lunes, 28 de noviembre de 2011

Crónica de un desencuentro anunciado. Día 2 (jueves 24 de noviembre)

Lea antes:



La información es una herramienta muy útil. “El que no sabe es como el que no ve”, decía muy acertadamente mi abuela. Entre otras cosas, por eso estoy escribiendo esta breve crónica, para que las cosas que viví durante este XII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe no se queden en el olvido, para que sean conocidas por quienes estando adentro o afuera no se enteraron de ellas en su momento, y para que, tal vez, algunas las recojan en la organización del Encuentro siguiente. Publicado desde dos años antes (y ampliamente difundido con la ayuda de todas las que lo están leyendo), no hay lugar para un “no sabíamos que no estaban de acuerdo”.

Escribo entonces con vocación de futuro. También con ánimo de presente, porque hoy, aquí, con nuestras miradas críticas, estamos construyendo feminismo. En ello hemos estado durante los últimos meses.

Desde hace tiempo, las organizadoras del Encuentro en Bogotá conocían las críticas que muchos sectores del movimiento les estaban haciendo: sabían (porque se enviaron muchas cartas y se sostuvieron muchas conversaciones bilaterales) que el Tequendama era un error; sabían también que una cuota igual de 120 dólares para todo el mundo era impagable para muchas, y que dados los recursos gestionados, era innecesaria.

(Sigo con mis notas al margen: ¿Están todas enteradas de que quienes viviendo en Bogotá pagaran la cuota de inscripción al Encuentro podían también alojarse en el hotel durante esas cuatro noches? Un ejemplo más del despilfarro de recursos. ¿Cuántas mujeres de Bogotá se inscribieron? ¿Unas cien por lo menos? Así rapidito eso son como 22 millones de pesos colombianos. ¿Cuántas más habrían podido participar ahorrando ese gasto tan innecesario?)

A la Comisión organizadora del XII EFLAC también le reprochamos directamente, muchas veces, que no hubiera dispuesto espacios participativos para la toma de decisiones. En agosto de 2010 hubo una primera y única reunión, en la Universidad Nacional, en donde participaron cerca de 200 mujeres dispuestas a meterle el hombro al Encuentro. La mayoría de ellas dejó de recibir correos convocantes a partir de allí. En noviembre hubo un Encuentro Feminista Nacional en Bucaramanga, que se destinó a asuntos distintos al EFLAC, reservando para él sólo un espacio informativo, al final, en el que nos contaron cómo iban las cosas y nos invitaron a integrar las Comisiones. Personalmente estuve tentada a unirme (justamente a la Comisión de Comunicaciones), pero mi situación personal no me lo permitía: organizar un Encuentro de éstos requiere de mucho trabajo y yo no contaba con el tiempo necesario. Porque eso es cierto: algo que no se puede reprochar a la Comisión organizadora es que no haya trabajado mucho. Lo hicieron. Durante más de un año dedicaron muchísimo de su tiempo, sin remuneración (y sin remuneración no quiere decir sin intereses personales), a organizar todo esto. El problema no es que no hayan trabajado, el problema es que durante su trabajo hicieron oídos sordos a todas las críticas y se abrogaron el derecho de tomar unas decisiones que debieron concertar. El problema es que, fundadas en desamores personales, hicieron de todas las miradas críticas una sola bolsa y las tiraron de su barco. El problema es que hicieron de unas pocas –y para unas pocas- un Encuentro que es de todas.

Decía que en Bucaramanga invitaron a integrarse a las Comisiones. Muchas compañeras así lo hicieron, con el ánimo todavía enardecido ante la posibilidad de celebrar en Colombia 30 años de Encuentros, y por el camino tuvieron que salir de la organización a raíz de las lógicas totalmente jerárquicas que encontraron en uno de los espacios donde, se supone, no deberían existir: la construcción de apuestas feministas.

Ni siquiera en los momentos de más alta crisis las chicas pseudopoderosas dieron su brazo a torcer en esa autoridad que se autoconfirieron: llamadas a abrir el debate por la sede del Encuentro, optaron mejor por reuniones pequeñas, a las que invitaron únicamente a quienes ellas mismas consideraban interlocutoras válidas (y miren qué coincidencia: eran quienes estaban de acuerdo con ellas). No me hubiera enterado de ello si algunas de mis amigas, invitadas directamente, no me lo hubieran contado. Nunca una convocatoria pública, un debate público. Así lograron validar las decisiones que ya habían tomado y es a eso a lo que llaman “múltiples espacios para consultar a las feministas de la región”.

De esta manera, dejando de enviar la información a quienes en agosto se habían dispuesto a participar, sacando gente incómoda de las Comisiones a fuerza de maneras autoritarias, y realizando reuniones cerradas con mujeres escogidas “a dedo”, llegó noviembre de 2011. Ya les conté lo que nos sucedió el primer día. Vamos con el segundo.

Las chicas pseudopoderosas habían dejado en el ambiente (en la discusión del Día 1 en el lobby) que la iniciativa “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO” era sólo el deseo de algunas que querían “colarse” sin haber pagado. Las versiones no contestadas hacen carrera, así que decidimos en la noche de ese primer día imprimir una especie de comunicado, explicando cuál era la crítica que quería instalar nuestra iniciativa. Básicamente el mismo texto que estaba en nuestro grupo de Facebook:


Si bien críticas hay muchas, ésta en particular se concentraba en un punto: el error de instalar cuotas de inscripción no diferenciadas -que no reconocen las diferencias entre las mujeres- y el desacertado manejo de los recursos gestionados para el Encuentro. Otra gente manifestó sus otras inconformidades, de otras maneras. Por ejemplo: no asistiendo al EFLAC. Nuestra manera fue ésta.

Pues bien, ese jueves, antes de irme para el Tequendama, imprimí 500 copias de nuestro comunicado, me puse mi escarapela “NO pagué, NO consumo y PARTICIPO”, y pasé sin mayor dificultad la puerta del hotel, entrando junto con otras mujeres que se habían agrupado en la puerta. Durante la noche había pensado que la discusión del día anterior tal vez había sido suficiente, y que ahora lo importante era efectivamente participar de los debates y poner ahí los temas que durante la organización se habían querido dejar de lado. Pasar el primer puesto de seguridad sin contratiempos me hizo creer que sería posible. Pero ya verán que no.

Había mucha gente en el lobby, así que me puse a repartir las hojas que había fotocopiado. En los minutos siguientes fueron llegando otras compañeras de la iniciativa, que también se pusieron a repartirlas. Hicimos algunas declaraciones para medios de comunicación feministas que estaban cubriendo el Encuentro. Habíamos impreso más escarapelas y varias compañeras inscritas, también de otros países, comenzaron a usarlas. ¡Incluso algunas aportaron dinero para sacar más copias! Eso demostraba que mucha gente inscrita también estaba inconforme.

Luego de un rato entré a uno de los salones donde se adelantaban los grupos temáticos. Era el grupo de Post-Feminismos. Participé en la discusión como una más (es decir, como lo que soy), insistiendo en la necesidad de cuestionar las relaciones de poder que se acrecientan adentro del movimiento feminista. Hacia las 12:30 p.m. el grupo decidió hacer el receso para el almuerzo. Una compañera y yo salimos juntas a un restaurantito cercano para almorzar (ya saben: NO consumo en el EFLAC).

(Segunda nota al margen en este segundo día: Yo no he estado, pero me han contado que otras veces, en otros Encuentros Feministas, las iniciativas que intentan participar sin haber pagado son tildadas de usufructuar los recursos aportados “por todas”. Nosotras dijimos que no pagábamos y que no íbamos a tomarnos ni un tinto en ese hotel, y así se hizo. Debo resaltar, sin embargo, que habernos tomado ese tinto habría sido en todo caso inocuo: el alojamiento y todas las comidas del Encuentro estaban ya holgadamente subvencionadas).

El gran nudo de este día (que no lograría en los siguientes desatarse, ni desnudarse, ni nada) ocurrió cuando intentamos ingresar de nuevo al hotel, tras el almuerzo. Pasamos la primera puerta, pero como he dicho, quedaban dos puestos de seguridad más antes de llegar a los salones. En el segundo, además de la guardia de la institución, estaba parada otra mujer, bastante mayor, emplazada ahí justamente para detenernos. Luego me enteraría que se trataba de Marysa Navarro. Le dijo a la guardia que no nos dejara entrar porque no teníamos la escarapela correspondiente. Nosotras seguimos mientras otra compañera que venía entrando y que si estaba inscrita se quedó conversando con aquella mujer, pero al reparar en que la conversación tardaba demasiado nos acercamos. Esta era más o menos la escena:

-    (la compañera inscrita que nos acompañaba) Pero entonces, ¿pueden entrar a participar o no?
-    No, no, no. No pueden entrar.

Mi compañera de NO pagué, etc. la interpeló para explicarle nuestra postura. Concluyó señalando que 800.000 dólares era bastante más de un millón de pesos por cabeza, que son recursos más que suficientes para que todas pudiéramos participar, que se había cometido un tremendo despilfarro

-    Pero esas son las reglas que han puesto las organizadoras y tú tienes que respetar lo que han hecho ellas

Yo vuelvo y le echo el cuento de las reglas (palabra que misteriosamente parecía encantarles en este Encuentro): la historia del feminismo se ha construido a fuerza de romper las reglas que son injustas.

-    No, yo soy parte de esa historia del feminismo, tengo 76 años y participé del primer Encuentro. No se rompen las reglas, las reglas se desmontan (Va al margen un tremendo: ¿?)

-    Pero compañera, este Encuentro es de todas…

-    No, éste es nuestro Encuentro, no es suyo, porque ustedes no cumplieron las reglas y no pagaron lo que tenían que pagar.

-    Eso es lo que estamos conversando…

-    Pues si, y yo estoy dispuesta a conversar con ustedes todas las veces que quieran, pero no aquí adentro, afuera.

-    ¿Entonces tu estarías más tranquila si nosotras nos fuéramos del Encuentro?

-    Si, estaría más contenta si se quedaran afuera porque aceptan que éste es un Encuentro que tiene reglas que ustedes no cumplen, y si no las aceptan, pues entonces me da mucha pena pero…

Todo esto ocurría tres pasos adelante del segundo puesto de seguridad, hacia adentro. Entre tanto, me percaté que dos compañeras, que si estaban inscritas pero que portaban la “escarapela cuadrada” (es decir la que nosotras diseñamos para esta acción directa), porque apoyaban la crítica que implicaba, estaban siendo retenidas y no se les permitía el acceso.

-    ¿Qué pasa? -pregunté
-    Que ellas no pueden entrar con esa escarapela –replicó la guardia de seguridad
-    Si justamente eso estamos discutiendo aquí adentro, así que sigan – dije yo, mientras retiraba con mis manos la cinta para que ellas pasaran

La guardia se interpuso entre nosotras.
-    Nadie puede entrar con esa escarapela, porque son órdenes de la señora Ana Cristina (osea, Ana Cristina González, la sensei pseudopoderosa del día de hoy)

-    Entonces llámala por favor, porque nosotras estamos participando desde ayer y vamos a seguir haciéndolo –y quité la cinta en otro punto de la barrera de seguridad.

Las compañeras entraron. Estábamos paradas frente a la puerta que da acceso a los ascensores, es decir, el tercer puesto de seguridad. Igual que el día anterior, varias otras compañeras inscritas se habían unido a las discusiones y apoyaban nuestro ingreso. Entonces el guardia de este puesto se comunicó por radioteléfono:

-    Aquí están unas señoras con la escarapela cuadrada, ¿qué hacemos?

Esperamos. Doña sensei pseudopoderosa Ana Cristina nunca llegó.

-    No, que no pueden entrar –mientras intentaban cerrar la puerta.
-    Pero señor, ellas ya estaban adentro en la mañana -decían algunas
-    Yo no puedo hacer nada, son órdenes de la señora Ana Cristina

Se estaba armando un tumulto en los ascensores, y muchas dijeron “subamos”. Perdí de vista a mi compañera de NO pagué… y subí con otras mujeres hasta el piso 17, donde había otros grupos de trabajo. Intenté entrar al grupo de “Pluriculturalismo y multi-identidades”, pero adivinen qué: había otra guardia de seguridad en la puerta. Pasé de largo mientras la guardia me decía que no podía entrar, y fui a sentarme bien adelante.

Allí se estaba haciendo un ejercicio autoreflexivo, en el que se proponía pensar en las condiciones de subalternidad o privilegio que nos otorgaban nuestros lugares en el mundo. Alguien decía: “Soy negra, eso me quita privilegios. Pero, de otra parte, soy abogada, eso me pone en otro lugar”. Cada participante hacía el ejercicio, y en cada una parecía muy honesto. Pero yo de nuevo encontraba difícil concentrarme, creer, porque venía de chocarme de tajo con aquella frase lapidaria de la mujer en el lobby: “Este no es tu Encuentro”; una mujer que creía, pese a sus más de 30 años caminando por el feminismo, que lo correcto era seguir las “reglas”, sin interesarle ya reflexionar sobre lo que esas reglas significaban.

Las miraba a todas. Miraba a la guardia de seguridad en la puerta. Recordaba el grupo de trabajo de la mañana, en el que se hablaba del poder entre nosotras. Pensaba en lo acostumbradas que parecemos a darle vueltas a los asuntos sin atrevernos a mirarlos de frente, a los ojos, ni a señalarlos con el dedo, ni a llamarlos por su nombre. Sólo orbitando a su alrededor con el ceño fruncido y sobreviviendo a la incomodidad que nos producen. Evitando entrar en confrontaciones. Y sentí muchas ganas de llorar.

Un poco antes de las cinco salí del salón, porque debía cumplir con otro compromiso: presentar un libro sobre distintas formas de violencia, en otro evento que habían organizado otras feministas. Qué paradoja.

Esa noche me decidí a escribir esta crónica.


Nancy Prada Prada


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