jueves, 29 de mayo de 2014

Los machitos de izquierda

Ha vuelto a conocerse lo que cada tanto se hace público: entre las organizaciones de izquierda, incluso entre aquellas que se nombran como antipatriarcales, abundan los machistas. El cuento es más o menos el mismo: hombre con poder dentro del colectivo (llámese Sergio, Mauricio o Pepito) protagoniza episodios de violencia contra las mujeres –de afuera o incluso de la misma colectividad- y el sistema se pone en favor del agresor: minimiza el episodio (fue una cosa de tragos), duda por principio de la palabra de las mujeres que denuncian (¿qué pruebas tiene? ¿hay testigos?) e intenta ocultar lo que pasó o resolverlo en privado (no denuncie, venga y hablemos los dos).

Una parte fundamental del mecanismo es desviar la atención. Me escandaliza cómo en los círculos donde actualmente se discute la más reciente denuncia, el énfasis de la discusión no está en los hechos de violencia que este hombre ejerció, sino en la manera como la mujer agredida hizo su denuncia. A este paso, ella les va a salir a deber. Es capaz el parche de izquierda de señalar todos los matices problemáticos de la espiga en el ojo ajeno, pero cómo le cuesta un mínimo reconocimiento de la viga en el ojo propio.


“Que no debió usar Facebook”
A ver gente: una se defiende como puede. ¿Se han sentido acosadas alguna vez? Yo sí. Y a una le entra miedo, se calla, se aguanta, luego conversa, no sirve de nada, intenta por un lado, por otro, hasta que se le llena el vaso y explota de alguna forma (sólo con el tiempo vamos aprendiendo a obviar los pasos anteriores y reaccionar antes). ¿No han sentido nudos en la garganta? ¿no han sentido necesidad de gritar? Y luego viene una y grita y lo que le respondemos es: compostura compañera. ¡A exigir compostura para él!

“Que no debió atacar al hombre”
Recapitulemos: ¿quién atacó a quién? Un hombre atacó a una mujer, no perdamos eso de vista; al denunciarlo la mujer no “ataca”, se defiende. Y lo hace -en los casos que conozco, incluido el más reciente- desde una postura política clara: ninguna agresión sin respuesta. Pero el sistema perverso que entra a operar tiende a volver al agresor la víctima, señalando el costo político que tiene para él hacer públicos sus actos de violencia. Pues sí. En esa lucha estamos: en que los actos sexistas no pasen de agache, que tengan consecuencias, que sean señalados, a ver si enfrentando esas consecuencias por fin los hombres que los protagonizan aprenden la lección y quedan sin ganas de reincidir. Y vuelvo a decir: cada una se defiende como puede. Algunas intentarán el camino judicial, otras el escarnio público. Lo importante es que nuestras voces no sean silenciadas, ¿no llevamos pregonando esa premisa durante décadas?

“Que no debió mencionar a cuál colectivo pertenecía”
Una denuncia requiere identificar al agresor: quién le hizo qué a quién. Yo no denuncio a “los hombres” o a “un hombre” por haberme golpeado, o por haberme violado, o lo que sea. Yo denuncio a fulanito de tal, que me hizo tal cosa. Fulanito de tal que es asesor del concejal del municipio; fulanito de tal que es docente en x colegio; fulanito de tal que es asesor presidencial. Vea: en esas denuncias no hace ruido que se diga a qué institución pertenece el agresor. Pero en estos otros casos sí cae todo el peso del juicio contra la mujer que denuncia y dice: fulanito de tal que pertenece a x colectivo. Lo que una esperaría es que el concejo, el colegio, la presidencia o el colectivo, rechacen públicamente como organización los hechos denunciados, y asuman responsabilidad en esclarecer lo ocurrido y evitar que se repita. Porque también hay que decir que muchas de estas denuncias, además de referirse a hechos de un sujeto en particular, han señalado que existe un silencio cómplice dentro de las organizaciones. Sabemos por qué: porque varios otros tienen rabo de paja, porque el machista no es uno solo, porque si hoy dejan que se señale a Sergio mañana van a sacar a la luz pública lo que hizo Mauricio y lo que hace Pepito. El sistema que activan cuando aparecen estas denuncias, entonces, no busca proteger a un único agresor. Para desmentir esto sí que necesitamos pruebas: que hablen los colectivos señalados, que nos muestren con acciones concretas en qué radica su postura antipatriarcal.

Que “en este país es muy difícil hacer oposición y por eso hay que salvaguardar al colectivo ante todo”. Efectivamente, yo conozco bien la situación política de este país y la necesidad de fortalecer a las organizaciones de oposición. En lo que me aparto radicalmente es en el medio: ¿sale fortalecido el colectivo echándole tierra al asunto? Lo que les fortalecería realmente sería sentar posiciones, hacer correctivos, mostrarnos que siguen siendo una alternativa posible. Algo distinto sólo comprobaría que, como dicen las abuelas y yo me resisto a creer: todos se tapan con la misma cobija.

“Que eso se debe resolver internamente”
Primero: llevamos años señalando la necesidad de entender la violencia contra las mujeres como un asunto público, no privado. Me rehúso a tener que volver a explicar eso aquí. Segundo: barájenme más despacio eso de “internamente”. Internamente no puede ser que el agresor llame a la mujer que denuncia y “lo resuelvan”. No obstante, “internamente” si podría ser que, una vez hecha la denuncia, tanto el agresor como el colectivo señalado planteen acercamientos tanto con la denunciante como con su círculo, caminos posibles que atiendan a lo sucedido en vez de obviarlo, que diseñen conjuntamente estrategias de reparación simbólica si se quiere, que necesariamente pasen porque el agresor reconozca públicamente (de manera interna, entre las 60 personas convocadas, por ejemplo) su responsabilidad. Y por favor, dejen ya de quejarse: “que fulanito la llamó para que se vieran y hablaran y ella no quiso”, porque así no es como se resuelve un episodio de violencia.

Dije al comienzo que el cuento es más o menos el mismo, una y otra vez. También el mensaje se repite, palabras más, palabras menos: hay un bien mayor que defender (nuestra apuesta política de izquierda) frente al cual todo lo demás (como la lucha contra el sexismo) debe plegarse.

A las mujeres de izquierda hace 40 o 50 años, sus compañeros les decían que ya atenderían luego el tema del sexismo cuando se hubiera ganado la lucha de clases. Hoy sobrevive la misma idea de fondo. Nos dicen: “manejemos la violencia del compañero en forma privada, para no perjudicar nuestro proceso público fundamental”. Antes muchas mujeres reaccionaron, se aburrieron de esperar y llenas de sabiduría y valor nos enseñaron que “la revolución será feminista o no será”. Muchos –y lo que me resulta más dramático- muchas, siguen sin entender eso. ¿Hasta cuándo mujeres de izquierdas? ¿hasta cuándo seguiremos plegando la dignidad de nuestros cuerpos y nuestras vidas a los tales “intereses mayores”?

Ahí también hay una cosa profundamente dolorosa que señalar, una llaga donde toca poner el dedo: la complicidad de muchas mujeres de estos colectivos con lo que hacen sus pares hombres, amparada en el hecho de que son sus parejas. ¿Cuántas veces no hemos criticado cómo las mujeres de otros contextos, proveedoras de sus hogares, autosuficientes en muchos sentidos, siguen pegadas a un esposo holgazán e incluso violento? ¿qué perverso mecanismo opera ahí para que sean incapaces de alejarse de esos sujetos y sigan siendo emocionalmente dependientes de ellos? Llenamos páginas señalándolo afuera pero lo que ocurre adentro se nos antoja una cosa distinta. ¿Distinta? ¿en qué?

La revolución será feminista o no será. Cuando algunas dijeron eso otras se apartaron. Siguieron creyendo que las relaciones entre hombres y mujeres sería un tema del que ocuparse cuando otra cosa, la más importante, se hubiera alcanzado. Esas otras mujeres (llámense Paola, María o Pepita) también están hoy en los colectivos, y siguen aplazando el asunto. Las Paolas, Marías y Pepitas siguen llegando en bloque a las asambleas a solicitar que no se hagan denuncias públicas, se esfuerzan por bajar el volumen al asunto, por sacar información de quienes avanzan en las denuncias para usarla a favor de sus intereses reaccionarios, y se presentan en estos escenarios, literalmente, como abogadas del diablo, muchas veces porque tienen al diablo metido en la casa, y se abrigan también con la misma cobija.

Hace semanas que me crece la molestia con este asunto, alimentada por lo que escucho con frecuencia en torno al caso más reciente. Pero sólo hasta ayer supe que se había conformado una Coalición Feminista que emitió la “Denuncia Pública sobre el acoso sexual en movimientos sociales de izquierda” (AQUÍ).

Mis palabras tienen la intención de adherir a esa denuncia y a la coalición que la presenta. Porque “Ninguna agresión sin respuesta” es más que un slogan poderoso, es acción, desde la orilla en que cada una puede actuar.


Nancy Prada Prada