imponer una sanción social, que no será enviarlo a la cárcel (porque vuelvo y digo, ese es tema judicial) pero sí privarle del prestigio que le otorga ser el técnico de la selección colombiana de futbol (y claro, de los 80 millones de pesos mensuales que gana por ello).

Otra cosa: en este país los derechos humanos son más importantes que clasificar a un mundial de futbol. Que no nos vengan a decir que don “Bolillo” no puede irse porque entonces se nos daña el mundial: primero porque no es cierto (¿sólo existe entre las más de 40 millones de almas colombianas un solo técnico de futbol competente y dispuesto?), y segundo porque aunque lo fuera, el bien común del respeto a la vida y la integridad de la ciudadanía está por encima del interés particular de un campeonato deportivo.

Y no es un tema personal, en ningún sentido. La violencia contra las mujeres no es un asunto privado que deba resolver cada una en negociación con su agresor, sino un tema de salud pública al que debemos hacerle frente conjuntamente como sociedad. Como sociedad retiramos al Bolillo de ese cargo tan importante que ocupa porque lo ha desmerecido, porque no se trata solo de saber de futbol, sino que es un lugar que sirve de ejemplo para la sociedad. Igual que si un presidente es descubierto en la misma falta, por más buen estadista que sea le toca retirarse, porque no son sólo calidades profesionales las que se exigen a una figura pública de semejante envergadura.

Y por ahí derechito se van a tener que ir don Álvaro González de Colfutbol y la senadora Liliana Rendón, porque en Colombia el palo ya no está para hacer bolillos:


Firme la Petición a la Ministra de Cultura: Renuncia de Vice Fedefutbol y Bolillo - Violación estatutos de la Federación

Únase a la causa: Exigimos la renuncia de la senadora Liliana Rendón


Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
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viernes, 12 de agosto de 2011

Preludio

Acabo de cumplir 33 años. Mi herencia cristiana hace que ese número me haga pensar en que se trata de una edad para pasar a la historia. Pero hay cosas peores de esa cristiandad que me precede y me funda, cosas que todavía no logro borrarme de la piel, expulsar definitivamente de mi subjetividad. La culpa, por ejemplo. ¡Siento culpa de tantas cosas! Digo que no, creo firmemente en que no debería ser así, comprendo a la perfección las mezquinas razones que hacen útil la culpa para el proyecto de la cristiandad, y las aborrezco. Pero lo cierto es que todavía me descubro -o me descubren- sintiéndome culpable de asuntos que mi hedonismo tendría que aceptar con más tranquilidad. Supongo que por eso, porque insisto en llevarme hasta ese otro lugar, este blog se llama “Sin Vergüenza”. No por quien soy, sino por quien quiero llegar a ser: una persona que se ha librado del peso del juicio ajeno y logra convertirse en su propia vara.

Ahora bien, a pesar de los rezagos de culpa, estos 33 han estado muy bien vividos. Crecí y anduve hasta los diez años junto al mar Caribe, de donde me trajeron luego hasta Bogotá, aunque mi ascendencia es santandereana. De alguna manera me siento de esos tres lugares. Estudié con monjas, fui una alumna brillante y luego me di cuenta de que me habían engañado y me rebelé: recuerdo como hito fundante de quien he llegado a ser el día en que la monja que dirigía el curso de religión me expulsó del salón de clases. Lo veo en cámara lenta en mi memoria: levantarme del asiento, tomar mis libros, mirarla a los ojos, sonreir, caminar hasta la puerta y cerrarla suavemente tras de mí. Creo que esa mañana conocí por primera vez a qué sabía la libertad. Y me envicié a ella, por supuesto.

Estudié Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia, y más tarde, haciendo un posgrado allí mismo, me hice feminista. He estudiado bastante, me gusta.

A los 19 años me fui de la casa paterna, voluntariamente embarazada. Soy madre desde los 20 y sigue siendo todo un reto. Me he enamorado varias veces y hasta las últimas consecuencias, de hombres y de mujeres. Insisto en que estar enamorada es la mejor manera de estar en el mundo, y por los caminos del amor he llegado a rozar el filo: a veces porque he aprendido cosas trascendentales, a veces porque he desaprendido todo. En una ocasión, por ejemplo, envié una carta a las directivas de un periódico para quejarme de que una de sus empleadas había seducido al hombre que yo amaba. Si, he llegado hasta ese límite de la ridiculez. Conozco lo que se siente en el fondo y he aprendido a flotar de nuevo.

Como dije, también he aprendido cosas trascendentales transitando las rutas del amor. He aprendido, por ejemplo, que la monogamia no me sirve; que no vale la pena privarse de otros labios que saben a miel, que existen formas inconfesables del deseo. Durante más de cuatro años me mantuve escribiendo sobre estos ires y venires del sexo y el amor, en mi primer blog “El Sexo Sofía”. Lo abandoné un poco sin darme cuenta: sólo pasaron los meses sin ninguna anotación y ahora que deseo volver no tuve ganas de ponerme la piel de Sofía. Ahora quiero ser Nancy SinVergüenza. Porque se puede elegir quien ser. Yo elijo.


Acabo de cumplir 33 años. Sembré un árbol cuando estudiaba con las monjas; he tenido una hija y he publicado dos libros. Si eso fuera todo podría morirme en paz. Pero no se me antoja, tengo ganas de bastante más. Así que comenzamos, otra vez.



Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com

@nansinverguenza