lunes, 28 de noviembre de 2011

Crónica de un desencuentro anunciado. Día 2 (jueves 24 de noviembre)

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La información es una herramienta muy útil. “El que no sabe es como el que no ve”, decía muy acertadamente mi abuela. Entre otras cosas, por eso estoy escribiendo esta breve crónica, para que las cosas que viví durante este XII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe no se queden en el olvido, para que sean conocidas por quienes estando adentro o afuera no se enteraron de ellas en su momento, y para que, tal vez, algunas las recojan en la organización del Encuentro siguiente. Publicado desde dos años antes (y ampliamente difundido con la ayuda de todas las que lo están leyendo), no hay lugar para un “no sabíamos que no estaban de acuerdo”.

Escribo entonces con vocación de futuro. También con ánimo de presente, porque hoy, aquí, con nuestras miradas críticas, estamos construyendo feminismo. En ello hemos estado durante los últimos meses.

Desde hace tiempo, las organizadoras del Encuentro en Bogotá conocían las críticas que muchos sectores del movimiento les estaban haciendo: sabían (porque se enviaron muchas cartas y se sostuvieron muchas conversaciones bilaterales) que el Tequendama era un error; sabían también que una cuota igual de 120 dólares para todo el mundo era impagable para muchas, y que dados los recursos gestionados, era innecesaria.

(Sigo con mis notas al margen: ¿Están todas enteradas de que quienes viviendo en Bogotá pagaran la cuota de inscripción al Encuentro podían también alojarse en el hotel durante esas cuatro noches? Un ejemplo más del despilfarro de recursos. ¿Cuántas mujeres de Bogotá se inscribieron? ¿Unas cien por lo menos? Así rapidito eso son como 22 millones de pesos colombianos. ¿Cuántas más habrían podido participar ahorrando ese gasto tan innecesario?)

A la Comisión organizadora del XII EFLAC también le reprochamos directamente, muchas veces, que no hubiera dispuesto espacios participativos para la toma de decisiones. En agosto de 2010 hubo una primera y única reunión, en la Universidad Nacional, en donde participaron cerca de 200 mujeres dispuestas a meterle el hombro al Encuentro. La mayoría de ellas dejó de recibir correos convocantes a partir de allí. En noviembre hubo un Encuentro Feminista Nacional en Bucaramanga, que se destinó a asuntos distintos al EFLAC, reservando para él sólo un espacio informativo, al final, en el que nos contaron cómo iban las cosas y nos invitaron a integrar las Comisiones. Personalmente estuve tentada a unirme (justamente a la Comisión de Comunicaciones), pero mi situación personal no me lo permitía: organizar un Encuentro de éstos requiere de mucho trabajo y yo no contaba con el tiempo necesario. Porque eso es cierto: algo que no se puede reprochar a la Comisión organizadora es que no haya trabajado mucho. Lo hicieron. Durante más de un año dedicaron muchísimo de su tiempo, sin remuneración (y sin remuneración no quiere decir sin intereses personales), a organizar todo esto. El problema no es que no hayan trabajado, el problema es que durante su trabajo hicieron oídos sordos a todas las críticas y se abrogaron el derecho de tomar unas decisiones que debieron concertar. El problema es que, fundadas en desamores personales, hicieron de todas las miradas críticas una sola bolsa y las tiraron de su barco. El problema es que hicieron de unas pocas –y para unas pocas- un Encuentro que es de todas.

Decía que en Bucaramanga invitaron a integrarse a las Comisiones. Muchas compañeras así lo hicieron, con el ánimo todavía enardecido ante la posibilidad de celebrar en Colombia 30 años de Encuentros, y por el camino tuvieron que salir de la organización a raíz de las lógicas totalmente jerárquicas que encontraron en uno de los espacios donde, se supone, no deberían existir: la construcción de apuestas feministas.

Ni siquiera en los momentos de más alta crisis las chicas pseudopoderosas dieron su brazo a torcer en esa autoridad que se autoconfirieron: llamadas a abrir el debate por la sede del Encuentro, optaron mejor por reuniones pequeñas, a las que invitaron únicamente a quienes ellas mismas consideraban interlocutoras válidas (y miren qué coincidencia: eran quienes estaban de acuerdo con ellas). No me hubiera enterado de ello si algunas de mis amigas, invitadas directamente, no me lo hubieran contado. Nunca una convocatoria pública, un debate público. Así lograron validar las decisiones que ya habían tomado y es a eso a lo que llaman “múltiples espacios para consultar a las feministas de la región”.

De esta manera, dejando de enviar la información a quienes en agosto se habían dispuesto a participar, sacando gente incómoda de las Comisiones a fuerza de maneras autoritarias, y realizando reuniones cerradas con mujeres escogidas “a dedo”, llegó noviembre de 2011. Ya les conté lo que nos sucedió el primer día. Vamos con el segundo.

Las chicas pseudopoderosas habían dejado en el ambiente (en la discusión del Día 1 en el lobby) que la iniciativa “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO” era sólo el deseo de algunas que querían “colarse” sin haber pagado. Las versiones no contestadas hacen carrera, así que decidimos en la noche de ese primer día imprimir una especie de comunicado, explicando cuál era la crítica que quería instalar nuestra iniciativa. Básicamente el mismo texto que estaba en nuestro grupo de Facebook:


Si bien críticas hay muchas, ésta en particular se concentraba en un punto: el error de instalar cuotas de inscripción no diferenciadas -que no reconocen las diferencias entre las mujeres- y el desacertado manejo de los recursos gestionados para el Encuentro. Otra gente manifestó sus otras inconformidades, de otras maneras. Por ejemplo: no asistiendo al EFLAC. Nuestra manera fue ésta.

Pues bien, ese jueves, antes de irme para el Tequendama, imprimí 500 copias de nuestro comunicado, me puse mi escarapela “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO”, y pasé sin mayor dificultad la puerta del hotel, entrando junto con otras mujeres que se habían agrupado en la puerta. Durante la noche había pensado que la discusión del día anterior tal vez había sido suficiente, y que ahora lo importante era efectivamente participar de los debates y poner ahí los temas que durante la organización se habían querido dejar de lado. Pasar el primer puesto de seguridad sin contratiempos me hizo creer que sería posible. Pero ya verán que no.

Había mucha gente en el lobby, así que me puse a repartir las hojas que había fotocopiado. En los minutos siguientes fueron llegando otras compañeras de la iniciativa, que también se pusieron a repartirlas. Hicimos algunas declaraciones para medios de comunicación feministas que estaban cubriendo el Encuentro. Habíamos impreso más escarapelas y varias compañeras inscritas, también de otros países, comenzaron a usarlas. ¡Incluso algunas aportaron dinero para sacar más copias! Eso demostraba que mucha gente inscrita también estaba inconforme.

Luego de un rato entré a uno de los salones donde se adelantaban los grupos temáticos. Era el grupo de Post-Feminismos. Participé en la discusión como una más (es decir, como lo que soy), insistiendo en la necesidad de cuestionar las relaciones de poder que se acrecientan adentro del movimiento feminista. Hacia las 12:30 p.m. el grupo decidió hacer el receso para el almuerzo. Una compañera y yo salimos juntas a un restaurantito cercano para almorzar (ya saben: NO consumo en el EFLAC).

(Segunda nota al margen en este segundo día: Yo no he estado, pero me han contado que otras veces, en otros Encuentros Feministas, las iniciativas que intentan participar sin haber pagado son tildadas de usufructuar los recursos aportados “por todas”. Nosotras dijimos que no pagábamos y que no íbamos a tomarnos ni un tinto en ese hotel, y así se hizo. Debo resaltar, sin embargo, que habernos tomado ese tinto habría sido en todo caso inocuo: el alojamiento y todas las comidas del Encuentro estaban ya holgadamente subvencionadas).

El gran nudo de este día (que no lograría en los siguientes desatarse, ni desnudarse, ni nada) ocurrió cuando intentamos ingresar de nuevo al hotel, tras el almuerzo. Pasamos la primera puerta, pero como he dicho, quedaban dos puestos de seguridad más antes de llegar a los salones. En el segundo, además de la guardia de la institución, estaba parada otra mujer, bastante mayor, emplazada ahí justamente para detenernos. Luego me enteraría que se trataba de Marysa Navarro. Le dijo a la guardia que no nos dejara entrar porque no teníamos la escarapela correspondiente. Nosotras seguimos mientras otra compañera que venía entrando y que si estaba inscrita se quedó conversando con aquella mujer, pero al reparar en que la conversación tardaba demasiado nos acercamos. Esta era más o menos la escena:

-    (la compañera inscrita que nos acompañaba) Pero entonces, ¿pueden entrar a participar o no?
-    No, no, no. No pueden entrar.

Mi compañera de NO pagué, etc. la interpeló para explicarle nuestra postura. Concluyó señalando que 800.000 dólares era bastante más de un millón de pesos por cabeza, que son recursos más que suficientes para que todas pudiéramos participar, que se había cometido un tremendo despilfarro

-    Pero esas son las reglas que han puesto las organizadoras y tú tienes que respetar lo que han hecho ellas

Yo vuelvo y le echo el cuento de las reglas (palabra que misteriosamente parecía encantarles en este Encuentro): la historia del feminismo se ha construido a fuerza de romper las reglas que son injustas.

-    No, yo soy parte de esa historia del feminismo, tengo 76 años y participé del primer Encuentro. No se rompen las reglas, las reglas se desmontan (Va al margen un tremendo: ¿?)

-    Pero compañera, este Encuentro es de todas…

-    No, éste es nuestro Encuentro, no es suyo, porque ustedes no cumplieron las reglas y no pagaron lo que tenían que pagar.

-    Eso es lo que estamos conversando…

-    Pues si, y yo estoy dispuesta a conversar con ustedes todas las veces que quieran, pero no aquí adentro, afuera.

-    ¿Entonces tu estarías más tranquila si nosotras nos fuéramos del Encuentro?

-    Si, estaría más contenta si se quedaran afuera porque aceptan que éste es un Encuentro que tiene reglas que ustedes no cumplen, y si no las aceptan, pues entonces me da mucha pena pero…

Todo esto ocurría tres pasos adelante del segundo puesto de seguridad, hacia adentro. Entre tanto, me percaté que dos compañeras, que si estaban inscritas pero que portaban la “escarapela cuadrada” (es decir la que nosotras diseñamos para esta acción directa), porque apoyaban la crítica que implicaba, estaban siendo retenidas y no se les permitía el acceso.

-    ¿Qué pasa? -pregunté
-    Que ellas no pueden entrar con esa escarapela –replicó la guardia de seguridad
-    Si justamente eso estamos discutiendo aquí adentro, así que sigan – dije yo, mientras retiraba con mis manos la cinta para que ellas pasaran

La guardia se interpuso entre nosotras.
-    Nadie puede entrar con esa escarapela, porque son órdenes de la señora Ana Cristina (osea, Ana Cristina González, la sensei pseudopoderosa del día de hoy)

-    Entonces llámala por favor, porque nosotras estamos participando desde ayer y vamos a seguir haciéndolo –y quité la cinta en otro punto de la barrera de seguridad.

Las compañeras entraron. Estábamos paradas frente a la puerta que da acceso a los ascensores, es decir, el tercer puesto de seguridad. Igual que el día anterior, varias otras compañeras inscritas se habían unido a las discusiones y apoyaban nuestro ingreso. Entonces el guardia de este puesto se comunicó por radioteléfono:

-    Aquí están unas señoras con la escarapela cuadrada, ¿qué hacemos?

Esperamos. Doña sensei pseudopoderosa Ana Cristina nunca llegó.

-    No, que no pueden entrar –mientras intentaban cerrar la puerta.
-    Pero señor, ellas ya estaban adentro en la mañana -decían algunas
-    Yo no puedo hacer nada, son órdenes de la señora Ana Cristina

Se estaba armando un tumulto en los ascensores, y muchas dijeron “subamos”. Perdí de vista a mi compañera de NO pagué… y subí con otras mujeres hasta el piso 17, donde había otros grupos de trabajo. Intenté entrar al grupo de “Pluriculturalismo y multi-identidades”, pero adivinen qué: había otra guardia de seguridad en la puerta. Pasé de largo mientras la guardia me decía que no podía entrar, y fui a sentarme bien adelante.

Allí se estaba haciendo un ejercicio autoreflexivo, en el que se proponía pensar en las condiciones de subalternidad o privilegio que nos otorgaban nuestros lugares en el mundo. Alguien decía: “Soy negra, eso me quita privilegios. Pero, de otra parte, soy abogada, eso me pone en otro lugar”. Cada participante hacía el ejercicio, y en cada una parecía muy honesto. Pero yo de nuevo encontraba difícil concentrarme, creer, porque venía de chocarme de tajo con aquella frase lapidaria de la mujer en el lobby: “Este no es tu Encuentro”; una mujer que creía, pese a sus más de 30 años caminando por el feminismo, que lo correcto era seguir las “reglas”, sin interesarle ya reflexionar sobre lo que esas reglas significaban.

Las miraba a todas. Miraba a la guardia de seguridad en la puerta. Recordaba el grupo de trabajo de la mañana, en el que se hablaba del poder entre nosotras. Pensaba en lo acostumbradas que parecemos a darle vueltas a los asuntos sin atrevernos a mirarlos de frente, a los ojos, ni a señalarlos con el dedo, ni a llamarlos por su nombre. Sólo orbitando a su alrededor con el ceño fruncido y sobreviviendo a la incomodidad que nos producen. Evitando entrar en confrontaciones. Y sentí muchas ganas de llorar.

Un poco antes de las cinco salí del salón, porque debía cumplir con otro compromiso: presentar un libro sobre distintas formas de violencia, en otro evento que habían organizado otras feministas. Qué paradoja.

Esa noche me decidí a escribir esta crónica.


Nancy Prada Prada


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viernes, 25 de noviembre de 2011

Crónica de un desencuentro anunciado. Día 1 (miércoles 23 de noviembre)

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En el grupo que abrimos en facebook para la acción directa, llegamos a ser 45 feministas inconformes con los planteamientos del EFLAC. Sin embargo, el día y la hora prevista, éramos diez. Más que suficientes.

Nos encontramos en la entrada del Hotel Tequendama.

(Primera nota al margen: para “atender” nuestra crítica frente al carácter militar de ese espacio, la super idea de las organizadoras fue cambiarle el nombre: por esos cuatro días ellas lo iban a llamar “Hotel María Cano”. Igual con todos los salones. Y ya está: como por arte de magia, con nombrecitos bonitos se borra la huella de sangre que levantó y mantiene vivas esas paredes. Como estoy lejos de subestimar a las organizadoras, no creo que sean tan estúpidas como para creer que eso es “resignificar”. Sólo se lavaban las manos. Se ha de estar revolcando en su tumba María Cano.)

Decía que el miércoles 23 nos encontramos en la entrada del Hotel Tequendama diez feministas inconformes, con ánimo de aportar en la construcción de nuestro Encuentro. Mientras nos poníamos nuestras escarapelas de “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO” tuvimos el primer llamado a la realidad: sale del Hotel una integrante de la Comisión organizadora, Paola Salgado, mujer a la que algunas de nosotras considerábamos cercana, nos ve y hace como que no. Ni un saludo, ni un gesto, ni una mirada. Camina por nuestro lado hasta la calle, se devuelve, de nuevo pasa muy cerca y otra vez parecemos invisibles a sus ojos. Good bye Paola.

Pero ella no es invisible a los nuestros. La vemos entrar y hablar con sus compañeras de equipo: “esas están en la entrada”. Las llamaré desde ahora, para que nos entendamos, las “chicas pseudo-poderosas”.

Nosotras nos alistamos para ingresar al hotel. Fue sencillo atravesar el primer puesto de seguridad porque ese día todas las mujeres iban recién llegando al Encuentro y era en el lobby donde recibían sus escarapelas y materiales. Parecíamos entonces unas más.

(Segunda nota al margen: inicialmente había un puesto de “seguridad” para atravesar la puerta del hotel; otro para ingresar al lobby; uno más para acceder a los ascensores. En la puerta de cada salón había alguien de “seguridad” del hotel permitiendo (o no) la entrada. Y luego, fueron aumentando los tales puestos, y sus respectivas requisas. ¿Se habrán sentido suficientemente “seguras” las feministas?)

Cinco pasos después de haber atravesado la puerta, todas juntas, se viene de frente la primera línea de las chicas pseudopoderosas: Beatriz Quintero (de Colombia) y Liliana Celiberti (de Uruguay):

-       Mujeres, ustedes no pueden entrar. Si quieren les podemos dar boletas para el evento de esta noche, o pueden estar en la marcha, pero aquí no.
-       Ya… cierto, vamos a estar en la marcha, y en el evento de inauguración de la noche, pero también vamos a participar de toda la programación del Encuentro.
-       ¿Qué, qué? ¿Y quién les ha dado permiso de entrar?
-       Nadie nos ha dado permiso. No necesitamos permiso. Varias hemos participado muy activamente en la construcción de este Encuentro, es nuestro legítimo derecho.
-       Aquí hay unas reglas: ustedes no pagaron, así que no pueden entrar.
-       Hemos construido el feminismo rompiendo reglas injustas. Esta es una regla injusta y no la vamos a cumplir.

Entre tanto, y viendo el círculo y la bulla de la entrada, otras feministas inscritas en el Encuentro se iban acercando. El grupo, entonces, crecía.

-       Es el colmo que ustedes se aparezcan en este evento, con esa violencia y esas agresiones…
-       Cálmate Beatriz. Primero esto no es un “evento”, es un Encuentro. Segundo, ésta es una acción directa no violenta. Diez mujeres paradas en un lobby con una escarapela, hablando contigo, no es ninguna agresión.
-       Es que así no se hacen las cosas! Si estaban inconformes con algún aspecto de la organización debían haberlo manifestado antes, haberse reunido con las organizadoras…
-       Lo intentamos muchas veces Liliana, pero la Comisión organizadora no escuchaba. Tú seguramente no lo sabes, pero quienes estamos aquí en Bogotá tratamos de abrir espacios, de hacer ver los errores que se estaban cometiendo, y nos estrellamos una y otra vez contra un muro de terquedad. Este ha sido el último recurso.
-       Bueno, el caso es que ustedes no pueden entrar.

Para entonces ya había bastantes feministas, que si habían pagado, sumadas a la discusión. Sus voces nos apoyaban. Adentro, en el Salón Rojo, ya estaban reunidas todas las demás esperando el inicio del evento.

-       Que entren, si al final ya todo está pago y ellas no van a consumir nada… que entren! (decían las compañeras que nos apoyaban)
-       Eso es injusto con las que si pagaron (replicaban las chicas pseudopoderosas)
-       Pero si a nosotras no nos molesta, ¿cuál es el problema?
-       Así no se hacen las cosas, ellas no pueden entrar.
-       Preguntémosle a la plenaria entonces, que seamos todas las que decidamos…
-       No, eso lo decidimos nosotras…

El inicio estaba agendado a las 2:00 p.m. y ya casi eran las 3:00 p.m. Entonces sale del Salón Rojo una sensei Pseudopoderosa: Lucy Garrido (también de Uruguay).

(Tercera nota al margen: se dice en los pasillos del Encuentro, que ya todo está arreglado para que la próxima sede sea Uruguay -donde doña Liliana y doña Lucy-, y que incluso se están guardando recursos de este Encuentro en Colombia -básicamente la plata de las inscripciones, unos 300 millones de pesos- para lo que sucederá en Uruguay. Aunque nada de eso debe ser cierto, porque esta vez no hay becas ni tarifas de inscripción diferenciadas justamente porque la platica gestionada con la cooperación (la bobadita de 800.000 dólares) no alcanzaba para pagar los gastos!)

Se aparece entonces la Garrido:

-       Beatriz, Liliana, vengan que ya vamos a comenzar.
-       Pero Lucy, es que estas mujeres quieren entrar y no han pagado!
-       (con mirada de desprecio perfectamente intencional) Ah! Y no que les daba tanto asco que el Encuentro fuera en el Tequendama (con tanta cosa a la pobre Lucy se le olvidó que estábamos era en el María Cano, según su propio invento)… y ahora si quieren entrar, y gratis!

Y tan horonda como lo fue diciendo, se fue dando la vuelta y entrando. De manera que no tuvimos oportunidad de darle la clasecita que tanto necesita sobre movimientos sociales, en la que ella habría podido enterarse de que los movimientos se han inventado unas cosas que se llaman “acciones directas no violentas”, como la nuestra, por medio de las cuales se intenta llamar la atención de un colectivo frente a situaciones de injusticia. Explicarle que aquí la injusticia era el elevado costo de la inscripción, sin atender a las diferencias entre las mujeres y dejando sin ninguna oportunidad de participación a tantas compañeras feministas que son estudiantes, que están desempleadas, o que son de clases populares. Como nos dejó con la palabra en la boca, no pudimos explicarle a sensei Pseudopoderosa Lucy, que nuestra presencia elevaba en sí misma una voz crítica frente al carácter tremendamente elitista de este Encuentro; que algunas de nosotras (como yo) habríamos podido pagarlo y que no lo hicimos intencionalmente, para señalar el desacierto. Si nos hubiera escuchado, le habríamos dicho finalmente que veníamos a poner esa mirada crítica en el espacio, en nuestro espacio, el de todas, nuestro Encuentro. Porque el Feminismo es en sí mismo un movimiento social, una teoría y una ética crítica. Aunque para que Lucy y su combo recuerde eso, me temo que haría falta bastante más que una sola clase.

El caso es que Lucy se dio la vuelta, entró y la perdí de vista. Luego entramos todas, no porque Beatriz y Liliana hubieran cedido en su negativa rotunda, sino porque un tumulto de compañeras feministas nos rodearon a las diez “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO”, mientras exclamaban: “Entremos todas”, y entramos.

Así, en el Salón Rojo del Hotel Tequendama, asistimos a la Apertura del XII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe.

Allí vimos un video sobre la historia de estos Encuentros y escuchamos a varias feministas de larga trayectoria en ellos contarnos sus experiencias. La verdad es que se dijeron algunas cosas muy bonitas, pero no pude conectarme emocionalmente ni un solo segundo: era tremendamente frustrante que todos esos discursos afloraran con tanta naturalidad en el mismo espacio en el que minutos antes se defendía la regla del “si no pagas, no puedes”. Esos minutos se quedarán grabados en mí como el gran teatro de la inconsistencia humana, en este caso, de la inconsistencia feminista.

Más tarde, fuimos también al evento de inauguración que tuvo lugar en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Por disposiciones del teatro se necesitaba invitación para entrar, así que unas feministas amigas nos las consiguieron. En la inauguración vimos la premiación del concurso del “Feministómetro” (una obra de cabaret, de unas chicas mexicanas muy divertidas) y escuchamos al grupo musical Amaxona, que estuvo excelente. La gran ausente de la velada: la muy esperada (al menos por mí) rendición de cuentas. Sólo se esbozó un listado de cooperantes (sin especificar quién dio qué) y una cifra redonda del valor del Encuentro: dos millones de dólares.

También nos dijeron que “más adelante se colgará el detalle en la página web”. Ojalá sea de verdad un detalle y no las cifras gruesas a las que nos tienen acostumbradas. Ojalá también que no se demore tanto como todo lo que tiene que ver en este Encuentro con plata: que siendo viernes 25 de noviembre, todavía está colgado en la página del EFLAC la versión inicial de una proyección presupuestal desactualizada, y un único acuerdo de cooperación: el que se firmó con la Corporación Humanas, que por cierto son términos antiguos porque a ese convenio se le hizo hace rato un importante Otrosi. Faltan los acuerdos con las otras organizaciones que administraron recursos: Humanizar, Mujeres que Crean y el Colectivo de Hombres y Masculinidades (¿qué? ¿por qué el Colectivo de Hombres? ¿no que el cuento era sólo de mujeres?)

Ese fue, entonces, mi primer día, en mi primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe.

(Cuarta nota al margen: en el Encuentro no hay becas ni la posibilidad de cuotas de inscripción diferenciadas, pero lo que si hay de sobra son recursos para el merchandising que llaman: bolso del Encuentro, escarapelas de lujo (hasta tienen código de barras!), cuadernos membreteados, esferos, impermeables marcados para la lluvia, tamborcitos individuales para que cada una acompañe el “ritual” de inicio, bufandas de pluma para la salida del teatro, etc, etc, etc.). Una señal inequívoca de cuáles son las prioridades de las Chicas Pseudopoderosas).

Ah, y un dato final: se hizo papelería especial del hotel, con membretes del Encuentro y demás, para que al momento de registrase en sus respectivas habitaciones, todas muy resignificadas olvidaran que se trataba del Tequendama.

Nancy Prada Prada


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Crónica de un desencuentro anunciado. Día 0 (los preliminares)

Este año estaba programado el XII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (EFLAC). El primero se había realizado hace justamente 30 años, en Bogotá, y tras él, más o menos cada dos años, el Encuentro ha ido rotando por distintos países de la región.

Se trata de un evento importante dentro de nuestra genealogía feminista, por lo cual no deseaba renunciar a él, pese a las muchas críticas que ha enfrentado en otras ocasiones. Hay situaciones personales que acrecentaban mi ánimo: no he podido participar de ninguno de estos Encuentros antes, o porque era estudiante y no tenía los recursos para viajar, o en el caso del anterior que fue en México, porque yo estaba becada en España y tampoco podía venir. Que fuera en Colombia, en Bogotá, la ciudad donde vivo, parecía una oportunidad.

Además de las razones individuales, me animaban otras de carácter político: el Encuentro es de todas las feministas de la región, es nuestro y en nuestro nombre se gestionan los recursos para realizarlo. No quiero renunciar a algo que también es mío por derecho. Sin embargo, tampoco deseo tragar entero y aceptar que pase el Encuentro sin que se den en su seno las discusiones que la Comisión organizadora decidió ignorar sistemáticamente. Por ejemplo:

1.    Optar por realizar nuestro Encuentro en el Hotel Tequendama, una institución que pertenece a las fuerzas militares del país, desconociendo la vocación profundamente antimilitarista del movimiento feminista.

2.    Organizarlo sin que existan procesos participativos, que convoquen de manera amplia a las feministas de la región, y no como se hizo: invitando a opinar sólo a las amigas e ignorando flagrantemente otras voces.

3.    Manteniendo con terquedad un único valor de cuota de inscripción ($216.000), que desconoce las diferencias entre mujeres, y deja sin ninguna posibilidad de participar a tantas feministas.

En su momento me sumé a las voces que propusieron alternativas para los dos primeros puntos, sin que las decisiones y dinámicas de las organizadoras cambiaran en lo más mínimo.

Iba a ser ya 23 de noviembre, fecha de inicio del Encuentro, así que me junté con otras feministas, que pese a su inconformidad también deseaban participar y construir, y nos inventamos la acción directa: “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO”, inspirada en las ideas que se exponen en este grupo:


Hicimos escarapelas, regamos la bola y nos dispusimos a entrar y participar en el EFLAC, llevando nuestra voz crítica frente a la administración de los recursos que se habían gestionado en nuestro nombre.


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martes, 1 de noviembre de 2011

Calienta ovarios

Me ha pasado en muchos momentos de la vida -y de los ires y venires de la tal “orientación sexual”- que se me recrimina por “ofrecer y luego no dar”, por ser “puro tilín tilín” o portarme como la selección, “puro toque, toque y de aquello…”.

El reclamo (tácito, por supuesto) se funda en lo siguiente: me encanta coquetear con la gente que me gusta. Ese juego de cruzar miradas y mensajes; de hacerle saber a esa otra persona, por boca de terceros, que siento algo por ella; de abrazarle un poco más estrechamente; de darle un beso, o muchos, cuando los besos son posibles y deseados… y no me parece que todo esto sea necesariamente el preámbulo de nada. Para mí el flirteo significa un placer en sí mismo, pero no así para muchas personas que me he cruzado por estos caminos.

Parece ser que en el lenguaje común de las relaciones (al que a veces me cuesta mucho entrar, como en estos casos) mirarse, abrazarse y darse besos significa “la próxima vez nos vamos a la cama”. La cosa se agrava si ya una vez el coqueteo ha terminado en sexo: no hay manera de librarse de esa tensión en el ambiente que te está halando siempre hacia el mismo final. Qué aburrido: el mismo cuento cada vez.

A mí me gustan más los cuentos diferentes y con finales inesperados. Entiendo muy bien el peligro de estas afirmaciones, porque pueden coincidir exactamente con las que una impúber doncella exclamara, en demanda de “ir más despacio” para preservar su virtuoso cuerpo de intromisiones esporádicas y poco comprometidas. Así que corrijo entonces de inmediato, para que no quepa lugar a dudas: ni impúber, ni mucho menos doncella; con cuerpo virtuoso sí, pero en sentidos mucho más divertidos, y mil veces dispuesta a escarceos de cama, según dicte mi deseo del momento. Pero es que justamente escuchar al deseo propio, explorarlo de verdad, pasa por romper con esos repertorios amorosos y sexuales tan estáticos.

Nacer, crecer, reproducirse y morir. Abrazar, besar, desnudarse y penetrarse.

A ver, de nuevo vamos por partes. Ese repertorio en concreto es delicioso, me encanta, lo he disfrutado muchísimas veces y no tiene nada de malo en sí mismo, como no tiene nada de malo nacer, crecer, etc. Lo que me fastidia es que sea la única opción posible, que se dé por sentado que una cosa viene después de la otra -obviamente- y que por lo mismo hasta existan maneras institucionalizadas de hacer el “reclamo” si la cadena se trunca.

Señoritos y señoritas: a ese juego, no juego.   

Es probable que algo tenga que ver (y aquí me van a chiflar por pretenciosa) el hecho de haber jugado a lo mismo tantas veces. Tantos polvos de una noche, de los que guardo tan gratos recuerdos, ¡y tantos otros que espero por venir! Pero también espero otras cosas (y veo aquí mi razón fundamental), porque he probado los dulces encantos que también tienen. Chatear por horas con esa mujer que te despierta el deseo, y decirle las cosas que una vez frente a ella no te salen de la boca; bailar tan cerquita con este hombre que despierta repentinamente la heterosexual que hay en ti y rozarle la piel con toda intención; cruzar miradas toda la noche en el bar y hablar para todo el mundo cuando en realidad sólo te diriges a esa persona, y que ella lo sepa, o al menos lo intuya.

Entre tales episodios, habrá algunos con los que querré terminar en retozos de alcoba, por supuesto, y habrá otros con los que no. O querré y las cosas no se darán por un buen tiempo y no me invade el afán de ir a buscarlas. O se darán y no me apuntaré para una repetición porque preferiré seguir flirteando otro rato.

¿De verdad está eso muy fuera de sentido? -pregunta retórica.
¿Será que la horda cristiana ha logrado minar mi tan dispuesto cuerpo y me va convirtiendo de a pocos en el reflejo de sus frustraciones? - again.

El caso es que hoy anochecí con ganas de reivindicar mi lugar de “calentadora” (últimamente más de ovarios que de huevos, a todas luces). Tengo el presentimiento que hay bastante más detrás de esta aparente trivialidad. Que mi perturbación esta vez también tiene que ver con el discurso que dicta “el deber ser” de la sexualidad, con la incomodidad que me produce percibir este modelo tan normativo en un campo de la vida del que quisiera erradicarlo. Sin embargo, en esta ocasión no encuentro mejor manera de decirlo. Así que esta vez, el diablo se viste de frivolidad.



Nancy Prada Prada
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza