martes, 18 de octubre de 2011

¿Lesbiana yo?

Si, cuando me conviene, y últimamente me conviene casi siempre.

Me conviene decir que soy lesbiana en todos los lugares de hedor neo-conservador y retardatario, porque así de entrada queda claro que no soy ni quiero ser como ell@s. Mucha saliva la que me ahorro (¡que tantos mejores usos tiene!). También en los lugares más relajados me gusta dejar clara mi "lesbiandad": hace más fácil conectar con otras en calor de complicidad.

Me viene bien montarla de lesbiana en la mayoría de sitios de socialización heterosexual, cuando me queda claro tan pronto entrar que no deseo flirtear con ningún chico: “soy lesbiana” evita la insidiosa insistencia que ya todas sabemos. En los ambientes dedicados a la reflexión formal o informal (en la academia, por ejemplo) también me resulta valioso que se sepa: suele pensarse dos veces lo que se afirma al respecto si me saben (lesbiana) en el auditorio.

En los trabajos, mejor que me supongan lesbiana: no vaya a haber caras largas si me aparezco con mi compañera en sus fiestas de fin de año. Me conviene presentarme como lesbiana en mi familia, porque es el concepto que les resulta más comprensible, entre todos los que podría escoger para describirme. El otro día hasta me resultó perfecto ser identificada como lesbiana por un par de habitantes de calle que intentaron intimidarnos en un semáforo mientras conducíamos: cuando estuvieron lo suficientemente cerca y “se dieron cuenta” uno dijo al otro “ah no, éstas son lesbianas” y ni siquiera intentaron asustarnos. Supongo que pensaron que no podían. Ya ven: el lado “amable” de los estereotipos.

El caso es que sólo en lugares muy de confianza y muy preparados para comprenderlo, negaré o matizaré aquello de que soy lesbiana. Sin embargo, algo diré ahora, porque este blog es para mí un espacio para ser, para crearme en el discurso -como hace todo el mundo- sólo que un poco más públicamente.

Mi “lesbiandad” no tiene que ver solamente con que me gusten algunas mujeres. Lo cierto es que también me gustan algunos hombres, aunque para seguir con la franqueza, éstos últimos son menos. Para qué nos vamos a decir mentiras: yo sí me encuentro en el mundo con más mujeres interesantes que hombres, y no creo que se trate de un esencialismo ramplón: sencillamente el lugar de privilegio hace que la mayoría de hombres se esfuerce menos. Los hombres interesantes que conozco coinciden en ello y hace parte de su atractivo tener esa conciencia de “clase de sexo”. Retomo entonces: me gustan algunas mujeres, me acuesto y hasta me enamoro de ellas. También me gustan, me acuesto y hasta me enamoro de algunos hombres, lo cual no me hace BI-sexual, dado que otras personas que no son ni hombres ni mujeres (las únicas posibilidades del binomio bi-sexual), sino que inventan la vida en las fronteras, también son susceptibles de habitar mis deseos y mis amores.

Entonces me refiero a más cosas cuando me digo lesbiana. Cosas como un marco de comprensión del mundo compartido con otras que se entienden a sí mismas como lesbianas. Libros comunes, ideas comunes, intuiciones compartidas. Algunas, siguiendo a Wittig, piensan por ejemplo que “las lesbianas no son mujeres” en tanto ser mujer significa ocupar un lugar en la jerarquía social determinado por la relación de subordinación frente a los hombres; en tanto no entablan relaciones erótico – afectivas con hombres, apartándose de la explotación de sus cuerpos y deseos que esas relaciones implican, las lesbianas dejan de ocupar el lugar de “mujeres” en el mundo. Por supuesto, es bastante más complejo que como lo estoy diciendo, pero ideas poderosas, prácticas políticas poderosas como esa, alimentan mi vínculo con el mundo lésbico. Yo tampoco soy este tipo de “mujer”.

Un vínculo que vive de amores, deseos, ideas y por supuesto: de las amigas maravillosas, que más o menos lesbianas que yo, (¿quién lo sabe?) habitan los mismos rincones -y a veces extensos territorios- de nuestro mundo lésbico, bogotano y transfronterizo. Sin ellas, buena parte de lo que conozco del universo perdería su encanto… y creo que serían muchas de las partes más divertidas.

Justamente para celebrar juntas nuestra existencia, y celebrarla gozosamente, vamos a encontrarnos este jueves 20 de octubre, en el evento de “Rebeldías Lésbicas” que está convocando la Batucada “El Toque Lésbico” en Bogotá. Así que invitadas todas a tomarnos la calle y la noche… a partir de las 8:00 p.m. en el Parque de los Hippies (Calle 60 con carrera 7).

Ya lo saben: “Lesbianas del mundo, uníos”  ;)

Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza


Más sobre el evento:

El 13 de octubre de 1987 se realizó en México el "Primer encuentro Lésbico Feminista de Latino América y el Caribe". Veinte años después, en Chile, durante el Séptimo Encuentro Lésbico Feminista, se decidió que siempre este mes sería dedicado a las "Rebeldías Lésbicas". Por eso este año la Batucada “El Toque Lésbico” ha organizado esta noche de fiesta para unirnos a la celebración Latinoamericana y gritar juntas nuestras rebeldías.

Fecha: Jueves 20 de Octubre
Lugar: Parque de los hippies (60 con 7)
Hora: 8:00 p.m.

La idea es que quien pueda traiga una antorcha. Va una idea de cómo hacerla:

1. Toma un envase plástico de 2 litros de gaseosa.
2. Recórtale el fondo
3. Consigue un palo (de escoba de brujas, por ejemplo) e insértalo en la boca de la botella.
4. Introduce una vela por dentro de la botella de manera que se sostenga
5. Voila!  YA TIENES UNA ANTORCHA!

Octubre Mujer, Lesbiana Lucha, Transforma Libera!

lunes, 10 de octubre de 2011

Femeninamente cornuda

Hubo un tiempo en el que, como nos sucede a la mayoría, yo pensaba que ser hombre o ser mujer era una evidencia, sin lugar a dudas. Pensaba que la diferencia era simple: lo que teníamos entre las piernas. Me parecía que tener una cosa u otra delimitaba algunas diferencias adicionales: los hombres eran más activos, más interesados en los deportes, más glotones y siempre sabían cambiar llantas, resanar paredes o instalar duchas eléctricas. Por entonces creía que las mujeres eran más tiernas, mejor arregladas, más ordenadas y que tenían un cierto “instinto materno”. Todo esto “por naturaleza”. En la inmensa mayoría de casos estaba segura de poder distinguir entre un hombre y una mujer a simple vista, y además estaba convencida de que sólo existían esas dos posibilidades.

Por fortuna he crecido para descubrir que estaba equivocada, y que las construcciones de género son encantadoramente más complejas. Ahora es esto lo que me resulta evidente. Sin embargo, los dispositivos de normalización están en todas partes y no siempre logro reconocerlos de inmediato.

Hace unos días me encontré con uno de esos dispositivos, que intentaba reasignarme al lugar del que -se supone- no debería intentar escapar: el de “mujer”, con todos los sufijos que el sistema le asigna a esta categoría, entre ellos, el de “fiel” y necesariamente “víctima de infidelidad”.

Hay un antecedente de la historia que quiero contar: resulta que llevo muchas noches (bastantes más de aquellos 15 días) durmiendo al lado de una chica que amo, con quien voy inventando paso a paso la vida. Hace poco se cortó el cabello, muy chiquitito, y aunque suene un poco inverosímil (de verdad que hay que verlo para creer), desde entonces no pasa un día en que no le digan “señor” en algún espacio. Así de fácilmente se etiqueta a la gente. Nos hemos reído mucho, tanto haciendo experimentos para desmentir la etiqueta, como intentando sostenerla el mayor tiempo posible. El punto es que estas confusiones reactivaron en mí las -a veces dormidas pero nunca desaparecidas- elucubraciones sobre el género, que tuvieron esta vez su momento culmen en la historia que quiero contar.

Ahora sí, vamos al grano. Entre las muchas cosas que nos unen a esta señorita señor-esca y a mí, está la apuesta por los amores libres, cosa que ya es bastante conocida en nuestro círculo social, un poco porque esas cosas se van sabiendo y otro porque a veces nos poseen ínfulas de “profetas del poliamor” y cuando nos dan cuerda se hace difícil cambiar de tema.

Pues bien, hace unas noches nos fuimos de fiesta, y como es apenas natural en esas ocasiones, mi compañera encontró otros labios dulces con los cuales mojar los suyos, otros cuerpos dispuestos a las caricias que ella sabe prodigar y recibir. Por supuesto, no había ninguna razón para privarse de esos instantes eternos, y no lo hizo. Hubiera podido ser de un modo distinto, como en otras noches, pero esta vez yo no tuve feeling con nadie más y me bastó beber, charlar con mucha gente y encantarme con el paisaje de los romances furtivos para sentirme completamente a gusto. Fue una noche muy divertida para ambas, cada una en lo suyo y coincidiendo a ratos para decirnos con la mirada que todo estaba bien.

Días más tarde vino la revelación: mucha gente en el bar se quedó comentando que lo ocurrido aquella noche era de esperarse: la chica “masculina” se besó con muchas, mientras la chica “femenina” lo soportó pacientemente. Me sorprendió escucharlo. Lo primero que pensé -y sigo pensando- era que con esa apreciación se descalificaba de tajo cualquier otra forma de placer que no pasara por el contacto de las pieles, mejor dicho: gente voyeurista del mundo, lo suyo no son placeres sino padeceres. Pensar que yo podía disfrutar del espectáculo de sus juegos eróticos no entraba en los cálculos.

Luego me di cuenta de lo normativa que era esa interpretación, en este otro sentido: la chica “femenina” debía ser la verdadera “mujer”, la que tolera y hasta soporta, “la que no las hace sino que las ve hacer”. Porque así son las mujeres, porque ese es su destino, y con esta percepción el orden de género vuelve a tranquilizarse, a entrar en armonía con el paradigma. En el mismo sentido, lo inteligible es que la chica “masculina” sea la legítimamente promiscua, que su deseo sea irrefrenable y que sepa materializarlo.

Ella y yo habíamos sido re-asignadas en un lugar cómodo para el sistema, el lugar del binarismo que excluye los matices y condena a la causalidad en virtud del género asignado. De nuevo, lo “femenino” y lo “masculino” claramente -y jerárquicamente- distinguibles, porque sólo así estos juegos del placer se vuelven plenamente comprensibles: sacando lo “femenino” del juego.



Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza