miércoles, 28 de septiembre de 2011

Yo aborté

Y lo volvería a hacer si fuera necesario. Porque el tema es que sí: un aborto es necesario en muchos casos, cuando menos en los tres que son actualmente permitidos en Colombia.

La posibilidad de practicarse un aborto es absolutamente necesaria cuando una mujer o una niña ha sido violada y ha quedado en embarazo, porque obligarla a cargar en su vientre el recordatorio de la violencia que se ha cometido en su cuerpo es doblemente infame. Ella ha sido la víctima de un acto atroz, y tiene derecho a intentar librarse de ese recuerdo, en primer lugar, interrumpiendo de inmediato su embarazo, no trayendo al mundo un hijo fruto del terror. Si no lo desea -como no lo desean la inmensa mayoría de mujeres que han sido violadas- no tiene por qué gestar, parir, amamantar y cuidar a un hijo que invoca en cada suspiro los peores momentos de su vida. Habrá algunas pocas que lo ven de manera distinta, pero que cada una tenga derecho a decidir.

Un aborto es  necesario cuando una mujer carga en su vientre un feto que no tiene posibilidades de vivir, porque se ha detectado que, por ejemplo, no ha desarrollado sus pulmones, y tan pronto sea parido morirá. ¿Qué sentido tiene obligar a esa mujer a encariñarse con la posibilidad de un hijo o hija que no tendrá, porque biológicamente esa vida es imposible? ¿qué sentido tiene dejar desarrollar un feto para que sufra mientras se ahoga al nacer? En los casos de malformaciones del feto, incompatibles con la vida, cada mujer debe tener el derecho a decidir.

Abortar es necesario cuando un embarazo implica riesgo para la vida o la salud de las mujeres. Ninguna ley puede obligar a nadie a ponerse en situación de riesgo. Si el embarazo pone en juego la integridad de una mujer, ella debe poder optar por su vida y sobrevivir. Debe tener derecho a decidir.

Hoy es 28 de septiembre, Día por la despenalización del aborto en América Latina y el Caribe, día en que sumamos nuestras voces por el derecho de las mujeres a decidir, a ser tratadas como ciudadanas autónomas, únicas dueñas de nuestros cuerpos y nuestras vidas.

Sin embargo, hoy comienza su trámite en el Congreso un proyecto de ley que ha radicado el Partido Conservador, que pretende volver a penalizar el aborto en Colombia, en todos los casos. De ser aprobado este proyecto, las mujeres violadas, con malformaciones fetales incompatibles con la vida o cuyos embarazos representan graves riesgos para su salud o su vida, se verían obligadas a llevar a término esos embarazos. Retrocederíamos cinco años en la historia de este país (lo que tiene de vigencia la sentencia C-355 de la Corte Constitucional) y la ley volvería a pasarse por la faja el derecho de las mujeres a decidir.

No es poco lo que está en juego, pero si son terriblemente pobres los argumentos del oscurantismo que quiere imponerse. En primer lugar el Partido Conservador se ha inventado que “el aborto destruye a la mujer”. La cara de consternación de la exmodelo y actriz Amada Rosa Pérez (reconvertida en activista cristiana), quien “confiesa” su propio aborto y posterior arrepentimiento, debe convencer a todo el mundo de que “mujer que haya abortado ya es madre” y de que ninguna podrá superar jamás la “traumática” experiencia de un aborto.

Yo no quiero desacreditar la experiencia de Amada Rosa, ni la de sus amigas que se han traumatizado por abortar. Pero me molesta muchísimo que ellas y los demás protagonistas de esta campaña anti-aborto pretendan desacreditar la experiencia de otros millones de mujeres que estamos seguras de haber hecho lo correcto cuando abortamos. Me parece muy bien que las mujeres que no deseen abortar puedan decidir -bajo su responsabilidad- continuar con sus embarazos, pero exijo el mismo derecho a tomar sus propias decisiones para quienes desean algo distinto.

"Ojalá nos ayuden a salvar a los niños de Colombia" repiten incesantes los cruzados de la campaña “pro-vida”. ¿Pro-vida de quién? ¿Cuáles vidas defienden los cruzados? Claramente no la vida de las mujeres, ciudadanas colombianas con derechos, pues sus vidas son justamente expuestas en el marco de embarazos riesgosos o indeseados. Lo que defienden es la vida de embriones que pretenden hacer pasar por “niños”. "Ojalá nos ayuden a salvar a los niños de Colombia". Perdónenme, pero de un gameto fecundado a un ser humano hay un largo trecho, que muy convenientemente para su causa, quieren pasar por alto. Efectivamente, “hay vida desde el momento de la fecundación”, pero incluso antes, porque nuestras células están vivas. No obstante, no se predica el derecho a la vida de todo lo que me quito cuando me hago una manicura: la gente corta sus células vivas sin que esto genere pánico moral (sería todo más complicado si durante muchos años se hubiera representado cada cuerito con una carita de bebé que implora no ser cortada).

Pero lo cierto es que ni un cuerito de la mano ni un embrión de cuatro semanas es un sujeto, y dado que un embrión no es un ser humano, no tiene derechos humanos. Soy consciente de que este debate ontológico es amplio y no está zanjado, sólo expreso mi posición. En todo caso, aunque mañana apareciera una prueba irrefutable de que un no nacido sí es un ser humano y tiene derechos, éstos no podrían considerarse absolutos, sino que deben ser ponderados según los intereses jurídicos en conflicto (como todo derecho). Así, habría que considerar cada caso en su especificidad, considerando por supuesto los derechos a la vida y la integridad de la otra parte implicada: las mujeres.

Otro argumento del Partido Conservador: “que aquí les tengo cinco millones de firmas respaldando la penalización del aborto”. Sólo en una democracia tan débil como ésta es posible pensar que los derechos humanos pueden negociarse en un referendo. ¿Y si alguien recoge millones de firmas a favor de medidas de discriminación racial? ¿sería un argumento válido para volver a la época de la esclavitud? Los Derechos Humanos no están puestos en discusión, aunque parece que mucha gente así lo quisiera.

Reclamo la posibilidad de todas las mujeres a abortar si eso es lo que deciden, porque hace parte de nuestro derecho a la autodeterminación. Estoy convencida, además, de que el aborto debe despenalizarse en todos los casos (no sólo los tres que ahora estamos defendiendo). Ninguna mujer que no lo desee debe verse obligada a engendrar y parir; mucho menos a convertirse en madre.

Yo aborté porque fue mi decisión responsable. No estaba sola ni desubicada. Todo mi entorno me tendió la mano y me ofreció su apoyo para continuar con ese embarazo si así lo deseaba. Yo aborté justamente porque no lo deseaba.

Aborté cuando las leyes de este país lo permitían, y si vuelve a ser necesario, abortaré de nuevo, aunque la ley me lo prohíba. La única diferencia será que, en el segundo caso, este país me estará exponiendo a procedimientos clandestinos e insalubres que pueden incluso llegar a matarme, y entonces la culpa será de estos cruzados conservadores, y que lo apunten desde ya en sus conciencias. Sin embargo, yo les insto señores, porque nunca es tarde para reconsiderar: "Ojalá nos ayuden a salvar a las mujeres de Colombia".

Estás en posición de decidir.

Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

martes, 20 de septiembre de 2011

¿Qué hacen 10 chicas convocadas a una orgía?

Anduve todo el día pensando en ello, en que esa noche me encontraría con otras que por alguna razón habían aceptado la invitación a una “Orgía de Chicas”. Tenía curiosidad por conocer sus razones. Pero antes había que levantarse, ir a trabajar, hacer una pausa al medio día, cambiar de oficina, preparar clase, dictar clase… hasta que por fin: la noche.

Llegamos a ser 10 en la mesa de un bar. Resultó que algunas se conocían entre sí, aunque no sabían que iban a cumplir la misma cita. La sorpresa no pareció incomodar a nadie. Yo esperaba también a otras mujeres que habían confirmado pero nunca llegaron, en cambio, vi aparecer unas que no había imaginado. Nos tomamos unos tragos y conversamos. Sobre sexo grupal, sobre amores, sobre nuestras historias. A la media noche, las brujas se echaron a volar.

-    ¿Quién será el cuerpo caritativo que nos ofrezca un nido?

Llegamos a su apartamento, altar de los secretos que habrían de revelarse. Antes de que su voluntad les traicionara, tres de nuestras contertulias previas desertaron.

-    Juguemos a los deseos: cada una pide algo… quienes estén involucradas en su fantasía, con toda libertad, aceptan o desisten.

Y así, sin más reglas, se hizo el juego. Tras la primera ronda nuestros deseos se olvidaron de la pista inicial y las fantasías se hicieron carne antes que verbo.

Cuando salimos comenzaba a amanecer. Amo esa sensación de calle desierta, con los primeros rayos de sol y la embriaguez a cuesta: embriaguez de alcohol, de besos, de sudores impregnados en todos los sentidos.

¿Qué hacen siete mujeres (o no) reunidas para una orgía? Mi relato parece una película convencional: un poco de seducción, el ambiente se calienta con los primeros besos, los cuerpos se tumban, vemos una mano subiendo por un muslo y… siguiente cuadro: es la mañana siguiente y esos cuerpos descansan plácidos bajo las sábanas. Nos perdemos lo que sucede durante las mejores horas. Efectivamente he decidido no contárselos esta vez, aunque no por las mismas razones de Hollywood.

Creo que las representaciones de la sexualidad (y muy especialmente de la sexualidad de las mujeres) permanecen ausentes del más amplio espectro de productos culturales (gráficos, textuales, audiovisuales, etc.) por varias razones, entre ellas, porque conviene al sistema social en el que vivimos mantener el control sobre nuestros placeres, cosa que se complicaría si sus muy variadas representaciones se popularizaran. La sexualidad puede ser representada legítimamente sólo en escenarios muy precisos y por ciertas voces autorizadas. Algunos campos disciplinares tienen dicha autoridad: la biología, la psiquiatría, la sexología. También las religiones dicen (o callan) lo suyo. La pornografía mainstream por su parte, (en forma de revistas, video o cine), es el lenguaje poderoso para decirnos la “verdad” sobre el sexo. Pero todos esos saberes sobre la sexualidad coinciden en algunas formas y contenidos, funcionando como pedagogías del placer, delimitando (por amplio que parezca el espectro en algunos casos) cómo han de ser los cuerpos y qué pueden desear.

Por eso es importante producir representaciones de la sexualidad alternativas a esos discursos “legítimos”, y poner a circular otras versiones de lo que ocurre -o puede ocurrir- entre el primer beso y la mañana siguiente. Espacios como el pos-porno y otras iniciativas artísticas le apuestan a esa empresa política. Un poco también en ese sentido, reuní en mi segundo libro (“Secretos Húmedos”) veintiún relatos sexuales de mujeres, que incluyen, literalmente, todos los pelos y señales. (Una reseña AQUÍ; una entrevista AQUÍ; y todavía quedan ejemplares en las librerías!)

Sin que lo anterior deje de ser cierto, pienso ahora que también el espacio del silencio puede constituir una línea de fuga a esa pretensión constante de normalizar los deseos. Lo no dicho se escapa por más tiempo de los afanes controladores. Si no saben “a ciencia cierta” qué pasa en una Orgía de Chicas, más difícil será calificarlo y catalogarlo (¿son prácticas “femeninas”? ¿es placer “saludable”? ¿tuvimos sexo “seguro”?) o inventar, por ejemplo, la rama de la “orgistología less”, lo cual, más temprano que tarde, arruinaría todo lo liberador que pudieran ser las tales orgías. La información, como es bien sabido, da poder. Si no se sabe qué pasó, más difícil le quedará a los poderes establecidos controlarlo. Entonces callar también puede ser una manera de quedarnos el poder para nosotras. Nosotras, que sí lo sabemos, que sí lo sentimos, y que vamos a seguir haciéndonos, de a pocos, cuerpos libres por esos caminos.

Quienes no asistieron a la cita han de quedarse esta vez con esta imagen: varias mujeres deseantes, reunidas para inventar una noche de placeres. Quien quiera saber más, que ponga su cuerpo para averiguarlo.

Sólo un poco más de motivación, para quien la necesite: la voz de algunas mujeres que me acompañaron aquella noche.


C:

“El viernes salí de la ducha y me sentí sexy, con ganas de besar y de que me besaran. Mi cuerpo pedía besos y tacto más que de costumbre, porque esa noche acudiría a un evento que esperaba desde octubre: una orgía de chicas. A las 5:30 de la mañana, tras una noche orgásmica, cinco mujeres me besaron; cada una se acercó a mi cama para agradecer mi hospitalidad, despedirse de mí y dejar mi boca impregnada de sus lenguas satisfechas. Yo quería un beso, recibí muchos y di otros tantos. Tantos, que ahora todas las esquinas de mi casa huelen a besos de mujer feliz (…)

Quiero más besos como los que intercambié el viernes y como los que he tenido la suerte de depositar en muchos labios, mejillas, ombligos, dedos, narices, senos, genitales, hombros y espaldas que se lo merecen. (...) No soy precisamente una chica difícil, pero eso no significa que no sepa negar mis besos o mi cuerpo a alguien que no lo merezca: soy selectiva. Afortunadamente muchos pasan la prueba y lo celebramos juntos besándonos, acariciándonos, dejando la ropa en el suelo y orgasmos en la cama. Así que si la palabra promiscua implica esta oleada de beneficios y no una sarta de improperios escudados en lo normal (como la relación codependiente entre Lola y Leo), me declaro felizmente promiscua, colmada de besos y con ganas de repetirlo (…)”

A:

“Tratando de superar la complejidad de hablar sobre las emociones alrededor del evento, y porque además creo que no sólo participar de él sino socializarlo con quien lo permita es un acto político, voy a intentar resumir en unas pocas líneas lo que pensé y sentí respecto a la noche del viernes.

Ansiedad y sorpresa fueron para mí las palabras que describen mejor toda la noche. Ansiedad porque sentí que al principio las cosas no fluían muy bien, ni en la conversación ni en el apartamento de nuestra anfitriona. Debo reconocer que aquello es normal en mí, porque en general cuando estoy junto a alguien que me intimida me quedo simplemente sin palabras… Y es que sí, me intimida y mucho. (…) Adorable pero molesto. (…)

Sin embargo seguí, ya llevaba 26 horas sin dormir y no iba a salir de allí sin por lo menos tener un motivo para salir disgustada, siempre he pensado que la peor sensación con la que te puedas quedar es con la ansiedad… O con la arrechera.

Creo que justo ahí vino la sorpresa, las muchas sorpresas; no solamente porque no era cierto que estuviéramos aquí por ella, sino porque los caminos de mi deseo me fueron extraños, irreconocibles, nuevos. Me tropezaba torpemente en ellos, pensaba a veces más de lo que sentía y a veces también me reía de mi misma y de las imágenes que pasaban frente a mí. No puedo decir que compartí mucho con muchas personas, de hecho muchas de ellas hoy no tienen nombre para mí, pero me sentí feliz, lo gocé, lo disfruté, descubrí cosas en mí y en las demás, en el sexo, en las palabras, en los sonidos, en los cuerpos. Simplemente es exquisito compartir el sentirse deseada y desear (…) Si, fue toda una sorpresa la noche entera, tanto que creo que aún no ha acabado para mí”

L:

“Debo confesar que me siento muy afortunada al verme caminando estos caminos de la mano de la mujer que más amo en el mundo. Ese viernes había muchas ganas, ganas de sentirme contenta y cómoda. Hacía poco había pasado por días difíciles y las dificultades me hacían pensar en que lo mejor era desistir. Pero no, ahí estaba, con tantas lindas compañías a mi alrededor (…) Mi intención esa noche (y la intención de la mayoría de noches de orgías y sexo grupal) era mirar, pero debo confesar que llega un punto de la noche en el que se hace más o menos imposible quedarme al margen. Y así fue, me sentí contenta, cómoda, muy excitada de vernos y estar ahí con todos esos cuerpos distintos, vibrantes, gimientes, húmedos, tan bellos… y yo que me sentía como pez en el agua. Y al final y después de estas noches llenas de placer y de buenas compañías siento que este es el camino. A su lado…”



Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

lunes, 12 de septiembre de 2011

Conservadora

A manera de cariñosa respuesta.


Esta fue la acusación que me hizo una amiga hace pocos días: “finalmente eres una mujer muy conservadora”. Lo dijo con motivo de la Orgía de Chicas que estaba organizando y que diez mujeres tuvimos la dulce ocasión de disfrutar. Hoy quería escribir sobre esa noche, que se hizo día entre sus pieles, pero va a tener que esperar, porque me gana el deseo de pensar en voz alta sobre aquella recriminación de “conservadurismo”.

Hace poco escribí una anotación sobre el poliamor, que se titulaba “Qué difícil el poliamor”. Era fácil adivinar que la escribía, justamente, porque atravesaba -y atravieso- un periodo de conflictos con ese tema: situaciones nuevas me han llevado a lugares desconocidos que sigo sin saber muy bien cómo sortear. Como una suerte de mantra me invitaba a mí misma a inventar los caminos. Mi amiga, que conocía bien los conflictos a los que me refiero, se enteró de mi convocatoria a la Orgía de Chicas y se sintió “desilusionada”, tal como ella misma me lo dijo.

¿Por qué desilusionada? Porque yo no había sido capaz de sostener una nueva relación amorosa que intenté echar a andar (paralela a la que ya tengo), pero sí me lanzaba sin más a una nueva Orgía de Chicas, una alternativa, en su opinión, conservadora. Voy a intentar decir mejor lo que apenas sugerí torpemente ante su reclamo, en parte porque me molestó su “regaño”, en parte porque me tomó por sorpresa y necesitaba pensarlo mejor.

Estoy de acuerdo con que participar de una Orgía de Chicas es mucho más fácil que mantener dos (o más) relaciones amorosas a la vez. Tal como yo lo veo, entre tantas opciones posibles la monogamia vendría siendo la más simple, el swinging* añadiría un sustantivo aporte al rompimiento de ese modelo y finalmente perspectivas poliamorosas lo complejizarían al punto de su desestructura. La monogamia se caracteriza fundamentalmente por preservar dos normas: la exclusividad sexual y la exclusividad sentimental. El swinging y el poliamor, respectivamente, rompen con esos dos mandamientos del amor romántico.

Yo comencé, como es apenas previsible en la sociedad que vivimos, siendo monógama. No quiero decir que exista un único camino, ni que tenga un comienzo y fin pre-establecidos. Quiero decir que mi camino comenzó en la monogamia y desde allí se fue desplazando hacia apuestas swingers, con todas las dificultades que quienes han recorrido esos deliciosos rincones han de conocer. De aquella primera “experiencia compartida” ya hace más de una década, incontables encuentros y muchísimas páginas. Por lo mismo, me siento más bien “curtida” en tales lides. En mí, la inquietud poliamorosa llegó tiempo después. Sin necesidad de entrar ahora en el cuándo ni el cómo, es preciso decir que mi recorrido aquí es más corto, que le he dedicado muchos más pensamientos que experiencias reales, que la más intensa de ellas estuvo mediada por la distancia física entre mis dos parejas, y que sólo atesoro en mi experiencia unas pocas relaciones exitosas con personas de la misma ciudad, las cuales han durado mucho menos de lo que hubiera querido, por múltiples razones, algunas de ellas expuestas en la anotación que comentaba al comienzo: “Qué difícil el poliamor”.

En mi más reciente intento, cuando sentí que las cosas se me estaban saliendo de las manos, me asusté, me sentí confundida y decidí detenerme. No quería dejar nada de lo que tenía ni embarcarme en algo nuevo en medio del fragor que me habitaba. Y cuando una está confundida es previsible que vuelva a lugares en los que se siente segura, sin traicionarse. Supongo que por eso, en menos de una semana, organicé una nueva Orgía de Chicas. Me siento segura y feliz en esos espacios. Los otros, los del amor múltiple más allá del deseo, siguen siendo mi norte, pero continúan resultándome misteriosos, y camino a ciegas, por lo mismo, torpemente.

Asiento entonces con mi amiga cuando me recrimina que esta vez he dejado de avanzar. Pero ella se equivoca cuando califica esa parada como un retroceso, y más aún cuando amañadamente me llama “conservadora” por ello. Desconoce así toda la fuerza placentera y política que tienen las apuestas del erotismo grupal, que cuestionan uno de los pilares fundamentales de la monogamia (la exclusividad sexual), y que lejos de conservar el orden de cosas, desordenan el statu quo.

Son extrañas las razones por las cuales una afirma ciertas cosas una tarde de viernes, a veces son mezquinas, y tal vez las de mi amiga no tengan nada que ver con lo que he dicho, pero queda establecida mi descarga, por si acaso.


*Escribí un artículo sobre parejas swingers en el libro “Mundos en Disputa". Pag. 111. Se puede leer AQUÍ


Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

lunes, 5 de septiembre de 2011

Orgía de chicas

La historia es ésta: participaba (y todavía lo hago ocasionalmente) de un grupo que dio en llamarse “Parche del desorden”. Se trata básicamente de un conjunto de hombres y mujeres, amigas y amigos entre sí, que se reúne de vez en cuando en torno a actividades eróticas: visitas a bares swingers, sesiones fotográficas y sobre todo fiestas en casas con juegos “calientes”. Casi siempre la noche termina con sexo grupal. Muy divertido, la verdad (por mucho que al amigo Gregorio le parezca que en realidad estoy muy confundida).

Pero avancemos. Cuando recién iniciaba mi actual relación invité a mi novia a uno de esos encuentros: a ella también le gustó (Increíble. Ha de ser otra mujer confundida). Esa noche, cuando volvimos a su apartamento a descansar, ella tuvo un sueño que convirtió en pregunta a la mañana siguiente: ¿Y si hacemos orgías como aquellas, pero sólo de chicas?

Ese fue el origen de las “Orgías de chicas”, que comenzaron hace poco más de un año. En principio, invitamos a algunas amigas o conocidas que pensamos podrían estar interesadas y tuvimos varios encuentros maravillosos. Luego quisimos abrir el grupo a mujeres nuevas, seguras de que debe haber en esta ciudad muchas perras hermosas que no conocemos y con quienes haríamos buenas migas. Lo anuncié por facebook, varias de ustedes me escribieron, pero la vida se nos enredó y aquella “orgía de chicas” más abierta quedó suspendida hasta nuevo aviso.

Pues bien, siento que ha llegado el momento de retomar ese buen camino.

Como no conozco ninguna experiencia previa a la nuestra (lo cual no quiere decir que no existan, sino que yo no he tenido el placer de haber sido invitada), no hay reglas y todo está por inventarse. No obstante, tengo algunas ideas y sentimientos al respecto.

El primer sine qua non que se me viene a la cabeza es “sólo con quien me guste”. Es curioso tener que decirlo, pero esa premisa que parece tan obvia en el contexto del sexo en parejas se olvida con mucha frecuencia cuando se trata de sexo grupal. Cuando se proponen espacios orgiásticos, la gente se imagina que “toca” tod@s con tod@s, necesariamente, y yo a eso no le veo ninguna gracia. Quiero rozarme sólo con gente que realmente me guste, por cualquier razón, pero que me guste de verdad. No existe para mí algo como “un tipo de mujer”; la experiencia me ha mostrado que puedo sentirme atraída por gente muy distinta y muy alejada de las convenciones de “belleza”, pero me ha mostrado también que esas personas no son tantas.

En otros espacios grupales que conozco ha sucedido que alguien no es integrado como lo esperaba, o sencillamente no vuelve a invitársele, y termina diciendo que le “discriminaron”. Qué uso tan amañado del término. ¿De verdad puede decirse que lo que hago al elegir libremente con quien compartir mi sexualidad es “discriminar” a todas las personas con quienes decido no hacerlo? Evidentemente no. Lo que sucede es que la gente se encuentra y se gusta o no (tremendo tema ese del gusto, pero pasemos de él por ahora). Y si no hay gusto, click, empatía, deseo o como quieran llamarle, pues nada que hacer. Y si el gusto sólo va en una dirección y no es correspondido, nada que hacer tampoco.

No voy a hacer la pose de la santa, ni más faltaba. He tenido el privilegio de compartir voluntariamente mi cuerpo con mucha gente en estos 33 años, pero ha sido siempre con personas que en su momento me gustaron. Y deseo que siga siendo de esa manera.

De hecho así ha sido en las anteriores “orgías de chicas”, pues si bien resultamos siendo alrededor de diez mujeres juntas, no puedo decir que haya conocido siempre a qué saben los besos de cada una de ellas. Se tejen historias también en esos encuentros, pequeños grupos, triejas de una noche y gozos distintos que incluso no siempre pasan por la piel. Lo que si ha sucedido siempre es que disfruto inmensamente estar ahí, con ellas, dejándome sorprender por la noche.

Abiertas las puertas del deseo y la curiosidad, el sexo puede llegar o no, pero siento que el placer está garantizado.

Pretendo seguir pensando en voz alta y sinvergüenza sobre el asunto en este blog. Pensar, por ejemplo, en por qué se gusta la gente, o por qué hacer nuestras orgías solamente con mujeres. Entre tanto, no quisiera darle más largas al asunto. Echemos a andar nuevamente la suerte a ver qué resulta y encontrémonos unas cuantas este viernes, a compartir entre besos nuestras ideas.

¿Quién quiere?


Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza